martes, 22 de septiembre de 2020

La BARCA

LA BARCA


"El cuento desde su interior".
Marcelo Fenoglio & Mónica LaszewickI
Prólogo: Marcia Braier
144 páginas - medida 15,5 X 22,5 cm.

Veintiséis historias comentadas entre un creativo y una psicoanalista.
Este libro podríamos definirlo como "una fiesta para los sentidos".
El intercambio de mails entre Mónica (la psicoanalista) y Marcelo (el escritor), comentando cada historia, hace crecer los cuentos mostrándonos lo que existe dentro de cada uno de ellos.
Es un libro ideal para debatir en reuniones íntimas, en familia y entre profesionales de la salud.
En particular resulta interesante  para compartir junto a los pacientes como parte del tratamiento, pues ayuda  a construir metáforas contenidas en los cuentos  así como en el diálogo posterior.

Uno de los cuentos obtuvo el primer premio en el concurso de Editorial Alternativa en Narrativa breve en el año 1999 (Adiviná cual es...)

Presentaciones:
2 al 5 de mayo de 2007       6º Congreso Iberoamericano de Psicodrama
11 de junio de 2007              La Coruña - España
Presentación literaria en "Liberarte"      Buenos Aires - Argentina
24 al 27 de septiembre de 2007
14º Congreso Internacional de Psiquiatría      Hotel Sheraton - Retiro
Buenos Aires - Argentina

Si dijiste que el cuento premiado es Grisell acertaste.

Video de la presentación literaria en “Liberarte”:
Para ver el VIDEO de presentación en Liberarte clickear aquí.




Libro completo

LA BARCA


                          Historias para sanar, pensar,

                                          debatir y disfrutar.

           Marcelo Fenoglio - Mónica Laszewicki

                                                       Editorial POL

Diseño de tapa y diagramación del ejemplar:

Marcelo Fenoglio.

Correctora: “M.S.M.”   sman@fibertel.com.ar

Prólogo: Dra. Marcia Braier

Copyright: Marcelo Fenoglio y Mónica Laszewicki

Prohibida la reproducción total o parcial de este ejemplar sin la expresa autorización de los autores.

Distribución exclusiva a través de los autores.

Marcelo Fenoglio: Tel. cel.: 153226-2550

www.marcefenoglio.blogspot.com/ - marcefenoglio@gmail.com

 

Primera edición publicada por:   Editorial POL

Gráfica POL S.R.L. – Calle 113 Nº2439 –San Martín (Bs. As.)

 

Impreso en Artes Gráficas Urano S.R.L.

Castro 928 – Capital Federal  - Tel.: 4931-7888– Cap. Fed.

República Argentina    I.S.B.N.

 


Prólogo

 

Este libro se desarrolla alrededor de tres ejes:

El de la Creación y la Composición,

el de la Interpretación

y el de la Comprensión.

Hay una curiosa agrupación en temas que viran entre la nostalgia de la infancia, la vejez, la muerte, la revalorización social, el erotismo, la esperanza.

Estos cuentos cortos permiten ver la vida, palpar los sentimientos del autor, cuya profunda sensibilidad nos arrastra, con su imaginación y humor, a revivir sus juegos infantiles, el amor por sus predecesores y  por su familia actual, y su temor e incertidumbre por lo que vendrá.

A través del riquísimo intercambio epistolar con la psicóloga, el autor  puede interpretar, comprender y conocer todo acerca de los relatos, lo que le devuelve tranquilidad y estabilidad.

Las alusiones a la vida real y a otras formas de arte como la literatura, el cine, la danza, dan una mano figurativa a su propia expresión artística a través de los cuentos. El  arte gráfico le permite la descripción de relatos visuales con un particular estilo.

Las comparaciones con películas como " La vida es bella" son fieles expresiones de cómo los autores toman su propia vida y la expresan en el arte. En algunos casos, como en  "La dignidad de los Nadie", los autores rescatan su permanente motivación a la ayuda y a la conciencia social por los vulnerables como los ancianos, los pobres y los niños en situación de abandono.

Hay una interesante definición sobre qué es  el cuento en este libro:

“[...] los cuentos breves son complejos, que llevan extensas historias de variados matices emocionales escritos en pocas líneas condensadas.”

El rico intercambio entre opuestos: realidad/ficción, erotismo/ cotidianeidad, vejez/juventud, lo esperado/lo sorpresivo están presentes en forma permanente, creando climas de lo inesperado a lo largo de toda la obra.

En el eje de lo creativo, los cuentos se agrupan en temas tales como la nostalgia, la infancia, el recuerdo de los juegos de la niñez y su resignificación actual .

También expresan  la admiración por la vejez, el erotismo interrumpido por una realidad tal vez no deseada y una inmensa necesidad de conocer lo desconocido, como lo es el futuro y la muerte.

En el eje de lo interpretativo,  se puntualiza prolijamente sentimientos, vínculos. Fuertes pinceladas de humor se combinan con otros recursos para expresar el pasado, el presente y el futuro.

Se interpreta la nostalgia, el miedo a la muerte, la sensibilidad social y el profundo respeto por personajes de admiración como maestros, abuelos, la madre, el padre, a través de la descripción de los vínculos y relatos recreativos del pasado.

En el eje de lo comprendido, constituido por las contestaciones del autor a la psicóloga, se transmite la tranquilidad y la curiosidad de este dinámico intercambio epistolar que da rienda suelta a generar más creatividad.

Este original libro de cuentos interpretados y comprendidos permitirá al lector compartir emociones, preguntas y respuestas del mundo de la realidad y de la imaginación en el marco del humor que caracteriza a estos originales autores.

 

Dra. Marcia Braier

Médica Psiquiatra Infanto Juvenil Universitaria.

Jefa de Docencia del Hospital Tobar García.

Titular de pre y post grado de Psiquiatría Infantil. Universidades: del Salvador, Barceló y UBA ( Unidades Hospital Moyano y Hospital Borda).

 


Inicio de la aventura

 

Tomando clases en la escuela de Danzaterapia de María Fux, es común conocer personajes muy diferentes y ricos.

Esto fue lo que me ocurrió desde el primer día en que inicié la formación de Danzaterapeuta.

Luego de disfrutar cada clase, compartíamos una especie de tercer tiempo en que nos reuníamos en el bar de la esquina.

Esos momentos eran como un regalo plus para el alma.

Cafecito de por medio, comenté al grupo que tenía escritos unos cuentos cortos, algunos de los cuales habían sido premiados (con anterioridad) en diversos concursos.

Mónica, psicóloga, psicoanalista, que siempre se mostró como una gran lectora, y con una sensibilidad y percepción intactas, respondió de inmediato: “Mandámelos por mail que quiero leerlos”.

 

Y allí comenzó la aventura.

Los mails que fueron y volvieron me hicieron descubrir lo que cada cuento encerraba.

¿Cómo puede ser que al escribirlos no me hubiera dado cuenta de lo que se escondía en cada uno de ellos?, me pregunté frente a la pantalla de la computadora… que enmudeció como yo.

Ese mágico encuentro fue el disparador de este libro, donde los cuentos que escribo son leídos desde un lugar muy especial por Mónica.

Ella realiza una primera lectura para descubrir lo que cada narración esconde en su interior.

 

Creemos que es una nueva forma de leer más profunda para quienes se sumerjan en estas historias.

También estamos seguros de que estos cuentos serán un eficaz instrumento en las diferentes terapias.

 

Sensibilidad, asombro, humor blanco y del negro, ternura, emoción, sorpresa y creatividad son los caminos por los que transitan estas líneas.

Sin duda, será un material de encuentro de gran fluidez, donde se abordan muchos de los conflictos más comunes del ser humano.

La mirada amplia lleva cada historia contada a diversos caminos dignos de ser descubiertos.

 

 

—Bueno, Mónica,

te envío estos cuentos esperando noticias tuyas.

Besos,

Marcelo

 



El collage

 

La calle me invitaba a mi recorrido inesperado de cada día.

Salí de casa y giré hacia la izquierda.

Casi siempre lo hago en sentido inverso, pero esta vez el día me tomó de la mano y caminamos juntos hasta la primera parada de colectivos que encontramos.

El día y yo.

Hacía frío y lloviznaba.

Me apoyé en el poste que anunciaba en su cartel la parada del cuarenta y uno.

El día y yo.

La llovizna crecía y me hacía olvidar del frío cada vez mayor.

A mi alrededor no había nada ni nadie.

Bueno, en realidad tan solo se encontraba aquel viejito.

Aferrado a aquella esquina, como cuidándola para que nadie se la fuera a llevar.

El viejito de la esquina…

Nunca le había prestado atención; después de todo, siempre estaba allí formando parte de la escenografía.

Una casa abandonada con un balcón francés, un árbol seco que no tenía ni fuerzas para caerse, un poste de luz… y el viejito de la esquina.

Pensé en acercarme, aunque dudé por un instante.

Ya venía el colectivo.

Esperé a que llegara a la parada y sin chistarlo, lo dejé ir… Total, no iba subirme… si no tenía pensado ir a ningún lugar.

En la parada, seguíamos el día y yo… pero ya no estábamos solos.

Por alguna razón ya éramos tres.

El día, el viejito y yo.

 

La calle empedrada me invitó a cruzarla.

Pero si en esta esquina estaba cómodo… y seguro…

El viejo me miró por primera vez.

No fue fácil, pero tras vencer el impacto y observar que no viniera ningún vehículo, me animé y crucé.

La llovizna, el frío, el balcón francés de la casa abandonada, el árbol seco, el viejo y yo.

El día parecía poblarse de elementos… como un collage en blancos, grises y negros.

Sólo el anciano se diferenciaba del resto. Su imagen era de color sepia.

Quizás los años lo habían transformado… tiñéndolo y mimetizándolo con las hojas secas del otoño.

 

Me animé y le hablé preguntándole su nombre.

No me respondió con palabras. Sin embargo, comenzó a moverse.

Por primera vez en años volvió a jugar con el viento. Voló a mi alrededor, se elevó haciendo piruetas únicas… hasta se animó a pararse un segundo sobre mi hombro para nuevamente volver a su lugar… como esperando.

Esperando… yo también estaba esperando.

Algo estaba por suceder y no quería perderme ningún detalle de lo que vendría.

¿Qué vendría?...

En el collage estuvimos quietos por dos o tres horas.

Lo único que se movía eran las agujas del reloj dorado del viejito.

 

Varios colectivos apisonaron el empedrado frente a nuestros ojos.

La gente pasaba dejando borrosas imágenes con estelas en cámara lenta.

 

Me animé nuevamente y pregunté:

-¿Qué estamos esperando?… ¿Falta mucho?

El anciano me miró con ojos del color de la sabiduría y me respondió:

- Falta lo que usted quiera, o lo que pueda. Cada uno espera algo distinto según la esquina en que se pare.

Yo aquí espero mi momento.

Usted allí espera el suyo.

Ésta es la esquina de los atardeceres, de los otoños, de la paciencia y de la sabiduría.

La esquina donde usted estaba parado anteriormente es la esquina de las inquietudes y de los cuestionamientos.

Por eso usted, cuando cruzó la calle, lo hizo por donde pasa el resto de la vida.

Desde allí nadie ve nada… todo está borroso… solamente se circula.

Pero usted está a mi lado y espera, sin saber qué… igual que yo lo hice hace más de ochenta años.

Con el tiempo, el sepia será su color preferido y lo adoptará como propio.

Pero ahora me va a tener que disculpar.

Allí vienen a buscarme.

 

El viento sopló con fuerza y el viejito levantó vuelo para jugar en el aire.

Como una hoja seca nuevamente bailó, pero esta vez para marcharse de esta esquina.

 

El balcón francés de la casa abandonada, la llovizna, el frío viento, el árbol seco y yo…

El día se había transformado.

El collage en blancos, grises y negros se había quedado sin “el color sepia que le daba vida a aquella imagen”.

Pensé en cruzar nuevamente el empedrado.

Pensé en volver a la esquina multicolor de la parada del colectivo.

Pensé en el viejito.

Sentí que el empedrado no me pertenecía.

Sentí que la otra esquina ya era de otros.

Sentí que esta esquina, la del otoño, la de los atardeceres, la de la paciencia, era la que me correspondía.

 

Supe entonces que debía esperar, que debía dar color al collage, que debía aprender a jugar con el viento.

Supe que la sabiduría estaba a mi alrededor, pero también supe que mi piel debía tomar aquel color sepia que solo el tiempo sería capaz de darme.

 

En muchos momentos extraño a aquel viejito volador, y lo necesitaría a mi lado, pero seguramente él ya debe formar parte de algún collage mucho más importante que aquél en el que nos conocimos.

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-Querido Marcelo, 

este cuento me conmovió mucho. Me conectó con un trabajo que escribí acerca de la vejez.

A partir de este collage, he decidido incluir algunos temas por los que transita. La paciencia, la aceptación de la muerte como parte de la vida, la creatividad.

Me pareció muy original asociar al viejo con su sabiduría y su color sepia a la posibilidad de volar y hacer piruetas como algo cierto.

También me puso triste que el viejo ya no estuviera, que llegara su tiempo de despedida, por lo menos de este collage.

Cuando no están, se los extraña y mucho.

 Es posible que sea cuestión de aprender y de tener la capacidad de ser más sabios. Creo que eso es lo que nos muestra el cuento.

El relator es un hombre que aprende a encarar su madurez sin apuros, identificándose con la sabiduría del viejo y disfrutando de la magia transmitida.

Pensaba en el azar, en esos encuentros que transforman nuestra vida, que cambian la mirada que tenemos sobre las cosas, despertando aspectos desconocidos… muchas veces lo mejor de nosotros.

Me pareció interesante la idea de juventud, como un espacio de muchos colores, de ansiedad, de inquietudes.

La aceptación de la muerte como parte de la vida, como un tiempo de viaje por las diferentes estaciones del ciclo vital, que puede también ser tranquilo, hasta alegre.

Besos,

Mónica

 

 

- Mónica,

te imagino escribiendo tus “sentires” con los ojos húmedos de añoranzas, de tiernos recuerdos y de sueños pintados en algún collage dentro de tu alma.

Qué placentero me resulta leer tus líneas cargadas de sensibilidad, ubicando a la vejez en lo más alto del camino, y cuando digo “lo más alto”, hablo de crecimiento, de importancia, de dignidad y de sabiduría.

Me encantó compartir este collage con vos.

Besos,

Marcelo

 

 

 


Grisell

 

Uno a uno fui desprendiendo los botones de su blusa transparente.

El primero fue el más difícil, pero pasado ese desafío, continué el descenso por la suave prenda de color carmín.

El clima se iba templando. Nada me estimulaba más que llegar al tercer botón.

Antes de desgarrarlo, mi cerebro olía ese punto fatal que dividía los túrgidos pechos de Grisell.

El erotismo se transformaba en sudor, pasión, latidos que entumecían mis dedos.
Con esfuerzo, la sangre de mis venas recorría cada lugar de mi cuerpo y los botones se desprendían uno a uno... Hasta llegar al último.

Sí, ese último botón que me permitiría...

... que me permitiría tomar la blusa, sacarla de la percha y llevarla a la tintorería.

Grisell ya sabe que no me gusta verla con la ropa arrugada.

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—Marcelo,

con "Grisell" sentí nacer en mí una sonrisa, probablemente por el impacto de lo imprevisible, encaminada en mis fantasías hacia un cuento erótico…

De pronto el remate y una risa espontánea.

Un obsesivo, pensé, erotizando la belleza en la perfección de la prenda de su mujer.

Un cuento breve, divertido, inesperado.

Besos,

Mónica

       

 

—Querida Mónica,

te voy a hacer una confidencia, pero que nadie se entere.

Este cuento se lo escribí a mi mujer que no se llama Grisell sino Graciela.

Ella es un tanto fanática de la limpieza y del orden, y por lo visto ya me estoy metamorfoseando.

Besos,

Marcelo                                                                             

 

 

 

El avión de papel

 

Aquel hombre, incansable soñador, trepó a su avión de papel de diario y remontó vuelo con decisión.

Sacó los remos de su mochila y se impulsó con ellos de manera sorprendente.

El viaje había comenzado… el plan de vuelo se había iniciado… el sueño se estaba haciendo realidad.

 

Nadie lo vio partir. La simple soledad fue quien agitó el pañuelo de despedida.

El hombre dejó caer una lágrima que lo esperaría a su regreso.

 

Allá arriba, el aire puro reavivaba las noticias que adornaban al avión como si se tratara de “graffitis”.

Emulando al mítico Ícaro, el hombre alado trepó nube tras nube camino hacia el sol hasta hacerse invisible.

 

Nadie supo más nada de aquel soñador, pero algo había cambiado en el mundo.

Las noticias que figuraban en el diario de papel, transformado en avión, recorrieron el universo.

Allí arriba… o abajo… (ya que en el espacio estas palabras carecen de sentido) todo tenía una óptica diferente.

El hombre, piloto de sueños sin tiempo, descubrió nuevas rutas, las que dejó plasmadas en su mapa personal.

Líneas punteadas, cruces, letras y nombres se combinaban y crecían continuamente como el universo mismo.

La hoja de ruta creció y se unió a otro papel, que luego se unió a otro, y a otro, y a otro más, y más, y a otro más.

Todo era tan inmenso que parecía no tener límites.

Por momentos se sintió Cristóbal Colón con su carabela de papel de diario tratando de descubrir el final del recorrido o de volver al punto de partida, donde su lágrima lo estaría esperando.

Con absoluta fascinación, el trayecto se prolongó casi “eternamente”. Esta es la única medida de tiempo que el universo reconoce.

El piloto se durmió y se despertó, para volver a dormirse y despertarse.

Esto ocurrió… ¿quién sabe en cuántas oportunidades?

 

Hubo un día en que el hombre se desvaneció y la nave distrajo su andar.

Las noticias de papel peregrinaron sin rumbo.

Muchas de sus letras, palabras y frases se entremezclaron.

Las noticias de papel ya no eran las mismas.

Abajo… o arriba… o en el punto de partida las noticias tampoco eran las mismas…

¿O sí?

El piloto recuperó la conciencia luego de… ¿Cómo poder decirlo, si el tiempo no existe?

El piloto abrió los ojos y reconoció el camino, como si no se tratara de la primera vez que pasaba por allí.

Seguramente su orbita era circular.

Seguramente había pasado por aquel lugar en más de una oportunidad.

Seguramente se sentía más inseguro que nunca desde su partida.

 

Por alguna razón que jamás sabremos, el hombre detuvo su mirada en las noticias que rodeaban su máquina de volar.

Con sorpresa, notó que no eran las mismas que cuando partió.

Buscó el pequeño pedacito de diario donde figuraba la fecha de emisión.

La encontró rápidamente y se detuvo allí.

Habían transcurrido veinte años desde su partida, según la medición de tiempo que se hace desde su planeta natal.

Sin embargo, él estaba igual que en el inicio.

Sin embargo, su avión de papel no se había puesto amarillento.

Miles de preguntas acudían a su mente; sin embargo, las respuestas no llegaban.

 

Recorrió los textos impresos en el avión en busca de alguna pista, algo que le indicara… un no sé qué.

Comenzó por el ala derecha y siguió por la izquierda.

Recorrió la punta y el fuselaje, hasta que en la cola del avión encontró lo que tanto buscó y no esperó hallar.

La noticia recordaba el veinte aniversario del fallecimiento de un incansable soñador.

Amante de la ilusión y de la fantasía.

“Él partió en su avión de papel buscando el eterno camino de la vida, dejando su arca de sueños en buenas manos. Alguien cuenta por allí que su última lágrima, derramada al partir, recorrió las manos de una madre que acarició la frente de su hijo recién nacido”.

 

Recién entonces supo lo que ocurría.

Recién entonces suspiró aliviado.

Recién entonces pudo continuar su camino en paz.

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—Hola Marcelo,            

al leer este cuento sentí el luminoso lugar de los sueños, las ilusiones, los ascensos… 

Contame, ¿así imaginás la vida después de la muerte? ¿Será que nuestra vida es la continuidad de un viaje, infinito?

Pienso en la partida del protagonista en estado de soledad, y en el nacimiento del nuevo niño, en brazos de su madre, que pareciera que lo bendice con la lágrima, transmitiéndole quizás el don de la sensibilidad, de la ilusión, de los sueños.

¿Será que la partida, la muerte, es en soledad, pero cuando llegamos a esta vida necesitamos los  brazos,  la contención y los deseos de alguien para comenzar a vivir?

Pienso en el tiempo y su circularidad, la transmisión generacional como la posibilidad de dejar el arca de los sueños en buenas manos.

Son los mundos de la fantasía los que transforman la vida y la muerte en juegos mágicos dignos de ser transitados.

Besos,

 Mónica

 

—Mónica,

me parece fantástica tu forma de leer el cuento que existe bajo el cuento mismo… porque me hacés ver la verdadera historia del alma.

Yo siento que el hombre es un conquistador sin tiempos ni espacios.

Sus sueños se entremezclan con las realidades mientras fluye la vida sosteniéndonos como una alfombra mágica…

Éste es el avión de papel del que estamos hablando. El transcurrir entre la vida y la muerte… y la otra vida.

Gracias por tu mirada,

Marcelo


El Capitán Azulejo

 

“Capitán Azulejo, necesitamos más potencia para los reactores de fondo, ¡¡¡ o el meteorito nos hará trizas!!!...” me decía mi compañero de aventuras, el siempre bien recordado ‘Contramaestre Invisible’.”

“¡¡¡Tenemos un desplazamiento en la cola de la aeronave, por lo que seremos salpicados por el ácido intergalvanizador estratosferico!!!” era otra de las advertencias que mi copiloto mascullaba con incontrolable ansiedad.

Pero nunca tuvimos un inconveniente tan grave que pusiera la nave en peligro.

 

Siempre fui un chico inquieto y con mucha imaginación. Por eso, siempre que estaba en el baño de casa, era como si el “MARCH II”  me abriera sus compuertas.

El bidé era mi sillón de comando, con el que controlaba la potencia del chorro y su temperatura según el clima cósmico. Frente a mis ojos, estaba el visor espejado del botiquín, que refractaba los rayos catódicos del éter. Y al alcance de mis brazos, se encontraba el timón estabilizador de energía. A la derecha controlaba la energía fría, y a la izquierda la caliente, pero mezclándolas, daba la temperatura ideal de viaje.

 

Olvidaba contarles algo muy importante respecto del acondicionador de chorro posterior: existía, en el medio, una llave secreta, que cambiaba la potencia de chorro a centrifugado, limpiando así la carcaza del comando central.

El contramaestre Invisible siempre ocupaba un lugar de privilegio en el “TRONO” de la nave, a mi izquierda.

Él, allí, accionaba el botón de descarga de la batería antiespasmódica, especialmente diseñada con gases espeluznantes antivenusianos.

Invisible tenía en su costado el rollo limpiador de bacterias, imprescindible para todo copiloto espacial.

Recorrimos juntos cientos de estrellas y planetas desconocidos para la humanidad, pero al querer transmitir mis conocimientos del más allá, me di cuenta de que ya era tarde. Los años habían pasado, yo había crecido, Invisible hacía realmente honor a su nombre, y mi nave se había transformado en un baño común y corriente... el mismo desde el que estoy escribiendo estas nostálgicas líneas.

 

PD: Si algún chico llegara a ver a Invisible sentado en aquel planeta desconocido de mi niñez, denle mis respetos y admiración por la tarea realizada a lo largo de mi feliz infancia.

                                                   El Capitán Azulejo

 

 

 

 

 

—El Capitán Azulejo, Marcelo,

o como quieras que te llame: en este cuento visualizo a un adulto recordando con amor y nostalgia sus juegos de la infancia.

Se trata de un juego de varones, es la masculinidad mostrada en todo su esplendor.

“El Jugar y los juegos”  llevan a las personas a mundos mágicos.

¿Por qué será que los adultos abandonamos tan bello hábito?

Creo que tenemos que aprender de los niños.

Volvamos a crear con entusiasmo y con ilusión, abandonándonos al apasionante mundo del "Dale  que…”

Besos,

Mónica

 

 

—Mónica,

al leer tus líneas recuerdo el placer que sentí al plasmar el cuento.

Me sentía todo un aventurero, y desde mi sillón de comando, disfruté muchísimo haber jugado… haber escrito este “dale que”, como vos dijiste.

Te manda un beso,

El Capitán Azulejo

 

 

 



La lágrima

 

Transcurría aquel año en que las bombas secaban la fértil tierra y endurecían los tristes corazones de la gente.

Yo podía observar todo desde aquel tonel de combustible vacío, lugar donde pude ocultarme.

Con mis nueve años y medio, veía aquellos tanques a mi derecha aplastando casas, cuerpos, ilusiones, verdades, ideas...

A mi izquierda, sin embargo, el silencioso llanto de una abuela estremecía mi delgado cuerpo. El miedo dejaba a la intemperie ese novel instinto de conservación, que paralizaba mis músculos, adormeciendo los sentidos que poco a poco me fueron abandonando.

Sentía el retumbar de los cañonazos, pero más fuerte aún, percibía el sollozar de esa viejita en la que instalé mis ojos.

A pesar de las lágrimas que se interponían entre mis pupilas y esa silueta, pude captar aquel vestido negro... muy negro, que cubría su cuerpo.

La abuela, de rodillas en el suelo, llevaba su blanca cabeza cubierta por un oscuro y gastado pañuelo, como la noche que estábamos viviendo.

Nunca había visto a nadie llorar solamente con  el corazón.

Observé con atención y esperé la caída de aquella lágrima que parecía que nunca se iba a volcar.

La abuela besaba la tierra y levantaba la vista, tratando de encontrar un cielo... besaba nuevamente la tierra y otra vez volvía a levantar sus ojos repitiendo aquellas plegarias que de niña habría aprendido.

Sus oraciones debieron haber golpeado con fuerza la puerta del destino que la acompañó a lo largo de sus abultados años, porque de pronto, nos invadió el silencio.

Las bombas, estallidos y ráfagas que matan dejaron paso al sonido del viento que aullaba, entonando vaya a saber qué milenarias coplas.

En ese instante eterno, la abuela dejó caer aquella lágrima que el mundo entero estaba aguardando.

La tierra, aún caliente, recibió una nueva bendición.

 

La guerra parecía haber llegado a su final, pero crecía rápidamente el rítmico retumbar de los soldados que avanzaban en perfecta formación y a paso firme.

En un instante estuvieron entre nosotros, cargaron a la ancianita en uno de esos camiones que nunca antes había visto y se la llevaron.

Quedé solo, en mi precario pero efectivo escondite,  apenas pudiendo cargar con mi cuerpo y mi alma.

El silencio nuevamente abrazó aquel sitio. Respiré hondo y salí de aquel tonel semienterrado que había protegido mi vida a lo largo de dos días.

Me arrastré como pude, ya que mi desnutrido cuerpo no me brindaba alternativas.

Llegué al sitio donde la abuela había dejado sus últimas plegarias. Me arrodillé como ella y comencé a orar sin saberlo.

Con los ojos apretados, besé una y otra vez la tierra, una y otra vez, y otra vez más, hasta descubrir el milagro que aquella lágrima había provocado. De las humeantes grietas del suelo, comenzaba a aparecer un verde reflejo de vida. Aquella lágrima engendrada en el horror de la guerra estaba salvando nuestras esperanzas.

La abuela regó esa semilla que supo esperar el silencio para salir... igual que yo.

 

Recordé entonces aquella negra silueta de blancos cabellos que apenas asomaban entre el oscurísimo pañuelo. Recordé entonces el momento en que la esperanza brotó de sus ojos.

También recordé las detonaciones, y aquel silencio tembloroso en que se llevaron a la anciana... y debajo de este roble, que treinta años atrás era semilla, hoy revivo aquella silenciosa espera que nos uniría con la vida.

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-Marcelo,

este cuento es uno de los que me atravesó con mayor intensidad. Lo leí muchas veces por el placer de leerlo. Sentí el horror de la guerra relatada a través de la mirada tierna y temerosa de un muchachito de nueve años que junto a su cuerpo salvó su alma.

Rescato la fortaleza de la anciana, de cuya lágrima brota la semilla de la esperanza. Comparto la idea que en la vejez digna así como en los niños y jóvenes reside nuestra esperanza futura.

Quizás porque hace pocos días se cumplió un    nuevo aniversario de la ronda de las abuelas en Plaza de Mayo, pensé en la fuerza y el coraje de nuestras abuelas de pañuelos blancos en coincidencia con la abuela del cuento que llevaba también un pañuelo, pero oscuro.

Pienso en su lucha, en la grandeza de haber sobrevivido tan dignamente al dolor más insoportable y aberrante… la muerte y desaparición de hijos y nietos.

Pienso que es responsabilidad de los adultos proteger a los más débiles, ancianos y niños, de toda forma de violencia.

Marcelo, espero con mucho interés tus respuestas. Tus palabras acarician mis ideas y éstas adquieren mayor fuerza.

Leyendo tus historias  aprendí que los cuentos breves son complejos, que llevan extensas historias de variados

matices emocionales escritos en pocas líneas condensadas.

Besos, 

Mónica

 

 

—Mónica,

comparto totalmente tu idea de que “los cuentos cortos son más extensos e intensos de lo que parecen”. Esas pocas líneas son capaces de despertar las sensaciones y emociones más dispares, quedando impregnadas por un buen tiempo en la piel de quienes se atreven a leerlos.

En esta historia, me resultó muy interesante cómo trasladaste a aquella anciana que pertenece a otra realidad a la cotidianeidad de las abuelas en nuestra Plaza de Mayo… y me dejaste pensando…

Besos,

Marcelo 

 


El experto en lunas

 

La oscura noche había perdido su luna.

Un acordeón, desde alguna casa vecina, arrugaba tristemente el aire con sus notas.

Las empedradas calles ya no brillaban.

Solo murmullos apagados se escuchaban tras las puertas de las casas.

Todos hablaban del  mismo tema: “la luna que no estaba”.

El telón del cielo se acomodaba lleno de perforaciones brillantes, pero ella se había marchado.

Por la mañana se reunió el comité del pueblo en la plaza, frente a la iglesia.

Asistí como uno más de los invitados.

Durante tres horas estudiamos el problema.

—La falta de luna no es algo que debemos dejar pasar, algo sin importancia.

—La luna sirve para muchas más cosas que las que nosotros creemos. Reglamenta las mareas, acaricia los cultivos, ilumina las noches…

—Y es fundamental para los enamorados. Qué pasará con la natalidad del pueblo sin la luna… no habrá más parejas, ni nuevos nacimientos.

Se escuchaban los planteos de los vecinos.

 

La oscura noche había perdido su luna, con lo que el pueblo había perdido su alma.

Dos meses habían pasado desde aquella misteriosa desaparición.

La plaza del pueblo mantenía un comité nocturno en constante alerta. Mientras unos miraban hacia el cielo, otros discutían acerca de las medidas que debían tomar.

 

Lentamente un nuevo día asomaba en el horizonte. El reflejo del sol brillaba donde el camino principal se unía en un punto.

Justo allí pudimos observar que algo o alguien venía hacia nosotros.

La figura creció hasta tomar forma de persona.

Era un gran hombre… verdaderamente parecía un gigante.

Robusto y de prominente abdomen, llevaba un saco blanco de su moza juventud que ya no le cerraba.

Más arriba, portaba una calva cabeza de redondez exquisita, con algunas cicatrices en la frente.

Detrás de la oreja guardaba una llave.

Cuanto más se acercaba, podíamos ver con mayor claridad su cálida sonrisa.

Llevaba bajo el brazo una enorme carpeta cargada de papeles.

 

—¿Se puede?— preguntó antes de subirse a la plaza que nos reunía.

—Pase— dijo el párroco que presidía nuestro concilio.

—Tome asiento— agregué mientras sacaba a un perro que ocupaba una de las sillas.

—Buen día… Me enteré de que ustedes me andaban buscando por algún objeto perdido.

—Bueno, en realidad, lo que nos desapareció fue… —No me atreví a decirle que nos habíamos quedado sin luna, porque no me iba a creer, y continué: —nos desapareció algo muy importante, pero dudo que usted nos lo pueda devolver.

El hombre de tez blanca, por demás blanca, susurró:

— La luna— y nos miró a los ojos a uno por uno de los que estábamos allí reunidos.

Cuando llegó al último, que fue justamente el párroco, éste, asustado, se puso de pie y retrocedió un paso.

—¿Y usted… y usted cómo lo sabe? Usted no es de este pueblo.

Un silencio cortó el aire y enmudeció hasta al triste acordeón que dejó de sonar.

El hombre agregó:

—La luna… ¡perdieron la luna y no saben cómo recuperarla!

Yo soy Doctor en Lunas, recibido en la Universidad del Estado. Seguramente debo ser de los últimos alumnos recibidos, ya que desde hace veintidós años esa carrera no existe más.

Si bien es cierto que no soy de este pueblo, en la universidad teníamos una materia que se llamaba “Destinos” y que nos enseñaba a descubrir los sitios donde la luna desaparecía.

El párroco, que creía en milagros y era una persona de gran fe, había quedado atónito ante semejante discurso.

—Bueno— agregué mientras me secaba la transpiración de la frente con la manga —¿y entonces qué hacemos?

—Dejen hablar al señor— dijo el cura mientras arrimaba su silla para sentarse al lado de aquel experto en lunas.

El hombre puso sobre sus rodillas la carpeta que llevaba.

Volvió a mirar a los ojos a cada uno de los que estábamos en la plaza, tomó la llave que llevaba detrás de su oreja y destrabó el candado que encerraba la información de años de estudio.

Luego abrió la enorme tapa, como si se tratara de un libro-cofre.

—Vamos a proceder a realizar los pasos necesarios para recuperar o recrear el objeto perdido. En primer lugar, deben llenar esta planilla donde figura fecha y hora de la desaparición de la luna, actividades que cada uno de ustedes estaba realizando en ese momento, estados de ánimos, estados de las cosechas, cultivos, etc., etc., etc.—

Eran como veinte o treinta hojas que debíamos completar.—Cuando tengan la información lista, volveré— dijo el hombre y se marchó por donde vino.

 

Nos llevó dos días y dos noches el armado de toda la información pedida por el experto en lunas.

Firmamos todos los que habíamos participado, y al concluir con la última rúbrica que era la del párroco, divisamos la silueta del hombre de saco blanco frente a nosotros.

—Justo a tiempo— dije con asombro.

—Yo diría… en el tiempo justo— agregó el recién llegado, que guardó en su carpeta nuestras anotaciones.

Leyó la información como si se tratase de letras en braile. Recorrió con sus dedos las hojas de arriba abajo, y hacia los costados, y hasta el final.

Luego apoyó las puntas de los dedos en su lustrosa calva.

De ese extraño modo parecía analizar lo leído.

Relajó su cuello haciendo rotar la cabeza circularmente y cerró los ojos que apuntaban al cielo.

Pasados unos minutos, el hombre observó su bibliorato.

Giró la llave del candado que se abrió.

Miles de láminas con lunas de diferentes formas, tamaños y colores aparecieron allí adentro junto a incomprensibles anotaciones.

Mientras daba vuelta las páginas, las lunas saltaban al espacio y se paseaban sobre nuestras cabezas.

Algunas parecían tubos fluorescentes, de esos que son como anillos. Otras semejaban globos de cumpleaños, pero tan frágiles que con el mínimo roce estallaban, dejando que se esparciera una especie de nieve muy liviana y blanca a nuestro alrededor.

Nadie en el pueblo se atrevía a decir, ni a hacer, ni a moverse de donde se encontraba.

Ya eran cerca de las doce del mediodía. Esto podíamos verlo en el reloj de la iglesia, que era lo único que se animaba a no parar su rutina.

Cinco, cuatro, tres, dos, uno… y las campanas comenzaron a sonar.

El hombre extendió los brazos hacia arriba y ordenó a sus lunas que volvieran al libro. Cerró el candado y se guardó la llave detrás de la oreja.

En la plaza, hasta las hojas secas se habían paralizado en el aire para no molestar.

El hombre se paró y habló:

—Siendo las doce en punto del mediodía, me parece que es  hora de almorzar, así que los espero luego de la siesta para continuar con el trabajo.

Concluidas esas palabras, el hombre desapareció.

Caminando por donde vino, se marchó con la promesa de regresar.

Las hojas secas completaron su recorrido, mientras todos suspiramos de alivio. Parecíamos pertenecer a un coro de suspiros que acababa de realizar su primera función.

Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, o sea las diecisiete horas, el hombre con cara de luna regresó.

Casi desperezándose ocupó su lugar y dijo:—Ahora, sólo resta esperar.

—¿Esperar qué?— preguntó el párroco y agregó: —¿Esperar a que aparezca la luna?

—No— respondió el hombre—.Sólo resta esperar a que hagamos la digestión. Luego abriré el libro para seleccionar la luna indicada y todo eso...

Pasados diez minutos, tomó la llave que aún estaba detrás de su oreja y abrió el candado, y abrió el libro, y abrió un sobre que se encontraba en su interior… y abrió nuestras esperanzas e ilusiones.

En aquel libro figuraban los sentimientos de todos quienes habíamos rubricado sus páginas.

El hombre introdujo la mano en el sobre, continuó con el codo y luego asomó la cabeza, y luego el torso. Tan adentro se metió que cayó en el interior de aquel pequeño sobre de rústico papel reciclado.

Nadie hubiera pensado en semejante accidente. Cómo iba a ocurrir aquello, si en ese pequeñísimo envoltorio apenas cabía una postal.

Mientras el párroco decía: “Dejen que yo me ocupo de esto”,  el hombre asomó una mano, y luego la otra, y un pie, y luego el otro, y su cabeza, hasta que salió por sus propios medios.

Sacudiéndose el polvo, dijo:

—Siempre me ocurre lo mismo. Cuando menos lo espero, caigo dentro del sobre, y cuando menos lo espero, salgo de él.

 

La noche estaba nuevamente al acecho, y no teníamos noticias de la luna.

 

—Señores, tengo la solución al problema. La luna que ustedes perdieron está justo aquí.

—¿Aquí?— preguntamos nuevamente como un coro con poco ensayo.

—Aquí, debajo de nosotros, en el centro de esta plaza que hoy ocupamos. Pude verla cuando caí dentro del sobre. La noté con un brillo algo opaco, como si se tratase de un ojo con cataratas. Debemos apurarnos para sacarla; no perdamos más tiempo y comencemos con la excavación.

Sin pensarlo, saltamos de nuestros asientos y buscamos palas, y picos, y baldes, y todo lo necesario para rescatar a nuestra luna.

El esfuerzo fue mucho, especialmente con el interrogante de no saber qué ocurriría.

Pero nadie lo dudó y todos ayudamos. No queríamos que nuestra luna se apagara.

No sabíamos cómo había ocurrido este extraño acontecimiento, ni cuán profunda estaba… no sabíamos nada, pero nos unimos y por primera vez logramos ser “uno”.

Las horas pasaban y el amanecer estaba pronto a llegar.

—¡Silencio!— gritó imprevistamente el hombre con su vibrante vozarrón.

Todos permanecimos atentos a lo que estaba por suceder.

Y un rayito mínimo de luz asomó desde la tierra y se proyectó hacia el cielo.

La tierra bajo nuestros pies comenzó a desmoronarse y la luz cada vez fue mayor.

—Háganse a un lado y quédense quietos… bien quietos.

Todo parecía haberse detenido. Hasta las nuevas hojas secas en el aire parecían posar nuevamente para una fotografía.

Solamente el reloj de la iglesia siguió adelante con sus agujas.

Cinco, cuatro, tres, dos, uno…y la campana avisó que eran las cuatro de la mañana, y que era el momento indicado para que la luna se ubicase sobre nosotros.

El hombre abrió su libro y repitió en voz baja un mantra poco entendible. Tan sólo yo que estaba a su lado comprendí lo que decía.

La luna comenzó a asomar desde la tierra.

Su luz todavía contaba con la fuerza necesaria para continuar con vida.

Subió en lenta agonía, pero a lo largo del recorrido, adquirió la velocidad y el brillo que había perdido.

Con asombro se nos escapó una “¡O!” bien redonda, fascinados por la maravilla que habíamos presenciado, y dejando en claro la falta de afinación coral que teníamos.

La luna ya estaba donde nunca debió haber faltado.

El hombre concluyó la oración y cerró el libro.

Apretó el candado y guardó la llave detrás de su oreja.

Al levantarse como para regresar por donde vino, me miró a los ojos sabiendo que solamente yo conocía el secreto de sus palabras.

Sonrió satisfecho y se dio media vuelta.

Nunca más volvimos a verlo.

Con el tiempo me di cuenta  de que debía transmitir aquel mensaje que, “sin quererlo”, había llegado a mis oídos:

 

—“Tengan confianza en lo que son y en lo que hacen.

Únanse con un claro objetivo y esfuércense con el fin de lograrlo. La luz que buscan está en ustedes mismos”.

 

Éstos fueron los versos que el extraño visitante repitió una y otra vez hasta que la luna se ubicó en su sitio.

Hace muchos años que el hombre de cara redonda pasó por nuestro pueblo y todavía lo extrañamos… especialmente en los momentos en que la luna desaparece.

Sin embargo, cada vez que eso ocurre, nos reunimos en el centro de la plaza del pueblo, y de alguna manera, juntos, logramos recuperar la luz perdida.

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—Marcelo,

este cuento me gusto mucho. Es tan simple y tan profundo que me encantó.

No encuentro palabras que agregar, estoy en estado de encantamiento. Gracias por la luminosidad compartida.

La mente de los creadores tiene un chip especial, es conmovedor.

 

 

—Querida Mónica,

te agradezco los conceptos y espero ansiosamente que tus palabras comiencen a fluir.

Este experto en lunas también es uno de mis preferidos.

Besos,

Marcelo

 

 

—Marcelo,

bueno…

como te dije, este es uno de los cuentos que más me ha llegado.

Los temas que atraviesa... las pérdidas, el dolor, la impotencia y la búsqueda de alternativas posibles para reencontrarse o reconstruir lo perdido.

Sin la luna se había perdido el romance y el nacimiento de los niños, es decir la vida amorosa en su esplendor.

Esta historia me recordó la canción de Silvio Rodríguez, “El unicornio azul”, que remite a una pérdida y pide ayuda para encontrar su unicornio cargado  de sueños,  ilusiones,  esperanzas...

En el cuento llega un especialista para ayudar a reencontrarse con aquello perdido, para esto se genera un trabajo, se necesita realizar una búsqueda interior.

Es necesario responder preguntas, vincular lo  emocional y las circunstancias ambientales que rodearon la pérdida para comprender que es lo que este personaje, el especialista en lunas, bien podría ser un terapeuta, un amigo, un médico o un chamán.

Un aprendizaje  como tarea grupal.

Rescato también la idea de la necesidad de tomarse tiempo para resolver las cosas, asociándolo en el cuento con la siesta y la digestión.

Reconstruir  lleva tiempo y la posibilidad de enseñar y transmitir palabras plenas de sabiduría que fortifican y permiten encontrar el brillo personal de la luz perdida, cada vez es más necesario.

—"Tener confianza en lo que son y en lo que hacen, unirse con un objetivo claro y esforzarse con el  fin de lograrlo, la luz que buscan esta en Ustedes mismos."

La vida puede ponernos una y mil veces ante una pérdida, sólo que si hemos aprendido a  luchar, lograremos reencontrar el camino de luz y seguir en él.

Los  duelos al ser transitados y procesados,  junto a otros en una tarea solidaria. 

Cuando es posible compartir el esfuerzo, confiar en los otros y en uno contando con la ayuda de algún experto que escuche, que mire y que contenga el dolor, nos enriquece.

Me copé con este cuento.

Un abrazo,

Mónica

 

 

—Mónica,

como siempre, la lectura que vos hacés sobre mis cuentos me lleva a comprenderlos un poco más. Gracias.

Marcelo

 

 

La fábula de Hisopo

 

Como si se tratara de un cuento infantil, diré que en un pequeño baño de Buenos Aires vivía un travieso hisopo.

Durante las mañanas, dormía en su coqueta cajita plástica junto a otros hisopos.

Desde allí observaba como la vida transcurría de un modo sumamente limpio.

Con su cuerpito plástico flexible, se había transformado en un experto saltarín, por lo que nada lo detenía en el momento de querer huir de su envase. Por momentos parecía un artista del circo “Du Soleil”. Se doblaba, tomaba impulso y… ¡ plop !, ya estaba afuera nuevamente.

Hisopo es “pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón…” como Platero, el burrito de Juan Ramón Jiménez.

Curiosamente, Hisopo también era del sur de España, y un gran aficionado a la pintura.(1)

Esperaba siempre el momento posterior a los baños de vapor que tomaba su dueña para dibujar en el espejo empañado.

Con el tiempo se interesó por la poesía.

Los espejos esmerilados por el vapor comenzaron a describir hermosas imágenes que la dueña de casa no tardó en descubrir.

Su nombre era Zenobia. Suena algo raro, pero si les dijera el nombre completo no me lo creerían…: Zenobia Campubí Aymar.(2)

El hecho fue que la mujer vibraba con aquellos poemas de tan fina rima.

Pero… ¿Quién escribía esos versos?...

Nadie vivía con ella, más que sus cosas, sus libros y sus recuerdos, pero ¿cómo era que luego de sus baños el espejo le devolvía semejantes alabanzas?...

Hisopo, siempre precavido, buscaba el momento justo para no ser observado durante su inspiración poética.

Zenobia comenzó a tomar nota en un cuaderno de lo que el espejo le regalaba.

Completó hojas y hojas con fruición, y hasta llegó a darse sus baños dos y hasta tres veces al día.

Pero inesperadamente, la mujer enfermó. Una grave enfermedad la había atrapado. Sin embargo, hasta último momento completó su cuaderno de versos.

El botiquín, que tenía dos cajones, albergaba en uno de ellos la preciada obra literaria.

Cuando Zenobia falleció, Hisopo quedó tan triste que se recluyó en su cajita plástica para no escribir nunca más poema alguno.(3)

Mientras este émulo de Platero, el burrito de la infancia con quien muchos hemos convivido, envejecía, alguien encontró aquellos versos de papel que un día nacieron.

Ese alguien los leyó.

Ese alguien se conmovió.

Ese alguien los publicó y algo mágico pasó con ellos.

El destino quiso que ese anónimo escritor fuera galardonado con el premio Nobel de literatura, (4) y todo fue debido a aquella mujer de difícil nombre y a aquel pequeño, peludo y suave Hisopo de poéticos trazos en un espejo empañado.

Quizás también, nuestro espejo pueda devolvernos algo más que la imagen que nosotros le prestamos cada vez que nos asomamos en él.

 

(1) Juan Ramón Jiménez, nacido en el sur de la península Ibérica, comenzó su camino artístico a través  de la pintura.

(2) Zenobia Campubí Aymar es el verdadero nombre de la esposa del autor de “Platero y yo”.

(3) Cuando el cáncer terminó con la vida de Zenobia, Juan R. Jiménez se recluyó en lo que respecta a su vida social.

(4) El autor de “Platero y yo” recibió el premio Nobel de literatura.

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—Marcelo,

la fábula de hisopo, como toda fábula, nos enseña muchas cosas. Para eso sirven, ¿no?

Ésta tiene una particularidad: se entremezclan fábula y realidad en un telar muy sutil.

Aprendí que aun estando solos, la literatura, la poesía y el arte son una buena compañía. Aprendí que el otro puede ser motivo de inspiración y que, si no está o muere, puede adormecerse nuestro deseo de crear.

Aprendí que el espejo puede devolvernos imágenes muy ricas, que bañarse también reconforta… no solo limpia.

Aprendí a vislumbrar que algo nos trasciende después de la muerte.

Aquello que hayamos hecho durante la vida quedará de algún modo inscripto en el universo de los muchos o pocos con quienes hayamos compartido nuestra existencia o nuestras obras.

Me gusto mucho la fábula del hisopo. Cuando utilizo el hisopo, me sonrío recordando tus palabras; inclusive cuando veo el vapor en el espejo, imagino poesías, frases de amor...

Pienso que el libro “Platero y yo”, la vida de su autor y su mujer generaron una huella profunda en tu sensibilidad.

Marcelo, siento que esa mezcla de creatividad en los cuentos y tu confianza en mis palabras son los condimentos justos que me permiten volar por caminos nuevos, sin temor y compartiendo el vuelo…

Gracias por los cuentos y tu aliento. 

Cariños, 

Mónica

 

 

 

 

—Mónica,

cuando el escritor se sienta frente a la máquina, ésta se transforma en una confidente de lo que está ocurriendo y de lo que está por ocurrir, pero cuando el lector se apropia de ese texto, lo hace suyo y las palabras toman vida propia.

Me sorprende cómo un mismo cuento puede ser leído de tan diversas formas.

Esto es lo que yo denomino “La magia del lector”.

Me encanta compartir, como vos decís, este vuelo creativo.

Besos,

Marcelo

 

 

 


El fantasma de los sentires

 

Durante toda mi vida consciente, me estuve preguntando acerca de los sentires.

El odio, la alegría, la vanidad, la indiferencia, la amistad…

¿Dónde habitan semejantes masas invisibles, cuyo único fin es manejar a los seres?

Por las noches suelen aparecer con frecuencia.

Nunca pude verlos ni tocarlos, pero ellos sí que me han rozado y atrapado fuertemente.

Siento que frotan mi cuerpo. Erizan mi piel y alertan mis oídos que tratan de percibirlos.

Inseguridad, nerviosismo, ansiedades…

Las noches se transforman en eternas, plagadas de sensaciones que revolotean en la oscuridad.

Logro escuchar los combates entre las angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías, las vanidades y la humildad.

Siento cómo revolotean sobre mi persona y yo no me atrevo a nada.

Defender la esperanza y la alegría y la amistad y el amor, y… la vida…

Pero no puedo. Los otros sentimientos son más poderosos, y no puedo…

 

Enciendo la lámpara.

Salgo de la cama.

Abro los ojos que, con miedo, escudriñan el ambiente como dos mirillas buscando mi heroísmo, mi coraje, mi dignidad…

Nada.

Por lo visto, la luz transforma en invisibles los fantasmas de la noche.

Apago el velador y me acomodo para dormir sin luchar.

Me envuelvo en las sábanas transformándolas en un útero muy especial.

Cierro los ojos como para meterme más dentro de mí.

 

Todo parece tranquilo al principio, hasta que un temblor me toma por los hombros… por la cabeza… y se apodera de mi estómago… de mis brazos y piernas… y de “mí ”.

Allí estaban nuevamente, los sentires jugando con las miserias humanas.

Llega un punto en la noche en que me transformo en el más paralítico de los paralíticos. La hipotonía me abraza y… el próximo paso es la muerte… que nunca llega, pero que está allí… y yo la siento.

 

Por las rendijas de la persiana vienen a rescatarme los primeros rayos de luz.

Todavía no me animo a mover ni un músculo de mi cuerpo.

Seguro que los miedos, las angustias, las inseguridades, andan dando vueltas muy cerca.

El día se apoderó por fin de la noche.

Mi cuerpo continúa inmóvil.

El cansancio me domina.

Extenuado pero a salvo, me duermo.

Mejor así. Debo descansar para poder afrontar una nueva y oscura noche.

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—Marcelo,

me sigo deleitando con tus cuentos.

"El fantasma de los sentires" lo viví muy visceral y verdadero.

Este cuento nos remite a las emociones y sensaciones que brindan consistencia a los acontecimientos vitales.

Señala la inevitable presencia de sentimientos opuestos, la ambivalencia que habita en los seres humanos, el amor y el odio, la vanidad y la humildad, el temor y el coraje...

El protagonista cuenta sus vivencias aterradoras por las noches, las angustias, los dolores y los miedos tomando el comando de la vida emocional.

Nos creemos débiles, desamparados, inermes frente a nuestra sensación de estar inundados por un malestar insoportable vinculado a lo mortífero.

Es el sol, una  luz o la voz humana, lo que ilumina nuestra oscuridad interior, lo que nos saca de la vivencia de soledad sentida como vacío, y el terror disminuye hasta desaparecer.

Quizás desde aquí se pueda comprender la ingesta de  tanto psicofármaco para conciliar el sueño y evitar el dolor de esta vivencia devastadora descripta en el cuento.

Besos,

Mónica

 

 

 

—Querida Mónica,

¿Quién no ha pasado por ese miedo a la vida?

Quizás deberíamos encontrar en el arcón de nuestro cuerpo esa confianza tan esquiva y llena de telarañas.

Quizás deberíamos guardar en el más profundo de los sótanos esas inseguridades que nos arrastran a los sitios más oscuros.

Quizás deberíamos mirar los ojos de quienes nos apoyan… tender y aceptar las manos que nos protegen y buscar la luz que nos ilumina, en lugar de aferrarnos a la sombra que se proyecta.

Besos,

Marcelo

 

 

 

 


La barca

 

La joven niña navegaba en su endeble barca de madera.

El extenso mar que la custodiaba le generaba gran inseguridad.

Sin rumbo, observaba hacia adelante, sin mirar… después de todo, en el medio de aquella inmensa masa líquida no existía un hacia adelante, ni un hacia atrás.

El bote tenía una popa y una proa que eran tan iguales que no podían diferenciarse entre sí.

 

La joven niña navegaba en su endeble barca de madera.

Las estrellas nocturnas no le servían de brújula, ya que ella desconocía cómo utilizarlas.

Solo sabía que iba… o que estaba siempre en un mismo lugar.

Buscaba entonces, desde aquella embarcación que la contenía, algún sentido a su peregrinar… a su paso por la vida.

Conocía el viento, la niebla, la lluvia y el agua.

Los sentía pasar… como pasaba ella… como pasaba la barca… como pasaba la vida.

Mientras las nubes reflejaban el brillo de un nuevo día que asomaba, en el horizonte se dibujó una silueta.

Como si la viera por primera vez, la niña se asombró y repitió que algo nuevo se aproximaba a su bote.

Luego se distrajo, y en un instante, delante de sí, en la misma embarcación, alguien la estaba visitando, y eso le dio alegría.

“Es la primera vez que alguien me viene a ver, nunca antes había estado acompañada”, repetía la joven cada vez que alguien llegaba hasta su barca.

Siempre olvidaba a las visitas; después de todo, para ella era común perderlas. Siempre se marchaban y eso la llenaba de tristeza, pero no se atrevió a mostrarse así.

Jamás recordaba el pasado, de modo que jamás aprendía.

Siempre se asombraba de todo, como si las cosas nunca hubieran ocurrido.

Pero las cosas ocurrían, y ella navegaba en su endeble barca de madera hacia… hacia allá, o hacia aquel otro lado, o hacia…

Siempre repetía: “¿Para qué llegar a algún lugar si luego hay que marcharse de allí?”

Quizás no le importaba hacia donde viajaba, o quizás parecía no importarle.

La mujer  recién llegada se sentó a su lado en el único tablón que servía de asiento.

Luego de conversar el tiempo necesario, se marchó del mismo modo en que había llegado.

El sentimiento de pérdida sobrevoló una vez más.

La joven continuó su camino según el mar o el océano la llevaran, jugando con peces multicolores. Ella podía reconocerlos uno por uno, y tocarlos y jugarles, y dejarlos ir… si total no representaban ningún compromiso. Ellos no la juzgaban, ni la cuestionaban.

 

Un nuevo amanecer la encontró con la vista fija en el fondo de la barca.

Por primera vez estaba examinando el sitio que la contenía.

Lo había descubierto, estaba tomando conciencia de que se hallaba allí, aunque no sabía dónde.

La conciencia de su realidad le generó mayor inseguridad y la culpa creció en ella.

Por momentos el miedo se transformaba en pánico, hasta que el cálido sol junto a la tibia brisa la abrazaban para darle aquella contención que tanto necesitaba.

 

En nuevas y varias oportunidades, la joven fue visitada, y hasta llegó a reconocer a algunas de las personas que se allegaban a su nave.

Nuevamente la conciencia la envolvía… intentaba hacerla crecer, pero su angustia la paralizaba.

 

La brisa cálida dejó de soplar y el sol tibio se apartó dejando lugar a una luna inmensa que se posó sobre la barca.

Entonces, ella observó que siempre había estado acompañada por su sombra.

Una nueva toma de conciencia abrió sus ojos y le generó más inseguridades y temores.

Quiso atrapar aquella sombra acomodada en el piso de la barca.

Lo intentó una y otra vez, pero al ver que no podía asirla, se irritó. El enojo se transformó en una frustración que la violentó.

Intentó entonces destruir su sombra golpeando el piso de madera. Con sus uñas rascó y rascó aquella sombra hasta que se quedó dormida por el cansancio de la durísima batalla.

 

El agua se movió con más energía.

La joven se dio vuelta y encontró nuevamente su sombra, que también bailaba al ritmo de la barcaza.

Esto la enfureció y una vez más trató de atraparla para poseerla y dominarla.

Pero al ver nuevamente que esto era algo imposible, arañó el fondo de la nave astillando la madera que se fue debilitando igual que sus uñas y que sus fuerzas.

Cada nuevo encuentro con su sombra provocaba un nuevo desgaste en el fondo de la barca… hasta que un día comenzó a filtrar agua por aquel maltrato.

Ella no se daba cuenta de que su sombra era ella… y que su barca también era ella… y que sin su sombra y sin su barca… ella no podría ser.

 

Sin rumbo fijo, la barca transitaba.

Simplemente transitaba. El horizonte continuaba sin poder divisarse.

Adelante, atrás, pasado, futuro, todo era lo mismo.

La barca y la joven.

La barca, la joven y su sombra, que le mostraba que ella y el otro existían y que podían convivir… o no…

La barca, la joven, su sombra y las personas de las visitas diarias que había comenzado a recordar.

La conciencia que cada vez era mayor, y el miedo que se transformaba en pánico.

¿Por qué da tanto miedo la realidad?

El cálido sol y la tibia brisa que aparecían cuando ella más lo necesitaba, y que se alejaban cuando… cuando creían que era el momento indicado.

 

Y el horizonte seguía intacto.

Cada tanto aparecía alguna persona que acompañaba a la joven que parecía no querer aprender.

Cada tanto se alejaba alguna persona cansada de acompañar a la joven que parecía no querer crecer.

 

Y la barca comenzó a hundirse.

Y el horizonte que se dibujaba con un lápiz de color azul durante el día, o dorado al amanecer, o rojo intenso al llegar la noche, para luego desdibujarse y unir al cielo y al mar  en uno solo.

Parecía que la barca navegaba entre las estrellas, y que el reflejo de ellas en la espuma de las olas chispeaba salpicando las mejillas dormidas de la niña.

Pero ella no lograba disfrutar de aquel espectáculo infinito… ella soñaba con su sombra y otras sombras que le oscurecían las fantasías que buscaba y no podía alcanzar.

 

La barca se estaba hundiendo, y la joven niña parecía no saberlo.

Ya pocos podían acudir en su ayuda.

Si alguien se subía a la nave, el peso apuraría el desastre.

Dependía de ella que el naufragio fuera parte del pasado.

Pero, ¿habría aprendido del pasado?

¿Habría registrado lo ocurrido, o la conciencia le jugaría en contra?

Con el agua casi al cuello, la niña buscaba su sombra en el fondo del bote, pero el mismo océano que la estaba haciendo naufragar evitaba la llegada de su sombra.

Aquel problema que hundía su nave podía servirle como toma de una nueva conciencia que la sacaría a flote.

 

En la lucha por la supervivencia, nunca estuvo sola, ni siquiera en los peores momentos.

El cálido sol y la tibia brisa siempre estuvieron a su lado para envolverla con el amor que finalmente podría salvarla.

 

La fisura de la barca comenzó a cerrarse y el agua decidió escurrirse.

La joven despertó a un nuevo día, más radiante que nunca.

Cuando el sol la encandiló, giró su cabeza hacia el otro lado, y descubrió nuevamente aquella larguísima sombra que salía de su cuerpo.

Se quedó observándola durante algunos minutos y la reconoció.

Era ella… y era el otro, y el otro, y volvía a ser ella otra vez.

Acercó su mano como para… pero al darse cuenta de que la sombra también se le había aproximado, hizo una pausa y la tocó… la reconoció y la aceptó.

Entendió que esa sombra era la que le habían entregado el mismo sol y la misma luna para que se reconociera en ella y en los otros.

Una nueva conciencia le estaba llegando.

Levantó la vista y supo que ése era el camino que debía seguir.

De algún modo, había comenzado a aprender a leer las estrellas y a reconocer su norte.

 

El tibio sol y la cálida brisa abrazaron fuertemente a la joven niña que iniciaba un nuevo camino… tratando de crecer… tratando de volver a nacer.

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—Querido  Marcelo, 

este cuento es más de lo imaginado.

Para empezar quiero compartir con vos que se me deslizaron algunas lágrimas mientras lo leía.

Fue un alivio, también, leer la segunda parte, la presencia del sol y de la brisa, cuidando a esa niña que vuelve a nacer en un estado de conciencia y bienestar…

 Rescato el tema de los enojos, como una forma de violencia dirigida contra uno mismo, capaz de romper nuestra estructura  interior y nuestros vínculos de amor.

Es de una intensidad muy grande, es conmovedora tanto la vivencia de naufragio como la del renacimiento. Pensé en la importancia de apostar a la vida, de no bajar los brazos aun frente a la adversidad, de seguir luchando, navegando, intentando… sin prisa pero sin pausa.

Recordé la canción “La cigarra”, donde dice: “Tantas veces me mataron, tantas veces me morí, a mi propio entierro fui…” para concluir diciendo: “igual que sobreviviente que vuelve de la guerra”.

Pensé en mi hija, recordé aquellos momentos donde sentía que le costaba aprender de la experiencia, que su barca podía hundirse…

Sin embargo, seguimos intentando, luchando, y creo que hoy las fisuras de su barca se están cerrando, mirando hacia un nuevo sol, una nueva brisa que aparecen acariciando su cuerpo y el mío.

Leyendo tus cuentos reafirmo la idea  de que el arte cura y transforma con magia el padecer en posibilidad, en nueva oportunidad.

Gracias,  un abrazo, 

Mónica

 

 

 

 

—Mónica,

escribir este cuento me ayudó a salir de la situación de angustia por la que estaba pasando.

Como bien vos acabás de acotar, “el arte tiene ese mágico poder para curar el alma”. La desazón del comienzo se transformó en un final pleno de esperanzas. Al iniciar el relato, el viaje, sentía que la noche tan oscura unía el horizonte del agua y del cielo haciéndolos desaparecer.

Mi única referencia era la barca… era yo mismo…

Curiosamente, cuando menos lo esperaba el sol dibujó el comienzo de un horizonte que tenía todo para brillar y comencé a sentirme mejor.

Mónica, disfruto muchísimo este intercambio de notas, y luego de cada envío, espero ansioso el regreso de una nueva respuesta.

Besos,

Marcelo

 

 

 

 


La sombra del Malevo

 

La sombra es la comprobación física de que existimos.

Quien no tiene sombra, no tiene razón de ser.

                                                                  M.F.

 

 

Y justamente eso es lo que le ocurrió al Malevo.

Aquella tarde de agobio, perdió su sombra en una reyerta callejera.

Bajo el farol que fue testigo y cómplice del arrebato, el Malevo se quedó solo  y sin rumbo.

El Negro del Abasto, quien se había apoderado de la sombra de aquel hombre, caminaba por la avenida Corrientes, haciendo alarde de dos negrísimas prolongaciones.

 

Como no podía ser de otra manera, una rubia había sido la razón de aquel enfrentamiento en el que Malevo se había “des—sombrado”.

Como tampoco podría ser de otra manera, la misma rubia había sido la razón del segundo enfrentamiento en pos de recuperar lo perdido.

Raquel era muy bonita. Aquel andar de milonga que la acompañaba acariciaba el empedrado mientras sus caderas daban campanadas a cada paso.

Raquel era la figura principal del piringundín más conocido de Almagro.

Vestido negro de profundo tajo que se juntaba con el escote, “brillosa bijouterie barata” y un blondo cabello recién cepillado coronaban a esta reina porteña.

 

Para Malevo era su vida, y siempre dijo que vendería su alma por ella a riesgo de perder su sombra… su vida… cosa que había ocurrido unas semanas atrás.

Ahora tendría que pelear para recuperarla.

Aquella noche en que la luna se había tomado franco, Malevo presenció, a través de la cerradura de la puerta del cuarto de la rubia, cómo El Negro del Abasto le propinó un indigno maltrato a su amor. Sin poder contener su interior de arrabal, irrumpió en el albergue para terminar con aquel patético agobio.

El Negro, al ver que alguien guapeó la puerta, desenvainó la faca de su cintura y apoyó el filo en la garganta de Raquel en forma amenazante. En un dialecto casi inentendible, desafió entonces al Malevo a que se enfrentaran en media hora en el farol de la esquina, mientras cortó burlonamente los breteles del vestido de la mujer que apenas pudo tapar sus enormes pechos.

 

Bajo la luz, la espera fue eterna, hasta que una risa blanca de dientes incompletos se presentó delante de él.

Era El Negro, que con su sobredosis de sombra iba por la batalla final.

El hombre sin sombra ya no tenía nada que perder; sin embargo el otro…

El Malevo sabía que entre las sombras que tenía su contendiente, una le pertenecía.

Debía prestar mucha atención cuando llegara el momento de elegirla. Si apuñalaba su sombra, él mismo se estaría eliminando para siempre, mas si la faca terminaba en la oscura prolongación de su rival, recuperaría su ser y de este modo Raquel volvería a pertenecerle.

Haces de luces fluían rebotando en los filosos cuchillos. En el fondo oscuro se movían silenciosamente algunos ojos que cumplían el rol de espectadores.

La pelea duró poco tiempo. El Malevo, sin dudar, sin pensar, sin mirar, eligió rápido y, atravesando una de las dos sombras, cayó al piso duramente.

Acaso se había equivocado en la elección… acaso había sido un acto de imprudencia lo que había hecho en ese arrebato...

El Negro del Abasto, todavía de pie y llevando la sombra sobre su piel, sonrió y suspiró ácidamente mientras caía de boca sobre el empedrado que terminó sacándole los pocos dientes que le quedaban.

Raquel corrió sin perder el estilo de su andar y se arrojó sobre El Malevo implorando por su alma. De rodillas junto a su amor, pasó la mano por detrás de la cabeza que reposaba en el suelo y la levantó delicadamente.

La luz del farol dibujó una tenue sombra que emanaba del hombre. Raquel supo entonces que el Malevo estaba vivo.

Al Negro del Abasto, por el contrario, se le fue aclarando la piel.

Decenas de sombras comenzaron a disiparse desde su cuerpo… quizás volviendo a sus legítimos dueños.

Los ojos de la noche comenzaron a llegar para presenciar aquel mágico espectáculo.

Después, lo de siempre: la policía, el juez, la ambulancia y aquí no había pasado nada.

 

La autopsia de El Negro reveló que se trataba de un individuo nórdico de piel blanca y cabellos rojizos que había llegado a Buenos Aires con la obsesiva tarea de apropiarse de las sombras de los porteños. Su admiración por el alma de esta ciudad era la culpable de aquel desvarío.

Malevo fue internado en el hospital Rivadavia, donde se lo sometió a una gran e intensiva iluminación con el fin de que su sombra reforzara la oscuridad que se había diluido durante la pérdida.

Raquel rezó cada noche por su hombre, mientras esperaba el momento en que sus sombras volvieran a amarse enlazándose bajo la luz de un nuevo burdel.

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—Marcelo,

respecto al cuento "La sombra del Malevo", me gustó mucho.

Para leerlo puse música de Piazzola de fondo, como vos me pediste, y en verdad valió la pena.

Siento que muestra los sentimientos más ruines y los más elevados, expresados en cada personaje.

El Negro, muy adecuado su nombre, personifica las emociones vinculadas  al odio, el resentimiento y la envidia que pareciera, según tu relato, que tiñen a las personas de negro.

La paradoja de que se trataba de un hombre blanco, que deseaba sólo poseer el alma, la vida, el amor del otro por un egoísmo devastador.

El otro puede ser fuente de amor, cuidado y contención, o fuente de rivalidad, odio y muerte; si no, basta ver a Caín y Abel como metáfora de los vínculos destructivos.

La mujer de esta historia, amada por el malevo, era apenas un objeto de apropiación para el negro.

La importancia de recuperar el alma, la sombra en este caso, que le da sentido a la vida. Cada uno tiene que pelear por encontrar y preservar su   luz y su sombra.

Me pareció interesante el personaje de la mujer, débil, sin rumbo, enamorada del malevo.

Tenía algo especial; aun en los momentos más dolorosos conservaba su belleza, como un talento.

Nos vemos. Besos,

Mónica

 

 

 

—Mónica,

cuando escribí esta historia de arrabal, jamás tuve en cuenta lo que vos me hiciste notar. Tan sólo me puse a escribir y los personajes comenzaron a actuar por sí solos.

Yo fui un espectador de lujo de lo que iba aconteciendo. La música de Piazzola engarzaba las letras de una en  una, de dos en  dos y hasta de a tres juntas.

Cuando me quise acordar, el negro ya era blanco, el malevo estaba recuperado y la rubia se había transformado en una cenicienta porteña.

¡Qué tal!

Mónica, lástima que no estabas allí en el momento del duelo… te hubiera encantado.

Besos,

Marcelo

 

 

 

 


Las galochas ya no existen

 

Para cualquiera, una mudanza es todo un trastorno. Desequilibra a los jóvenes... con más razón a Tonio y Berta que, con sus noventa y dos y noventa y un años respectivamente, debían abandonar la casa donde moraban para radicar sus últimos instantes de vida en un asilo de ancianos.

Hasta estos años vivieron solos y sin sobresaltos.

Los hijos, dos nenas y dos varones, sesentones todos ellos, eran ejecutivos en diferentes países. Muy ocupados y distantes en espacio, tiempo y alma, se habían olvidado de quienes los habían cuidado, criado y aguantado desde que fueron semillas.

“Diario, diario”, se escuchaba todas las mañanas y a la misma hora. Era Quique, el diariero de la cuadra, que con su mejor sonrisa, carente de todo vestigio dentario, nos daba las noticias.

Dentro de la casa, léase pieza, Tonio y Berta desayunaban con la parsimonia de siempre. Pero Berta estaba un poco más activa que de costumbre por esto de la mudanza.

Como Tonio había roto sus anteojos (los famosos “culo de botella”) en aquella caída en que se quebró la cadera hace un par de años, la que embalaba las pertenencias era su  compañera de vida.

Berta era dulce y hermosa, aunque llevaba sus pesadísimos años cargados en la prominente giba que cada día la encorvaba más.

“Berta ¿pusiste las galochas en la caja?” preguntaba una y otra vez Tonio, obsesionado con las repetidas inundaciones que debieron soportar en ese Palermo viejo... re-viejo.

Pero claro, Berta poco le respondía ya que las paperas en su juventud le habían provocado una sordera ya irreversible.

“¿Pusiste las galochas, Berta?” nuevamente se escuchaba por los rincones de la descascarada habitación.

— Diario, diario...— pasaba de vuelta de su recorrida Quique, con los pocos diarios y revistas que en la faja le quedaban.

—Hola, viejos— les gritaba en afectuoso saludo.

— Hola, Quique— le respondía Tonio, ya que Berta ni lo escuchaba.

Pero algo que nunca antes había ocurrido llegó en el momento justo. Tonio, que venía arrastrando un resfriado desde sus años mozos, por la falta de sus galochas, estornudó lanzando los dientes por la ventana del cuarto.

—Salú ...— le dijo Berta.

—¡Me escuchaste! ¡¡¡Estás recuperando la audición !!!

Pero ella no volvió a responder. Había visto pasar volando la dentadura de Tonio y supuso lo del estornudo… porque de la vista, ella era un lince.

—Perta, Perta ...— dijo él entonces, ya que sin sus masticadores, la “B” larga no le salía.

—Perta, Perta ¿a dónde vas? Vení aquí... volvé...volvé...—

Pero la ancianita había salido a recuperar los postizos.

En su lento andar encorvado, como buscando los años perdidos, llegó al sitio donde la sonrisa de Tonio alegraba la vereda. Se agachó despacito, despacito, despacito... pero en el último estirón se fue para adelante y se enroscó en sí  misma como un bicho bolita.

Nunca más pudo estirarse, por lo que falleció en esa postura tan incómoda, casi en el mismo momento en que Tonio se levantó de su silla gritando: —¡¡¡Perta, las galochas, las galochas!!!

Pero la viejita nunca pudo responderle.

El miope abuelo llegó a la puerta por instinto, ya que su visión era casi nula. Se asomó a la calle tratando de intuir con su olfato lo que sucedía allí afuera, pero no vio ni olió nada.

—Perta, no te vayas, no te vayas, tráeme las galochas... no me abandones a esta altura de mi vida.

Pero Berta no contestó porque ya no estaba.

—Perta, las galochas— se siguió escuchando durante dos días, hasta que Tonio volvió a su silla.

—¡¡¡Te poy a denunciar por apandono de hogar!!!— siguió gritando una y otra vez.

 

Tonio nunca supo la realidad sobre Berta.

Pasadas las cuarenta y ocho horas y debido a su frágil memoria la olvidó... hasta que comenzó a llover fuera y dentro de la habitación.

Fue entonces cuando la historia comenzó a narrarse nuevamente con aquel: “¡¡¡Perta...las galochas...las galochas!!!”

Eso ocurría dentro de la habitación, pero afuera, con su impermeable de bolsa de consorcio, pasaba Quique.

A Berta, que todavía se hallaba en la vereda, no la vio de tan enroscadita que estaba.

Pero cada nueva mañana, de allí en más, la sonrisa de Quique gritando: “Diario, diario” tenía el misterioso encanto de Tonio.

Lo cierto fue que la dentadura le calzó justa.

Quizás fue por eso que a los pocos meses Quique recorría las mañanas del viejo Palermo con sus diarios bajo el brazo y gritando: “Diario, diario...¡¡¡Berta, las galochas, las galochas!!! ... Diario, diario...”

Tonio nunca pudo mudarse aunque las valijas quedaron hechas... y las galochas pasaron de moda.

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—Marcelo,

"Las galochas ya no existen” es un cuento extrañamente triste, contado con humor.

Pensé nuevamente en la vejez, un tema que aparece en distintos relatos tuyos, la debilidad del cuerpo, el deterioro de los sentidos, la pérdida de los vínculos.

Los hijos de esta pareja de ancianos, alejados de sus padres en momentos  en que  se los necesitaba  tanto...

Cuando los hijos adultos  son “importantes”, pierden quizás el mayor de los tesoros, el tiempo, como vos decís, el alma.

Es tan común la queja por parte de los más jóvenes en relación con  sus padres, “no tengo tiempo”, “no  puedo, estoy ocupado”, mientras los mayores esperan.

Muchas veces se acomodan  a la ingratitud de aquellos  hijos que  quizás han sido cuidados con amor y dedicación.

El geriátrico  puede ser vivido  por el anciano como  el último depósito antes de caminar el tramo final  hacia una muerte solitaria.

Sabés, Marcelo, desde  hace tiempo sueño con armar un geriátrico, donde las personas se sientan vitales, importantes, “que transiten su vejez con la dignidad del artista”.

Imagino a los abuelos  pintando, danzando, expresándose en un coro  o a través del teatro; veo en mis sueños una combi que los venga a buscar para llevarlos a algún espectáculo de tango, por ejemplo.

En fin, un  lugar donde se sientan bien, cuidados, queridos, valiosos, donde mudarse de la casa no sea, como en este cuento, la antesala de la muerte.

¡Cuánto se necesitaban  Tonio y Berta!, los protagonistas de este cuento. Sólo se tenían el uno al otro.

¿Qué será de Tonio, sin sus galochas , sin sus dientes, sin su  Berta?…

¿Cómo será la vida de cada uno de nosotros al llegar a la vejez?

Creo que me puse triste. Besos y hasta el próximo cuento.

Mónica

 

 

 

—Mónica,

 vos sabés que a mí, con Berta y Tonio, me ocurre algo muy particular.

Si bien son personajes nacidos de la fantasía, los siento totalmente reales.

Si ellos no estuvieran, yo los extrañaría.

Curiosamente, no siento que estén tan solos. Ellos saben que yo estoy aquí, del otro lado de la computadora, acompañándolos, siguiendo sus pasos, mimando cada gesto por absurdo que parezca, esforzándome por desenroscar a Berta para que intente pararse nuevamente.

Yo sé que ellos están allí, y ellos que yo estoy aquí … pero ambos también sabemos que las galochas hace mucho que dejaron de existir.

Besos,

Marcelo

 

 

 

 


El luto del payaso

 

El payaso “salió de su casa” como todos los días.

Éramos vecinos de toda la vida.

Desde mi ventana podía verlo pasar cada mañana, mientras mi madre me decía que algún día presenciaría “el luto del payaso”, quizás porque ella había conocido al padre y al abuelo del divertido bufón del barrio de Palermo.

Chaquetón largo y brilloso cubierto de tachas, zapatos enormes de puntas levantadas que nunca le permitieron subir a un colectivo.

“El payaso salió de su casa”, pero éste no era un día más.

Moño enorme capaz de girar en el momento adecuado, sombrero con rulos y una mustia margarita vigilante en lo más alto, guantes gastados de tanto macanear…

“El payaso salió de su casa”, donde vivió con su madre de ciento dos años.

Y digo bien, “donde vivió”, ya que hacía un par de días se había marchado, seguramente a contarle a todo el mundo de allá arriba lo orgullosa que estaba de su hijo.

El payaso salió y recordó las últimas palabras de quien lo había parido hacía más de sesenta años.

“Hijo, nunca pierdas tu alegría, tu emoción, tus ganas de hacer reír a los más pequeños, del mismo modo que lo hacía tu padre. Que la risa no se borre de tu piel cuando yo ya no esté. Porque cuando desde lo alto presencie tus gracias, aplaudiré cada gesto que despiertes en quien lo necesite.”

“El payaso salió de su casa” como… casi como  todos los días…

“Salió de su casa” como pudo…

Una lágrima dibujó sobre la pintura de su mejilla acariciando la pena que llevaba y se posó en su redonda nariz de payaso.

Algo había cambiado en aquel rostro melancólico de gran sonrisa…

Quizás se trataba de su negra nariz… quizás…

En esa oportunidad comprendí el significado de lo que mi madre me había dicho tantas veces acerca de “El luto del payaso”.

Desde mi ventana acompañé su andar con una sonrisa algo forzada y mi tímido aplauso cerca de su corazón.

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—"El luto del payaso".  

Este cuento me despertó ternura.

Sabés, Marcelo, me puse a pensar en el legado  que recibimos de los amores  que se despiden cuando tienen  que partir de nuestras vidas.

El tesoro que se encarna en nuestro dolorido cuerpo, cuando somos capaces de despedirlos  y de incorporarlos  a nuestro bagaje  de  vivencias…

El payaso de este cuento se lleva la capacidad de hacer reír de su papá y de su abuelo y la valorización de esta capacidad por parte de su mamá.

Algunas  veces me encuentro reflexionando acerca  de lo importante que es la vida que llevamos, aquello que  somos capaces de construir a través de los vínculos afectivos, el trabajo, los talentos…

Esto será  probablemente la verdadera herencia  que dejemos  a nuestros hijos el día de nuestra despedida final…

En mi caso, sentí el cuento tanto desde el lugar del payaso como desde la mamá.

Sigo conmoviéndome con la lectura de tus cuentos. Gracias, besos, 

Mónica 

 

 

Laurita

 

Aquel viernes por la noche, mientras me dirigía a la Iglesia del Carmen, se cruzó por mi mente Laurita.

“Laurita...” repetían mis neuronas contagiándose de excitación dentro de mi cerebro.

De pronto, la detención inesperada del automóvil que circulaba delante de mí me hizo clavar los frenos.

El pensamiento de Laurita salió disparado desde mi cerebro sin un destino muy claro.

 

Llegué a la Iglesia justo en el momento en que Clara, blanca y radiante como su nombre lo indica, salía del brazo de mi amigo del alma... Sergio.

Al verlos recién casados, y no por casualidad, el pensamiento de Laurita que después de la frenada seguía rebotando por allí, volvió a ocupar mis pensamientos.

 

Con Sergio fue que compartimos la aventura de buscarle novio a Lauri.

Así le decíamos de pibes en el barrio.

No fue fácil, porque así como era la más buena de las minas, también era la más fea.

Pero claro, uno dice fea y te imaginás alguien más o menos escracho, pero... pero Laurita lo más lindo que tenía era su gran corazón.

Ése fue el motivo por el que nos solidarizamos sin que ella lo supiera y comenzamos a planificar la hazaña, aunque más que hazaña, parecía un milagro.

¡Debíamos buscarle novio a Laurita!

Tampoco queríamos obligar a ningún conocido ni forzar ninguna situación.

Fue un desafío de a dos.

Durante las siete tardes de los siete días de una semana a full, dedicamos tantas horas como pudimos para lograr el objetivo.

 

Repartir volantes destacando las condiciones morales, espirituales y sensibles de Laurita no nos pareció lo más atinado. Aunque fue lo primero en que pensamos, nos dimos cuenta a tiempo de que eso sería como traicionar la mirada de quien se acercara a conocerla.

Publicar un aviso en el diario fue la segunda de las ideas que surgió con cierta obviedad... aunque también fue desechada. Tendríamos que publicar una foto de la nuca de Laurita, lo que provocaría dudas a quienes telefonearan.

—Y si hacemos un concurso... con premio y todo...— se atrevió a decir Sergio una tarde.

—No es mala esa propuesta...— agregué— aunque cuando digamos que el ganador, aparte del premio, va a tener que ser el novio oficial de Laurita, nadie va a querer anotarse... con lo que quedará desierto el concurso y el primer premio se lo llevará “la humillación”.

Los días pasaban y el milagro parecía alejarse cada vez más y más de nuestras cabezas. Necesitábamos una solución.

El séptimo día, nos habíamos reunido con el ánimo gris, desahuciados y resignados a la soledad de Laurita cuando sonó el timbre. Era el sordo que venía a ver en que andábamos.

—Es Laurita... sordo...— dijimos como murmurando y con la vista clavada en las baldosas del patio.

Por supuesto que no entendió ni jota. Sin leer los labios le era imposible comunicarse.

—Mírenme cuando hablan, ¡carajo!— gritó enojado y con razón.

Levantamos las cabezas y vocalizamos ampulosamente.

—Es Laurita...— reiteramos— Andamos buscándole novio, pero me parece que estamos perdidos.

—¿Qué le buscan novio a Laurita?— gritó el sordo sin darse cuenta de que había subido el volumen.— Luego pegó media vuelta y se marchó riendo a carcajadas mientras continuó hablando: —Para encontrarle novio a Laurita van a tener que enganchar a un ciego.

Descompuesto de risa, enfiló derecho a la puerta de entrada, que aún permanecía entreabierta. Su satírico humor negro nos sorprendió.

Después de que el sordo se alejara, nos miramos con Sergio sabiendo que la solución había llegado de su mano.

Partimos entonces llenos de optimismo hacia la academia de ciegos de San Telmo.

Cuando llegamos a la puerta, nos dimos cuenta de que no teníamos ningún plan; entonces, café de por medio en el bar de la esquina, nos sentamos a armar la estrategia.

—Anotá— le dije a Sergio.

—Pensemos de qué modo puede acercarse algún ciego a Lauri.

—Pensemos por ejemplo... alguna celebración...

—O una entrega de premios de algo...

—O un baile...

—O un coro...

Fue allí que me detuve, sabiendo que ése era el camino correcto.

Laurita se había recibido de profesora de canto, y un coro de ciegos era lo ideal para que se conocieran.

—Su voz de ángel los cautivará inmediatamente— acotó Sergio.

Terminamos el café y salimos tan apurados que casi nos olvidamos de pagar.

Una vez en el instituto, pedimos hablar con el director.

Le notificamos que la profesora de canto Laura Cantoretti (así era su apellido) quería encargarse de organizar el coro de jóvenes no videntes de la institución que él dirige.

“Por supuesto que la edad de los integrantes del coro debe estar entre los veinte y los treinta y cinco años”, agregamos sabiendo que Laurita tenía indefinidos veintisiete años.

También tuvimos en cuenta que quien dirige el coro siempre da la espalda al público, y Laurita de atrás estaba bastante buena, con lo que el evento coral podría resultar exitoso.

Habiendo coordinado todo con el instituto para ciegos, nos vimos en la tarea de comunicarle a Lauri que en aquella benemérita entidad requerían de sus servicios aunque ad honorem, o sea, sin cobrar un mango. Hicimos hincapié en que requerían de sus servicios por su gran capacidad docente y talento natural.

Sabiendo del enorme corazón que ella tenía, no tuvimos que realizar el más mínimo esfuerzo para convencerla.

Como supusimos, aceptó inmediatamente, lo que confirmó nuestra teoría de que por dentro era una gran mujer.

“Lástima el envase”, repetía Sergio una y otra vez.

Con los ojos cerrados, era un placer compartir una charla con nuestra Lauri. Pero a la hora de afrontar la realidad y mirarla a los ojos, teníamos que sacar fuerzas del más allá para no espantarnos.

Todavía recuerdo su cumpleaños de quince, donde tuve que tomarme un “reliverán” (remedio que estabiliza el estómago impidiendo el vómito) antes de bailar el tradicional vals con ella.

 

Este relato parece una cruel y despiadada exageración, pero si se enfrentaran cara a cara con Laurita, compartirían nuestros sentimientos.

 

Cuando llegó el gran día en que comenzaría con sus clases de coro, fuimos a buscarla a su casa.

Le hicimos poner una máscara de ángel que haría juego con su voz, con la excusa de que al llegar a aquel sitio, la sorpresa sería mayor.

La realidad era que a mí me daba cosa circular con ella a cara limpia.

Mientras transitábamos en el taxi los tres juntos, el chofer preguntó si nos dirigíamos hacia algún baile de disfraces. Laurita contestó entonces que se trataba de una sorpresa... para luego seguir contando historias con gran calidez y buen gusto.

El taxista quedó enamorado por la hermosura interior de la dama de la careta de ángel.

Cuando llegamos al instituto para ciegos, el chofer nos preguntó a Sergio y a mí si éramos algo de ella, a lo que contesté que tan sólo nos unía una amistad.

Luego, aunque nos pareció medio atrevido, le pidió el teléfono para volver a verla en alguna otra ocasión. Ella sonrió tímidamente y bajó del auto haciéndose la que no había escuchado.

A Sergio le molestó la actitud del chofer y aprobó el modo en que la joven había resuelto aquel lance.

Yo, por mi parte, entreví que ésa era otra alternativa novedosa para enganchar a Lauri... “Un verdadero baile de disfraces”.

 

Las puertas del instituto se abrieron para recibirnos.

—Buenas tardes, venimos acompañando a la nueva profesora de coro— dijimos al director, que fue quien nos permitió ingresar.

—Buenas tardes... y pasen, por favor... – contestó y continuó: —¿...y esa hermosa careta, a qué se debe, señora Laura Cantoretti?

—Bien, en principio debo decirle que soy señorita, y en segundo lugar, ésta es una sorpresa para sus alumnos que seguramente al “verme” entrar con ...—

Y allí, Laura se dio cuenta de que los ciegos no iban a apreciar si llevaba o no una careta.

Entonces improvisó explicando al director que iba a pedir a los alumnos que le tocaran el rostro como reconocimiento, cosa que les resultaría extraño, sorprendente y divertido.

Juntos rieron por aquella ocurrencia.

Caminamos por los pasillos sin decoración (después de todo, sería inútil en aquel sitio) hasta llegar a la puerta del curso que la estaba aguardando.

—Bueno, nos vemos luego— nos despidió Laurita.

—Acompañe a los jóvenes a la salida y muchas gracias por su colaboración— dijo el director a una portera que justamente pasaba por allí.

—Hasta luego... chau Laurita, y suerte.

Con estas palabras nos alejamos del edificio.

Nos instalamos en el bar de la esquina y esperamos ansiosos la salida de nuestra amiga.

 

Cuatro horas de espera mostraron nuestro real interés en ella, que salió radiante como pocas veces antes se la había visto.

En un primer momento nos alegramos, pero debimos reconocer que los celos por tanta felicidad manifiesta comenzaron a invadirnos.

“¿A qué se debía tanta euforia?... ¿Es que acaso con nosotros no lograba sentirse igualmente feliz?” nos cuestionamos silenciosamente.

 

Pasaron dos semanas, y recién entonces nos atrevimos a preguntarle cómo estaba... cómo le iba en el instituto para ciegos... y  en sus clases de coro...

Nos contó que había descubierto su verdadera vocación y que, mejor aún, había encontrado el amor de su vida gracias a nosotros.

A Sergio se le cayó encima un balde de agua fría, tan fría como jamás antes había experimentado. Debido a la noticia, quedó paralizado unos segundos.

¡Nuestra Laurita se había enamorado!...

También nos dimos cuenta de que ¡“alguien” se había enamorado de ella!

Ella continuó con su relato agregando: “Y tengo otra novedad en mi vida”.

Se la notó exultante.

La miramos como para que continúe con esta nueva sorpresa, y entonces anunció: “Me caso en dos semanas”.

“Te felicito... lo logramos... perdón... ¡lo lograste!” agregué eufórico mientras Sergio escondió la cara entre sus manos ocultando un espontáneo llanto.

Cuando Laurita le preguntó qué le ocurría, él se escudó en la emoción de la gran noticia.

Pero yo que lo conocía muy bien sabía que, en aquel instante, Sergio había descubierto su amor por Laura y también se había percatado de que la había perdido para siempre.

Esta inesperada realidad llevó a mi compañero de andanzas a cometer un irremediable gran error.

El vacío que le provocó aquel perdido amor, descubierto en el mismo instante de la perdida, lo llevó al matrimonio con Clara, que se destacaba tanto por su belleza como por su falta de cerebro. Todo lo opuesto a Laura.

La boda se realizó en siete días.

A pesar de ello, la Iglesia del Carmen estaba repleta de invitados.

Clara, del brazo de Sergio, recorrió la alfombra roja en su trayecto de salida con el fondo musical del aleluya interpretado por el coro del instituto de no videntes.

Laurita, que estaba de espaldas a la celebración, dirigía enérgicamente sin saber quienes eran los cónyuges.

Clara lloraba feliz y emocionada, actuando para los flashes de las cámaras, cuidando su maquillaje e indicando su mejor perfil.

Sergio caminaba con los ojos cerrados, tratando de imaginar a nuestra... a su Laurita saliendo del brazo junto a él, sin saber que el coro que ponía emoción a la boda era el de ella.

Jamás vi llorar tanto a una persona, y menos a un hombre.

 

Los años pasaron y el interminable llanto de Sergio lo condujo a una ceguera irreversible que, junto a otras realidades, derivó en la disolución de su matrimonio.

La insensible Clara, ya no tan blanca ni tan radiante, echó a su esposo a la calle, dando por terminado aquel mal nacido matrimonio.

 

Sergio, agobiado por tantas desventuras vividas, se refugió en el arte para burlar al persistente fantasma del suicidio. Y no por casualidad, decidió estudiar canto. El recuerdo de aquel ángel llamado Laura lo mantenía vivo.

Lo acompañé al instituto de ciegos, donde habíamos llevado a... ustedes ya saben de quien estoy hablando ... sabiendo que ése era un tema olvidado.

Grande fue la sorpresa al ver que ella seguía trabajando allí.

Le dije a Sergio que nos fuéramos... que verla... que el recuerdo... que no le iba a hacer nada bien, pero él insistió.

Aún más grande fue la sorpresa al enterarnos de que Laura jamás había contraído matrimonio.

Nuestra amiga, que tenía fecha de casamiento la semana posterior a la apurada boda de Sergio, nunca llegó a concretarla, debido al impacto que le causara la noticia del enlace de su oculto amor... y amigo llamado Sergio.

Pero como luego de aquella reunión en el bar donde Laura nos comunicó la noticia de su boda (noticia que había provocado tanto dolor a Sergio) nos dejamos de ver, nunca llegamos a enteramos de su frustrado casamiento hasta aquel día.

 

La vida les dio una nueva oportunidad a mis dos queridos amigos, que años más adelante se unieron en matrimonio.

Laurita seguía tan espantosa como siempre.

Incluso, los años la habían desmejorado aún más.

Pero claro, si total Sergio había quedado ciego...

Tan ciego como el amor que siempre sintió por ella.

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—Marcelo,

me llama la atención la variedad de historias que se complementan en una forma tan creativa.

Te felicito en particular por permitirte volar con la imaginación que fluye, como vos decís, “entre el escritor y el papel”.

Al terminar de leer este cuento llamado “Laurita”, lo primero que pensé, probablemente por pertenecer al mismo género que ella, fue si alguna vez se escribiría un cuento acerca de la fealdad de un varón.

 

El relato expresa una forma de solidaridad masculina irritante. 

¿Por qué habría que encontrarle un novio a Laurita?

A través de algunos párrafos la sentí tan menospreciada que me dolía el alma.

Sabés, Marcelo, en algún rincón todas las mujeres tememos ser Laurita. 

La belleza es como aquel bien "supremo" al que casi todas las mujeres aspiramos; cuestiones de cultura, posiblemente.

¿Logros personales, femineidad, belleza, serán conceptos entrelazados?

Las publicidades, ya sean de autos, perfumes, detergentes o pañales, incluyen la belleza femenina como sinónimo de éxito.

Cuántos cosméticos, cremas y cirugías se han probado solo con el fin de agradar como mujeres al príncipe.

¿Por qué muchas veces buscamos ser aquello que creemos que el hombre espera de nosotras?...

Por suerte, la historia del cuento tiene un contenido reparador.

Prevalecen luego de diversos errores y espejismos, a través de la mirada y la ceguera de Sergio, el  amor, la bondad,  la  amistad y la entrega, como valores que, por suerte, no sufren el deterioro del tiempo.

 

Pensando con un poco de humor, quien relata la historia tal vez está un poco solo,  quizás sea el muchacho feo de la película... ja ja.

Marcelo, alguien tenía que defender a la pobre Laurita, y esta reflexión me brotó desde mi lado femenino.

 Besos,

 Mónica

 

 

—Mónica,

me encantó que te hayas puesto del lado de la protagonista, fue muy tierno de tu parte y me causó mucha gracia.

También me encantó que hayas podido querer a esta Laurita con un interior envidiable.

Yo también la quiero mucho con su natural fealdad… algo que todos asumimos a través de la magia de las líneas de este cuento.

Respecto a lo que me comentás sobre escribir un cuento sobre “la fealdad del varón”, recordá al tierno Jorobado de París… que si hubiera tenido la suerte de conocer a Laurita, en este momento estarían comiendo perdices.

Besos,

Marcelo

 


La intrigante historia de

 “Manuelita la tortuga”

 

Siempre me sentí atraído por la creatividad de la escritora, poeta, compositora, etc., etc. y más etcéteras, María Elena Walsh.

Es fantástico analizar su cordura y lucidez a través de su arte.

La transposición que ha hecho desde su inconsciente hacia sus páginas escritas es algo digno de ser estudiado.

 

“Manuelita la tortuga”.

Seguramente, María Elena eligió un animal introvertido buscando liberarse de aquella característica personal.

Lenta y precavida, paciente y con una larga vida por delante.

Un animal valiente y perseverante, con sexo intrigante a la hora de afirmarlo.

Menospreciada por quienes no la conocen y admirada por quienes alguna vez han tratado con una tortuga.

Con su perfil bajo, pretende pasar inadvertida, aunque no siempre lo logra.

Dura por fuera, pero con una ternura extrema en su interior, se ha abierto a los demás asomándose cautelosamente desde su caparazón.

Si todavía creemos que la elección de una tortuga para la historia de Manuelita fue azarosa, no comprendimos nada de lo leído hasta ahora.

 

Manuelita había nacido en Ramos Mejía, aunque luego se radicó en un pueblo del interior llamado Pehuajó.

Seguramente dormiría sus siestas, sacaría la cabeza por la puerta de su casa para ver pasar a los vecinos, como era costumbre.

Pero claro… ¿qué había ocurrido en el vecindario como para que la tortuga de la historia hubiese tenido que escapar del pueblo?

Ella, que le tenía miedo a los medios de transporte, ya que cuando se fue a Paris realizó todo el trayecto caminando y caminando… todo el tiempo a pie.

¡Ni que hubiera tomado clases con un tal Moisés (que figura en el libro más leído de la historia), para cruzar el océano abriendo las aguas!

¿De qué otro modo pudo haber llegado a la capital francesa tan sólo caminando?

 

Cuánto estereotipo, cuánta transferencia depositada en aquella pequeña tortuguita.

Seguramente la razón de la partida pocos debían conocerla, ya que para fugarse tan lejos algo serio debió haber ocurrido.

Hace un tiempo, en uno de mis viajes periodísticos, arribé a Pehuajó con el fin de acercarme a algunos de sus vecinos. La respuesta fue la imaginada: “Señor Marcelo, eso de Manuelita es puro cuento”repitieron los vecinos con desparpajo.

Pero yo sabía que había algo más que un simple cuento.

Me había propuesto estudiar las razones subconscientes que habían llevado a María Elena Walsh a escribir esta historia de inocente apariencia.

 

Y ese traje de malaquita que casi nadie sabe lo que significa.

¿Sería quizás una palabra en clave… una contraseña, o quizás sea esa piedra que figura en los diccionarios?

¿Por qué elegir ese mineral, habiendo tantos otros más conocidos?

Tal vez se deba a su conformación irregular y fibrosa, con formas de prismas o circulares.

Hasta el momento eran todas preguntas.

Por otra parte, la malaquita era la piedra elegida por los reyes durante siglos, ya que representaba la inteligencia.

¿Sería este un acto de soberbia de la autora?

¿Qué influencia del inconsciente había llevado a María Elena Walsh a vestirla de aquella manera?

La malaquita, desde la antigüedad, se tomaba como un poderoso talismán. Cuenta la historia que las mujeres embarazadas se colocaban una de estas piedras en el vientre para facilitar el parto y que fuera menos doloroso.

Quizás éste era el significado que la autora le había querido dar a dicha vestimenta…con la intención de que en el parto, o en la partida desde su pueblo, el sufrimiento fuera algo mínimo.

Pero ¿por qué habría tenido que escapar Manuelita de Pehuajó, si tanto dolor eso le causaba?

¿De que trabajaría en el país sin “erres” para mantenerse?

¿Trabajaría de amuleto en un sanatorio maternal?

Las dudas se multiplican con el avance de la investigación.

¿Cuánto trabajo tendría su “superyó” para que no cometiera una locura?

 

Manuelita crecía tan lentamente que parecía no crecer.

Curiosamente, para ella un año era un mes.

Para quienes la conocían siempre estaba igual, pero…

¿Cuántos años tenía?

¡Quién lo sabe!

Lo cierto es que ella se sentía vieja y sola.

Estos son justamente los momentos en que no se deben tomar medidas significativas, porque la cabeza no está clara y las decisiones pueden ser desacertadas.

En lugar de meterse dentro de su caparazón y aguardar, ella decidió realizar un cambio importante en su aspecto físico.

Fue entonces cuando,  sin pensarlo dos veces, partió hacia París para realizar tal transformación.

Habiendo tantos buenos cirujanos plásticos en el país, ¿era necesario viajar tan lejos?

¿Cuál sería el real motivo de su huida?

Sin duda, ella debía evadirse de algo más, algo que la presionaba, algo que la perturbaba de manera insoportable.

 

A cuadras del río Sena, en alguna clínica clandestina de la capital europea, la pobre tortuga se hizo planchar del derecho y del revés, se barnizó, se inyectó botox, se sacó las bolsas de los ojos  y se puso una peluca… seguramente rubia.

¡Claro… esto era evidente!

Quería pasar inadvertida a su regreso, lo que confirmaba una vez más que tenía pensado volver a su Pehuajó una vez cambiada la personalidad.

 

La historia cuenta que Manuelita estaba realmente irreconocible.

Parecía Michael Jackson antes y después de las cirugías.

Su metamorfosis recordaba a la fábula donde el gusano se transformaba en una imponente mariposa.

Tan bien se sentía con su nuevo look que le habían propuesto hacer un programa en la televisión que se llamaría: “Hola Manuela”, pero ella con buen tino no aceptó. Todavía tenía algunos kilitos de más, y no soportaría las críticas.

Por otra parte, el motivo de su viaje había concluido.

 

Finalmente, la hora de regresar a casa había llegado, y aquí observamos nuevamente el espíritu de sacrificio que encarnaba al personaje, ya que regresaría caminando del mismo modo en que se había marchado. Un poquito caminando y otro poquitito a pie.

 

El subconsciente de la autora golpeaba nuevamente mi cerebro.

Luego de tanto sufrimiento y esfuerzo, ¿para qué volver?

¿Por qué no recorrer Europa, cosechar fama en el exterior y radicarse luego en Mónaco, por ejemplo?

Algo había quedado pendiente en su Pehuajó que la recibía casi con indiferencia.

Lo cierto es que Manuelita regresó tanto o más vieja que cuando se marchó.

¿Dónde había quedado aquel barniz, y ese planchado…?

Ni siquiera la peluca le había quedado, ya que al pasar la aduana para regresar a la Argentina, tuvo que dejarla por no haberla declarado.

Y al recorrer las calles de tierra de su querido y entrañable pueblo, del que nunca tendría que haber salido, se encontró con aquel tortugo que la había estado esperando desde su partida.

Sentadito en su silla de madera con almohadón de mimbre.

Aquel tortugo sin nombre que jamás dejó de pensar en ella… de esperarla.

Aquel tortugo de pocas palabras al que todo el pueblo necesitaba.

Aquel tortugo sin nombre que jamás la olvidó.

Seguramente ése fue el motivo encubierto por el que Manuelita partió raudamente.

 

Ahora sabía que no le quedaba otra alternativa que pagar las deudas contraídas con aquel tortugo prestamista que jamás le perdió pisada.

Pero… ¿a cuánto ascendía la deuda como para tener que haber salido del país?

¿Sería ésa la verdadera razón de su partida?

¿Cuál habrá sido el intrincado camino que llevó a María Elena Walsh a escribir tan descarnada historia?

¿Por qué dejar la narración inconclusa, cuando todos en Pehuajó supieron el desenlace de aquel encuentro entre Manuelita y el tortugo sin nombre?

¿Por qué seguir ocultando lo que ocurrió aquella tarde en que la recién llegada regresó a su casa?

Todos sabían que detrás de ella ingresó el tortugo, violentando la puerta que aún no se había cerrado del todo.

Todos sabían que la tomó por el cuello antes de que ella pudiera meter su cabeza dentro del caparazón de malaquita.

Todos sabían que durante aquel esfuerzo, el tortugo, debido a sus problemas cardíacos, cayó muerto delante de ella.

Todos sabían que Manuelita no lo había asesinado. Ni siquiera había atinado a defenderse del agresor.

Todos lo sabían, pero nadie había hablado.

¡Yo no sé por qué!

Manuelita fue juzgada y encontrada culpable del asesinato del tortugo sin nombre.

Aquí aparece aquel mundo del revés que en tantas oportunidades ha pasado delante de nuestros ojos. Pocos son los que tienen la capacidad de darse cuenta de ello.

El ocultamiento de la verdad no había permitido llegar al final de la historia.

El tortugo más temido, más odiado y más necesitado por el pueblo había desaparecido.

¿Cuál habría sido el motivo por el cual María Elena Walsh no había escrito el final de esta historia?

Posiblemente la falta de pruebas era la clave que, junto a los falsos testimonios de los vecinos, entorpeció el esclarecimiento de los hechos.

Pero ¿qué transferencia habría hecho la autora para no contar el final, la verdad de lo sucedido?...

Quizás María Elena Walsh había perdido contacto con la tortuga Manuelita luego de su regreso a Pehuajó y no estaba al tanto de nada.

Seguramente eso debió haber sucedido.

 

Quizás algún día podamos sentarnos a tomar el té con la autora y averiguar lo ocurrido.

Por ahora, debemos contentarnos con creer que estos versos representan tan sólo una simple y placentera canción infantil que ha acompañado a varias generaciones de argentinos.

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—Marcelo, 

a vos también el arte te va a permitir mantener intacta tu cordura y lucidez.

Estoy tan alegre. 

El cuento de Manuelita es un deleite, despierta la sonrisa y la risa, es disparatado y muy original, el análisis del subconsciente de María Elena Walsh… es desopilante.

Gracias por el placer de compartir este cuento tan diferente al que yo me había armado, como una historia de amor no correspondido, y que la belleza pasa por otro lado; la gran pregunta es ¿por qué lado?

Aprendí mucho acerca de la malaquita, trataré de encontrar ese maravilloso material como talismán para la protección contra el dolor y el sufrimiento.

Lo compartiré con mis seres queridos; lo mejor es protegerlos del dolor.

Pobre Manuelita... a pesar de la malaquita, su vida fue un infierno: un prestamista que la asediaba, un amor no correspondido, el planchado, en el camino se perdió y en tu historia en la cárcel injustamente terminó.

 

Me llevo de esta historia algunos lemas: 

—Mujeres no están condenadas a sufrir, elijan bien.

—Para sentirse bellas hay que hacer más generosa la propia mirada y mirarnos en los ojos de quienes nos aman.

—Hay momentos que son injustos, inmerecidos, es imprescindible seguir luchando, amando, cuidando.

—El  humor  es   un  talento  muy  serio.

Besos,

Mónica

 

 

 

—Mónica,

yo voy a aprovechar estas líneas para agradecerle a María Elena Walsh todo ese bagaje de historias, canciones y personajes que se transformaron en un puente entre mi infancia y mi adultez… partiendo desde  mi mamá que ya no está, mi hija adolescente y quienes algún día serán mis nietos.

¡Aguante Manuelita y el mundo del revés!

Besos,

Marcelo

 

 

 

Maradó, Maradó...

 

Cierro los ojos y recuerdo...

Abro los ojos y logro ver aquellos instantes... inolvidables...

 

Frente a mí, se presentó mi hija diciéndome:

—Viejo... ¿Te acordás de aquellos cuentos infantiles que escribió la abuela Nelly y que vos ilustraste?...  ¿Qué te parece si el domingo vamos a repartirlos al Hospital de Niños y al hogar de chicos San José Obrero?

— ¿El domingo?... ¿y por qué el domingo?— pregunté con mi habitual despiste.

— El domingo es el día del niño, pá...— respondió, harta de indicarme en que día vivimos.

Ése fue el punto de partida de nuestra misión secreta.

 

Madrugada del domingo.

— Vamos, jovatón... despertate que llegó el momento.

—¿Qué pasa, Paula ?... Hoy es domingo, no se trabaja...

— Exactamente eso es lo que pasa... hoy es domingo... pero hoy sí que se trabaja.

Dentro de mi cabeza, una neurona, la más avispada por no decir la única, me recordó que no se trataba de cualquier fecha, sino de un fin de semana muy especial.

—Andá preparannnndo el desayuuuuno que me pego unnnna ducha y salimmmooos— dije, tratando de disimular aquel interminable bostezo mientras ocultaba el desperezo bajo las sábanas.

Cargamos "Los cuentos de la Abuela" en dos bolsas enormes y partimos en el viejo pero fiel Renault 11.

—Chau mami— gritó Paula desde la puerta de calle, avisando que íbamos a volver tarde porque nos esperaba una misión secreta.

 

 

Ver las caritas de aquellos carasucias de Mónica Carranza cuando tomaban los cuentos era una bendición jamás imaginada. Esto ocurría en el Parque del Centenario, que fue nuestro primer destino.

Luego recibimos los mimos de aquellos ojitos negros brillantes que, desde sus camas en el Hospital Gutiérrez, nos alentaban.

 

Camino a nuestro último destino, con varios cuentos menos, pero repletos de guiños, caricias y sonrisas, llegamos a aquella manzana del portón gris.

—¿Será aquí?...—me pregunté en voz alta, sin darme cuenta de que mi hija estaba a mi lado para decirme con tono de “no tenés remedio”:— No ves aquel cartel que dice: " Hogar San José Obrero, Obra del Padre Grassi"... etc. etc. etc.

—Bueno, entonces bajemos del auto... ¿qué estamos esperando?

Antes de que tocáramos el timbre, una señora muy bien puesta nos abrió cordialmente el sitio, como si hubiera estado esperando nuestra visita.

Nos presentamos, y antes de que le anunciáramos para qué estábamos allí, sin dejarnos hablar, nos dijo: —Apúrense que ya va a comenzar... después tenemos tiempo para ver lo que trajeron en esas bolsas.

Sorprendidos, cruzamos un patio enorme casi vacío.

—Vamos, vamos, que son los últimos en llegar— nos dijo la mujer, mientras nos tomaba por los brazos para apurar nuestro desconcertado paso.

Llegamos justo cuando uno de los colaboradores del lugar estaba a punto de cerrar la puerta.

Entramos entonces a una habitación de medidas reducidas, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de gente que había adentro.

Desde el sector donde se encontraba la angosta puerta sin ventanas, partían las sillas de plástico de diferentes tipos y estilos que cumplían la función de "Platea".

Si digo que las localidades estaban agotadas, mentiría, porque el amontonamiento indicaba que se había juntado el público de tres o cuatro funciones en aquel dichoso domingo.

Por supuesto que se trataba del festejo del Día del Niño, organizado por los mismos jóvenes que allí vivían.

El público era ni más ni menos que algunos de sus familiares, amigos, colaboradores y varios caídos del catre como nosotros, que ni nos imaginábamos aquel recibimiento.

La función estaba por comenzar.

—Silencio... siiileeencioooo...— repetía el robusto hombre del megáfono, tratando de imponerse con escasos resultados.

—Si no se callan no podremos arrancar con el espectáculo... si no se sientan como corresponde y no se bajan de las sillas va a ser imposible comenzar... y aquéllos que se están peleando en el piso en la segunda que ya va..., ya va..., ya vaaaaaa...

Continuó saliendo la interminable voz metálica por aquel aparato, hasta que el silencio y la calma ingresaron en el recinto.

El improvisado telón, que prolijamente había sido armado con retazos de telas bien variadas, ocultaba el escenario que se extendía hacia adelante.

Hacia los laterales podían observarse diferentes detalles decorativos:

Porras de cotillón como las que se usan en los cumpleaños estaban insertadas en los orificios producidos por el desprendimiento del revoque que lucía impecablemente varias manos de pintura denotando el paso del tiempo. Nadie podía negar la originalidad de lo referido, que acompañado de los clásicos graffitis, generaba cierto clima típico de un "Bronx Boliviano liviano".

En el mismo instante en que se apagaba la luz y se corría el telón, un jovencito, que se encontraba a mi derecha, se levantó de su silla y, tironeándome del pulóver, me indicó que podía sentarme. Acepté. Luego, él hizo lo propio sobre mis rodillas.

Desde ese lugar de privilegio, me di vuelta para observar que mi hija ya tenía también a un pequeño sobre su falda.

 

El foco principal iluminó el centro del escenario, que se había despertado por los gritos y los aplausos. Desde la mínima puerta de chapa ubicada en el fondo, asomó por fin el presentador subiéndose el cierre del pantalón.

Quien manejaba las luces... o, mejor dicho, quien dirigía la linterna principal apuntó momentáneamente hacia otro lado tratando de salvar el difícil momento.

—Señoras y señores, hoy festejamos nuestro día. Para ello, hemos invitado a importantes figuras del espectáculo... esperamos que disfruten del show... y desde ya muchas, pero muchísimas gracias. —Agrandado como el saco que le habían prestado, el conductor quiso agregar algunas palabras improvisadas al texto estudiado de memoria, diciendo:—  y al que no le gusta, que se vaya al carajo y listo... Arranqueeemmooosssss.

Luego giró sobre sus talones y desapareció por la misma abertura por la que había hecho su ingreso.

 

Al  musicalizador le dio bastante trabajo que el viejo grabador funcionara.

Entre los silbidos de sus compañeros ubicados en la platea, logró escucharse un: —Paren che que ya va... esto es arte...

A lo que a coro le respondieron:

—Entonces andá a cagarte...

Pero las risas y burlas desaparecieron con la llegada del sonido.

La inconfundible música de "El Potro Rodrigo" que salía de aquel destartalado aparato musical sonaba como un rallador. Pero a quién le importaba eso si se trataba de “El Potro”.

Tarde pero seguro, apareció en escena un joven con el torso desnudo, un brillante pantalón corto y unos guantes de lana, imperfectos recordatorios de los míticos guantes de box con que el cantante hacía sus apariciones en escena. Una bata rosa de la directora del lugar redondeaba el disfraz.

Se movía igualito, y hacía la fonomímica con seguridad e hidalguía, aunque como si estuviera escuchando otro tema.

Claro, Benito era sordo, y emulaba a la perfección lo que había aprendido viendo la televisión.

Pero a quién le importaba eso, si el ritmo del Potro estaba allí moviendo a todo el "improvisadísimo teatro".

El juego de luces ocupaba en el costado del escenario un capítulo especial: otro de los jóvenes superponía diferentes papeles de colores y acetatos brillantes delante del velador sin pantalla que habían sacado, quién sabe de dónde, provocando los efectos especiales. No era como el rayo láser, mas la intención estaba y valía.

Pero a quién le importaba si aquello era más o menos profesional, si el que sonaba en aquel grabador era nada menos que el Potro...

Y la fiesta seguía. Mientras los temas de Rodrigo saltaban de uno a otro, los imitadores desfilaban mostrando sus innatas condiciones bailanteras.

Es cierto que cada tanto el aparato de música se revelaba dejando de sonar por algunos instantes...

Pero eso seguía sin tener importancia, si la platea... si la tribuna ya coreaba aquellas letras sin la necesidad del agonizante y casi finado grabador.

El clima era intenso, y la alegría desparramada dentro y fuera del escenario llegó al punto máximo cuando apareció aquel... el más enrulado... el más parecido  de todos al Diegote, y el coro se transformó en una sola voz dejando oír en lo alto:  “la mano de Dios, Maradó, Maradó”...

Parecía la Bombonera festejando aquel último golazo ante River ... o aquel campeonato del mundo donde todos levantamos la copa sin mirar el color de nuestras manos...

El Diez y el Potro se abrazaban ante decenas de ojos brillantes, y nosotros jugábamos a creer que era cierto... y quién sino un necio negaría aquella realidad digna de grandes soñadores.

 

Cuando la lujuriosa fiesta de los sentimientos hubo culminado, dejamos los libros de cuentos debajo de nuestras sillas de plástic... perdón... de nuestras privilegiadas butacas y nos marchamos tarareando aquel “Maradó, Maradó...” con el que todos habíamos estado.

Abracé a Paula y le di un beso pensando lo ricos que habíamos sido junto a aquellos niños que tan poco parecían tener... aquellos niños que tanto nos dieron...

 

Cuando finalmente abrí los ojos, el recuerdo me encontró sentado en el fondo de casa y tarareando un sordo y desafinado: ... Maradó, Maradó...

... de la mano de Dios... Maradó, Maradó...

...de la mano de Vos...

 

                   

(En agradecimiento a los niños que aquel día hicieron realidad el sueño de ser alguien.)

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—Marcelo,

si este cuento fue una historia vivida, en principio gracias por este recuerdo tan tierno, por Paula creciendo en un hogar donde el dar y el compartir tienen una fuerza tan enriquecedora.

¿La abuela Nelly es tu  mamá, también escritora?

Recordaba una frase que leí alguna vez en la vidriera de una pequeña librería ubicada justo al lado de la escuela de mi hija, "Los hijos casi nunca nos escuchan pero siempre nos miran".

Es una verdad tan simple, tan profunda... cuando los padres de algún paciente adolescente se queja:“mi hijo no me escucha...”, les digo: “ no se preocupen, insistan, tengan paciencia, él los mira, está atento a lo que ustedes hacen, ésa es su guía, su aprendizaje real".

Volviendo a tu cuento, pensaba en el significado que puede tener para una niña de clase media sentir la experiencia de dar y disfrutar con chicos quizás más necesitados, en lugar de quedar sola disfrutando de su juguete nuevo en el tradicional día del niño.

Esa vivencia compartida con su familia, percibir la propia emoción, la riqueza de las cosas simples y el tesoro de la solidaridad como valor cotidiano.

¿Quiénes son las personas ricas?... ¿Las que tienen más plata, las que hacen lo que más les gusta, las que pueden compartir y disfrutar, las que transforman creativamente la realidad… como los chicos del cuento?

Cada uno de nosotros, sabiéndolo o no, responde a estas preguntas a través de sus actos cotidianos.

Marcelo, me quedé con un párrafo del cuento que me gustó mucho y me hizo recordar a algo que pensé cuando vi la película "La vida es bella": el papá del niño protagonista transforma la vida de un campo de concentración en un juego a los ojos de su hijo para salvar, en principio, su mente frente al horror de lo acontecido y luego, gracias al juego, la vida de su hijo.

“el Diez y el Potro se abrazaban ante decenas de ojos brillantes, y nosotros jugábamos a creer que era cierto... y quién sino un necio negaría aquella realidad digna de grandes soñadores”.

Besos,  hasta la próxima. 

Mónica

 

 

—Mónica,

este pequeño cuento  pretende devolver un poco todo lo que aquel día nos llevamos con Paula.

La historia existe, Paula existe, los Maradó y los Potros existen… y la abuela Nelly también existió.

Me emocionó mucho la comparación que hiciste con la historia de “La vida es bella”.

Como siempre te digo, te agradezco enormemente que puedas ver el cuento que existe debajo del cuento.

También te transmito que me resulta muy difícil continuar escribiendo con los ojos húmedos y el corazón apretado…

Pero si algo puedo asegurarte es que desde ese día fui uno de los hombres más ricos del mundo.

Todavía hoy, cinco años después, continuamos yendo al hogar para visitar a los chicos que nos abren las puertas del lugar, del corazón y del alma.

Mónica, te envío un beso enorme y me despido con las primeras líneas que escribí al comenzar esta historia:

“Cierro los ojos y recuerdo ...

...abro los ojos y logro ver aquellos instantes... inolvidables...”

Besos,

Marcelo

 



Me gusta la gente precavida

 

Me gusta la gente precavida.

Aquéllos que salen teniendo en cuenta los imponderables, aquéllos que llevan una curita, el rollo de papel higiénico, los escarbadientes, una bombacha limpia en la cartera, algo para el mal aliento, un chicle laxante, la clásica aspirina, y hasta el paraguas en un día de brillante sol pleno.

Uno nunca sabe… quizás, cuando hablan del noventa y nueve por ciento de humedad, ese uno por ciento restante es el que vale…

Como decía mi abuelo Mario: “Lo que vale son los imponderables”.

Pero, sin duda, hay gente un tanto exagerada… a veces.

 

Circulando con mi automóvil por la ciudad, en pleno Corrientes y Callao, delante de mí pude observar “el extremo de la previsión”.

El vehículo que me precedía llevaba en su baúl a medio abrir, o a medio cerrar, una silla de ruedas.

Claro, le dije a mi mujer que iba junto a mí, fijate ese conductor lo que lleva por las dudas.

Como no tuve respuesta, repetí asombrado y agregué pensando que no me había escuchado: fijate vos que para circular, es obligatorio llevar las balizas, el matafuego, la cuarta de remolque… pero esto de llevar una silla de ruedas por si tenés un accidente y si quedas paralítico, o cuadrapléjico, es lo máximo en prevención.

Tendría que ser obligatorio, afirmé y continué: también sería útil llevar un bastón blanco por si te quedás ciego, y una muleta por si el choque no es tan grave como para usar la silla. A partir de mañana, por lo menos voy a llevar un bastón… y el mes que viene cuando cobre el sueldo, voy a ver si podemos comprar la silla, concluí afirmando, convencido de la brillantez de mi razonamiento.

Graciela parecía ausente, como si no escuchara mis palabras. Me miraba fijamente y con los ojos enormemente abiertos, igual que su boca.

¿Te sentís bien, Luli? le dije preocupado, como temiendo ser testigo de una inesperada parálisis total, para la que no estaba preparado. Aquí percibí una nueva falta de previsión de mi parte. Si estaba en lo cierto, no contaba con aquella silla de ruedas de la que yo estaba hablando.

Ella seguía clavándome sus ojos con expresión de angustia y aparente falta de entendimiento.

Al principio el susto fue enorme, pero como para hacerla reaccionar, continué demostrando mi admiración por aquel otro conductor… recalcando la admirable prevención, ya que hasta llevaba la credencial de lisiado pegada en el vidrio trasero…

Fijate vos, por las dudas, uno nunca sabe lo que puede pasar en la calle…

Como decía mi abuelo Mario: “¡Todo el mundo está tan loco!”

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—Marcelo,

este cuento despierta en mi cierto mal humor; siento insoportable el discurso de este hombrecito.

Me hace pensar en una bella y a la vez insoportable metáfora, la de aquellos monólogos que tantas veces se  dan en los vínculos, donde creemos estar dialogando y estamos irremediablemente solos, con argumentos auto-engendrados.

Cuando nos deleitamos a veces con nuestras propias palabras, suponiendo, por fuera de la realidad, que el otro está presente, que nos interesa su presencia, que le interesamos.

Cuánto monólogo imaginado como diálogo.

El protagonista parece un hombre frágil, que se ilusiona con poder prever cualquier desgracia, mantener el control absoluto de lo inevitable, y no puede siquiera percibir qué pasa a pocos centímetros de él con su amor, su mujer, su interlocutora.

Muchas veces la vida nos sorprende, nos pone en el camino a personas o situaciones que cambian nuestro rumbo vital, para bien o para mal, como en este cuento.

Pienso en lo imprevisible que es la existencia... Cuando tenemos la ilusión de poder prever, cuidar y anticipar todo, la vida se encarga de sorprendernos, de obligarnos a un cambio, a un nuevo aprendizaje.

Marcelo, me parece increíble cómo uno se encariña, se enoja o se identifica con los personajes de los cuentos. Es maravilloso. Por unos instantes nuestras preocupaciones cotidianas cesan y entramos en otro mundo de misterio y ficción.

Besos,

Mónica

 

 

 

 

—Mónica,

comparto totalmente tu sensación de desagrado con este hombre que no logra ver más allá de sus lentes.

También quiero decirte que es increíble lo que ha crecido este cuento luego de tus líneas.

Ahora me voy a pensar un poco.

Besos,

Marcelo

 

 


 

Nico

 

La pobreza lleva, sin lugar a dudas, a los más desprotegidos a la calle.

Éste era el caso de Nicolás, “Piojo” para sus amigos, con los que compartía uno de los bancos del Monumento de los Españoles para cobijarse durante las noches.

Pero Nico - así me gustaba llamarlo a mí- era diferente del resto del grupo.

Quizás porque a su corta edad de cinco o seis años -que ni él sabía con exactitud- vendía ramitos de jazmines de un modo muy particular.

Iba de auto en auto gritando: “Rosas blancas, rosas blancas para un angelito...rosas blancas...”

La gente entonces le decía: “Pibe, son jazmines, no rosas blancas”, y se iban riendo del pequeño.

Pero al ver que al día siguiente Nico seguía gritando lo mismo, les causaba gracia y le terminaban comprando algún ramito.

Así se pasaba la vida.

Luego de algunos días o cortas semanas, ya se transformaba en un clásico.

La gente le gritaba: “Son jazmines, pibe, no rosas blancas”, pero él seguía con su cantito mientras los autos le bailaban entre las delgaditas pero ágiles piernas que lo sostenían.

Todos los días la misma gente, la misma rutina, el mismo semáforo y los mismos jazmines.

Llegó un momento en que mi casa parecía un puesto de flores.

Jamás pude tirarlas. Regalé algunas, pero el resto se lo llevaba a mi mujer, que las iba rotando y acomodando de manera diferente. Lo curioso era que nunca ninguna de las blancas y perfumadísimas flores se marchitaba.

 

Nico seguía saltando de auto en auto con total confianza, sabiendo que sus amigos lo esperaban y lo mimaban entre esas luces verdes, amarillas y rojas.

Pasaban los días mientras el semáforo reunía los mismos autos en los mismos horarios. Todos lo conocíamos y nadie podía dejar de comprarle ese ramito tan personal. Se escuchaban los comentarios de auto a auto: “Qué pibe divino”… “y qué simpático”… “y del perfume de sus jazmines ¿qué me cuentan?”... “¡y vieron que no se marchitan!”

Así eran todos los días. Nadie podía deshacerse de esos particulares ramitos que parecían esperar a su dueño.

 

El martes, Nico había vendido más flores que nunca, pero el miércoles, nadie lo vio recorrer el pavimento. Ni el jueves ni el viernes se hizo presente en su lugar de trabajo, cosa que nos tenía preocupados a todos sus clientes.

En casa, los jazmines comenzaban a ponerse amarillos.

A la semana se escuchó nuevamente el clásico: “Rosas blancas, rosas blancas para un angelito...rosas blancas...”

Lo busqué de inmediato con la mirada, pero encontré a otro niño en su lugar.

Le pregunté por el Piojo, y me contestó con un movimiento negativo de su cabeza. Bajé del auto y tomándolo por los hombros le pregunte nuevamente...

—¿El Piojo?

—Un poco la lluvia, y el semáforo que no andaba, y el extranjero ese con el autazo importado que no lo vio...y... qué se yo, quizás sea nuestro destino el de acabar de esa manera...

Siguió entonces gritando: “Rosas blancas...”

 

Regresé a casa sin poder hablar.

La tristeza me apretaba por todas partes mientras mi mujer acomodaba aquel último ramito de jazmines que quedaba en pie, como queriendo resucitar aquel corto destino llamado Nico.

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—Marcelo,

“Nico” es un cuento triste, que nos hace sentir de alguna forma responsables por la niñez abandonada.

Pensaba en aquellas personas que viven en los márgenes, en el límite de lo humano.

Nico es un personaje muy querible, se abría paso entre los autos y por la  vida, tenía la posibilidad de vender sus flores, de dar momentos de alegría en los hogares de los que más recursos poseen.

También exponía, a un mismo tiempo, su cuerpo, su fragilidad, su indefensión como metáfora de una muerte sin peso ni valor.

Me impactó la imagen de un auto grande, importado, que no lo ve y lo arrastra al final de su corta vida.

Recordaba  las veces  que recorro las calles con la indiferencia del paisaje de lo conocido, de los niños pobres que piden...

Muchas veces opinamos acerca de los padres de estos niños en situación de calle, decimos que son abandónicos, alcohólicos, manipuladores... quizás para encontrar en las razones  y opiniones alguna calma a las inexplicables y dolorosas diferencias.

Sabés, Marcelo, un día por la calle un chico un poquito más grande que Nico, de alrededor de ocho o nueve años, me dio una lección que no voy a olvidar.

Vendía  repasadores a un  precio que me pareció caro, le ofrecí monedas “porque repasadores no necesito”, le dije.

El niño me miró con un brillo en la mirada que siempre voy a recordar y me contestó: "Señora, yo vendo, no pido monedas” y ofendido se retiró...

Me quedé mirándolo alejarse con tanta dignidad que sentí vergüenza.

Sabés, ahora tengo varios repasadores comprados en la calle… sin discutir precios, claro.

Agradezco la posibilidad de compartir, gracias a tus cuentos, tanto las miserias como los vuelos.

Besos, 

Mónica

 

 

—Mónica,

¡Qué magia tienen los cuentos que nos disparan nuevas historias y nos llevan por los caminos más inesperados!

Dentro de tus pensamientos incluiste la palabra “abandónico”, y casualmente es allí donde nació mi personaje, o el personaje de mi cuento, intentando desmembrar aquella palabra tan dura… “Abandó—Nico.”

Gracias por tus historias de vida.

Besos,

Marcelo


Ojo con el ciego del fondo


“Ojo con el ciego del fondo...” repetía incansablemente mi viejo, dejando volar esa intrigante frase.

Desde aquel oscuro accidente que había tenido en la abandonada casa vecina, solo se lo escuchaba repetir aquel apretado manojo de palabras:

“Ojo con el ciego del fondo”...

Resonaba una y otra vez en mis oídos, como si se tratara de una intermitente luz roja que llamaba mi atención.

Arcadio López Urquijo era el nombre del no vidente que habitaba las oxidadas chapas que daban forma a aquella desvencijada casilla. Su negra soledad, que hasta hacía dos meses era compartida por su compañera,  se había transformado en un oscuro y unitario letargo.

Matilde había fallecido por motivos desconocidos, que la justicia nunca investigó, pero eso a nadie le importó. Tampoco le importó a nadie el accidente que postrara de por vida a mi padre.

Solía verse al encorvado vecino de “lentes de humo” recorrer el largo y barroso terreno que habitaba. El alambrado que lo circundaba era el límite de su mundo... de su inmundo mundo.

Yo pasaba horas sentado junto a la cama de mi irreconocible viejo preguntándole una y otra vez qué era lo que había sucedido aquella noche en que Arcadio lo había llamado. Él solo atinaba a responder “Ojo con el ciego del fondo”... como si se tratara de un defensivo acto reflejo.

Decidido a hacer justicia por mano propia, y atendiendo a la monotemática frase que sin duda era la única clave del accidente, esperé que la noche disimulara mi silueta y que la lluvia silenciara mis movimientos. Entonces, salté el alambrado que me separaba de la venganza.

Arcadio acababa de incorporarse de su silla de paja ubicada en el improvisado porche de chapa. Paso a paso, se dirigió hacia el fondo del terreno como buscando algo. Seguí sus pisadas, que se fundían con las mías, y aquel trueno fue perfecto para ocultar los gritos de quien intentara asesinar a mi padre.

La luz de un relámpago brilló como único testigo de aquel especial momento, reflejándose en los negros lentes que volaron por el aire.

Era aquel el instante en que el “ciego del fondo” quedaba sepultado en su perimetrado mundo de oscura tierra.

Conforme con mi justo cometido, me dirigí esa misma noche hacia la habitación que acunaba a mi padre. Sus ojos tenían una expresión diferente. Como si hubiera vuelto a ser el de antes. Me sentí gratificado.

Al inclinarme hacia él para anunciarle la buena nueva, inmediatamente pronunció las únicas palabras que lograba emitir:“Ojo con el ciego del fondo”, pero en esta oportunidad continuó la frase diciendo: “Ojo con el ciego del fondo... ese pozo ciego que está en el fondo es muy peligroso... habría que taparlo antes de que alguien tuviera un accidente igual que el mío ”... Y luego, mirándose a sí mismo, inquirió en voz baja: “¿Qué hago en esta cama? ¿Qué me ha sucedido?”

Inmediatamente levantó la vista para preguntarme: “¿Y vos, hijo? ¿Qué hacés así... todo embarrado?”

“¡El ciego!” contesté casi sin aliento. “El ciego del fondo”...

Y me desvanecí.

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—Marcelo,

este cuento me conecta con lo siniestro, lo oscuro, la soledad, el vacío.

En particular, la relación padres e hijos, la

incomunicación, la necesidad humana de otorgar sentido a lo percibido.

 

El relato nos lleva a una situación de aislamiento afectivo: no hay personas significativas con quienes interactuar, intercambiar ideas, evaluar situaciones compartir dolores ni alegrías.

Este encierro a veces condena a la persona que lo transita al padecimiento mental de otorgar un sentido persecutorio a aquello de la realidad que le resulta incomprensible… como en este cuento.

Pensé en la fuerza que tienen en el hijo las palabras de su progenitor, la necesidad de tomar venganza por mano propia frente a la miserable vida que su padre padece, de hacer justicia fuera de la ley, con la condena a la marginalidad y a la autodestrucción que esta situación conlleva…

 

Contarte lo que siento frente a este cuento tiene el efecto de vehiculizar el malestar, la vivencia de lo intolerable que produjo en mí su lectura.

Espero el próximo cuento con contenidos  más amorosos para aflojar la contractura del alma.

Besos, 

Mónica

 

 

 

—Mónica,

este cuento, con lo inesperado del desenlace y su negrura absoluta, pretende justamente que quien lo lea atraviese el umbral de lo permitido por la sociedad.

Sentir lo que no se debe y reconocer que los hechos aberrantes pueden partir de una situación confusa.

Bien hablaste vos acerca de la incomunicación dentro de la historia.

Me gustaría leer más sobre el encierro que sentiste dentro de este cuento.

Espero tu respuesta.

Te mando un beso,

Marcelo

 

 

—Marcelo,

la negrura tiene que ver con la descripción del lugar… la casa  oscura del fondo. Imaginaba el lugar donde habitan  los protagonistas:  sucio, abandonado, con un padre deteriorado y balbuceante, un hijo  atormentado por un progenitor con quien intuyo por el desenlace del cuento no hubo  un vínculo con predominio amoroso.

Pienso en la negrura de la mirada, el cristal con el que miramos y damos sentido a las cosas.

Cuando estamos tristes, desolados, nos sentimos abandonados, tendemos a ver la vida oscura, sin esperanzas.

Me preguntás acerca del encierro… ¿qué salida tiene este hijo atrapado en un vínculo de sometimiento y muerte con relación a su papá?

Ahora voy  a salir a pasear bajo el sol, antes de compartir el próximo cuento.

Besos,

Mónica

 

 


Seducción a cuatro manos

 

La dama de rosa se lucía ante mis ojos.

Movía las manos tan grácilmente que no podía dejar de mirarlas.

Sin duda era una diva… era hermosa…

Nos encontrábamos solos, como cada noche, el uno al lado del otro.

Sabíamos de nuestra proximidad, pero ella tenía su mirada perdida.

Jugaba con el agua, como si un mar cargado de espuma se meneara delante de ella.

Yo tan sólo continuaba a su lado y observaba.

Esperaba mi momento.

La dama de rosa echó la cabeza hacia atrás y dibujó un círculo relajando el cuello.

Los pesados cabellos me rozaron casi sin quererlo, como cada noche.

Sus manos estaban cubiertas por unos guantes que llegaban casi hasta los codos.

Seductora.

Como si nada ocurriese a nuestro alrededor, tomó una de las prendas que protegían sus delicados dedos y jalando de las puntas sacó una a la vez… dejando su piel desnuda.

Mi corazón latía y aguardaba.

Mi turno se aproximaba.

Estaba casi seguro de que en el mismo momento en que ella dejara los guantes a un lado, me miraría a los ojos… y me diría al oído: “Ahora te toca a vos, mi amor”, para luego suspirar.

Mi entusiasmo creció.

Sin dudarlo, tomé el repasador que colgaba de la tapa del horno, mientras observaba cómo habían quedado prolijamente acomodados los guantes de goma que mi señora había apoyado sobre la mesada de la cocina.

De inmediato, tomé los platos que ella había acabado de lavar.

Era mi turno… era mi oportunidad de secar la vajilla y acomodarla en la alacena como lo hacía cada noche.

Después de todo, son gustos… y sobre gustos…

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Marcelo,

 este cuento tiene el estilo de “Giselle”: uno va entrando lentamente por el camino de la fantasía erótica de un hombre y de pronto se atraviesa lo cotidiano y mueve al humor por lo inesperado.

Pensaba  en el acto de  lavar los platos como un hecho casi mecánico, a veces sobre el final del día, con ese dejo de cansancio alejado de todo atisbo erótico.

La vivencia de un cuerpo debilitado que apenas se sostiene luego de un largo día cubierto de exigencias y demandas.

Maravilloso don el del poeta, capaz de encontrar erotismo en el simple encuentro de una pareja para lavar los platos.

Pensaba, en contraposición, en la pobreza de las personas concretas que aun frente a múltiples estímulos visuales, eróticos, vitales, se encuentran incapaces de encontrar poesía.

Ahora me despido, Marcelo. Me esperan algunos platos en la pileta...

Besos, 

Mónica

 


 

No quiero que la muerte me tome desprevenido


Mi nombre es Pablo, y con noventa y cuatro años a cuestas, sé que es poco el tiempo que me queda por delante.

Pero esto es algo sabido y no me preocupa.

La Muerte es parte de la vida, y como podría haberlo dicho el tango, “allá en el fondo nos va a esperar”.

Porque es justamente allí, en el fondo, donde todos somos buenos, donde nos despojamos de nuestras miserias, y nos maquillamos con lo mejor, para salir lindos en la foto final.

Lo único que no me gustaría es que ese día en que la mujer de negro decida venir en mi búsqueda, me encuentre desprevenido.

Esto significa: que no me haya entrenado lo suficiente para tal fin.

Así como las embarazadas realizan ejercicios para tener un parto placentero, yo ideé un entrenamiento para irme al otro mundo en la mejor forma.

Lo llamé “Pilates ByeBye” y lo enseño gratis, no como en la televisión, que tienen ese “llame ya” que sale carísimo.

Es una rutina que realizo a diario,  salvo el domingo que es el día de descanso.

Mi actividad comienza por las mañanas vistiéndome de gala con mis mejores ropas.

(No hago como la mayoría de los viejitos que guardan las camisetas nuevas en el cajón y se ponen la de todos los días.)

Lo mismo hago con las medias, las camisas, los calzoncillos, y con el resto de mi ropa.

En una época me vestía hasta con corbata o moño, según la práctica a realizar.

Ahora comprendí que no hace falta tanta elegancia. Aquello era también cosa de viejos.

Una vez que el espejo de la habitación me devuelve mi adecuada imagen, me dirijo a la cocina y desayuno como todas las personas.

Recién entonces doy inicio a mi rutina especial.

Como primer paso, me siento en algún sillón preferido y aguanto la respiración todo el tiempo que puedo. Los días en que desayuno en exceso, los segundos son mínimos, pero cuando me acuerdo de comer poco a la mañana, suelo retener el aire como dos minutos y diez segundos.

Esto es fundamental, ya que cuando uno se muere deja de respirar.

A continuación, con los párpados cerrados miro hacia arriba lo más posible, ya que dicen que cuando crepás los ojos se te van para atrás, y no sea cosa que se te vaya un ojo sí y el otro no. Sería una desprolijidad inaceptable después de tanto practicar.

El tercer paso, y el más importante, es mantener una sonrisa de paz, ya que eso será el motivo de los principales comentarios en el velatorio: “mirá qué cara de tranquilidad que tiene”… “se ve que no sufrió nada”…

Ésta y otras frases boludas son las clásicas que los invitados expresarán.

Ciertas veces ejercito una mueca algo canchera, subiendo más un lado de la boca.

Esto queda muy bien, pero seguramente va a ser bastante difícil poder hacerlo en el momento de la muerte.

Son muchas las cosas de las que uno tiene que ocuparse en ese instante, y el tiempo para ello es demasiado breve.

El próximo paso de mi rutina es el de mantenerme totalmente tieso.

Luego de largos entrenamientos, he descubierto que el invierno es más apropiado que el verano porque el fresquito te relaja y se parece más a la realidad.

Además de eso, el frío provoca congelamientos parciales de algunas partes del cuerpo que parecen dormirse, y ello también se asemeja bastante a lo que uno espera.

Contrariamente, en el verano, cuando el calor aprieta, la transpiración hace que las gotas de sudor corran por la frente. Esto produce un cosquilleo que distrae y provoca cierta risita inaceptable en un momento célebre como ése.

La risa es algo que está solamente reservado para los invitados al velatorio, ya que dicen que sirve para alivianar tensiones.

Volvamos a mis prácticas.

Luego me acuesto dentro de unas cajas de cartón, que se pueden conseguir fácilmente en el supermercado del barrio, y las uno pacientemente con cinta de embalar.

Debemos tratar de que se asemejen lo más posible, en forma y tamaño, a un ataúd.

Esto tiene tres utilidades. Primero, uno le pierde miedo a estar entre esas cuatro paredes tan cercanas. Segundo, es mucho más real que acostarse en cualquier otro lado.

La tercera ventaja es que uno tiene más noción en el momento de ubicar las manos, ya que el continente nos marca las referencias.

También es muy importante mantenerse quieto el mayor tiempo que se pueda, ya que la realidad es que eso va a durar una eternidad.

La ubicación de las manos debe ser apropiada para que nos puedan enganchar un rosario o un ramito de flores, que tan lindo queda.

Una vez que uno ha dominado estas técnicas por separado, ya es momento de empezar a combinarlas.

Por ejemplo, ubiquemos los dedos entrelazados en posición y contengamos la respiración. También podemos acostarnos y tirar los ojos bien para atrás con los párpados cerrados, o esgrimir aquella sonrisa canchera de paz mientras nos quedamos bien tiesos.

Uno va aprendiendo todos estos pasos y va llegado a la perfección de los ejercicios.

De hecho, cuando se adquiere el control total de la situación y la concentración adecuada, es el momento indicado para morirnos.

A mí, todavía me falta perfeccionar un poco esa sonrisa tan preciada. Estoy tratando de lograr algo parecido a la que hizo Humphrey Bogart en la película Casablanca.

También me falta un poco de práctica en el momento de aguantar el aire. Todavía no pude llegar a los tres minutos, y esto me preocupa, ya que es uno de los requisitos indispensables para tener una muerte ejemplar.

Cada día de la semana, de lunes a sábado, realizo mis prácticas con gran alegría y pongo lo mejor de mí en ellas, pero el domingo es el día que me reservé para el reposo.

El domingo me quedo todo el día en la cama durmiendo. Es fantástico porque me relajo de tal forma que ni veo ni siento nada de lo que pasa a mi alrededor. No me doy cuenta ni siquiera de si estoy o no respirando.

Ese día sí que lo aprovecho para descansar. Parezco muerto.

 

 

 

 

—Marcelo, 

aquí estoy, continuando con este ritual que es para mí esperar tus cuentos, leerlos, contarte qué me despertaron y esperar con entusiasmo tu respuesta con la expectativa de lo nuevo, lo desconocido.

Paso a referirme al cuento:“No quiero que la muerte me tome desprevenido".

De todas las prácticas de este anciano, las únicas que me  gustaron  fueron  el  buen  vestir  y  el  buen  desayunar;  el  resto  sentí  que  era  expresión de su soledad  y de su temor a la muerte. La pregunta que se habrá hecho este anciano  sería algo así: “¿Cómo  hago para enfrentar el dolor y el temor frente la muerte?”

Imagino su respuesta: “practicándola, riéndome de ella, dominándola para  perder el miedo, para reírme de los que quedaran vivos”.

Me  produjo  incomodidad eso  de  ensayar  la  muerte.

En  tus  cuentos,  “los  que  son  prevenidos  están  como  muertos  en  vida”,   como  aquel  conductor  de auto  muy  precavido, que  se  quedó  con  la  mujer  tiesa  al  lado.

El domingo, el día de descanso… el dormir para no sentir, para no percibir el dolor del propio acontecer, quizás sea una práctica bastante común entre mayores y entre jóvenes,  que sirve para la desconexión, para evitar las penas.

Es como  recurrir al sueño  para hacerle una zancadilla al padecimiento cotidiano.

Este cuento es de humor negro, hace referencia a la muerte sin provocar angustia, se trata de un juego  desopilante, pero juego al fin.

Besos, espero tu respuesta.

Mónica

 

 

 

—Mónica,

vos sabés que yo veo a este viejo como jugando y canchereándole a la muerte. Siente que con tantos años vividos ya la ha vencido y lo que le queda es tan sólo un trámite burocrático.

Me impresionó mucho esa frase que dice: “los que son prevenidos están como muertos en vida”. Seguramente te referís a no disfrutar el presente por enfrentar con tanta cautela lo que viene.

Y lo que viene ahora es mandarte otros cuentos que seguramente estás esperando.

Disculpame la demora pero me colgué leyendo tus apreciaciones.

Besos,

Marcelo

 

 

 


Sensación térmica


¡Pensar que yo solito invité al abuelo a tomar un helado!

 

Aquella tarde era verdaderamente calurosa... el récord del milenio, decían los noticieros.

Para colmo, la presión estaba baja y con la humedad ambiente casi goteando, la sensación térmica debía ser de cincuenta grados a la sombra.

El abuelo, sentado en su sillón hamaca de mimbre, se meneaba plácidamente.

Lucía su gorra gris sobre la ya antiquísima pelada que arrastraba desde su nacimiento.

Yo trataba de juntar aire de cualquier parte, pero era como querer atrapar mariposas en la Siberia.

Me abanicaba con la revista que traía el diario del domingo, pero el caliente aire que movía me exasperaba más y más.

Fue entonces cuando le propuse al abuelo ir a tomar un helado a “Frío Frío”, que tiene aire acondicionado y unos silloncitos acolchados muy cómodos.

Partimos con el fin previsto.

Pero al llegar a la esquina, nos encontramos con que todo el barrio había tenido la misma idea.

¿Cómo decirle al abuelo que nos volviéramos sin tomar su helado de vainilla y chocolate?

Eso era imposible de pensar, por lo que saqué un número para que me atendieran.

Teníamos el ciento ochenta, e iban recién por el ciento veintidós.

Todo esto parecía tomar un rumbo “kafkiano”.

Por suerte, el abuelo encontró ubicación en un banco que estaba en la vereda... si bien pegaba todo el sol, a esta altura ya daba lo mismo.

Él, con su gorra, se había sentado tranquilamente, esperando su delicioso y refrescante helado.

Cada tanto, miraba el viejo reloj de oro que había traído de Italia cuando la inmigración selló su nueva ruta.

Le costaba ver la hora, porque la enfermedad de Párkinson provocaba en sus manos un permanente movimiento de agitación.

En el barrio le habían puesto: “Nono Castañuela”. Él se reía, porque sabía que se lo decían cariñosamente.

Pasaron dos horas y por fin me llegó el turno de estar frente al mostrador.

—¿Cómo que se acabó el chocolate?... ¿y ahora qué le digo al abuelo?

—Te pongo pistacho que más o menos es lo mismo, y aparte es lo único que me queda.— me respondió el empleado.

No valía la pena iniciar ninguna discusión, porque lo cierto era que el abuelo poco tomaba de helado servido.

—Tome, nonito— le dije mientras le acercaba el cucurucho junto a unas servilletas de papel.

Fue allí que comenzó una nueva historia, calentando más todavía el clima exterior.

El abuelo, con su enfermedad, no hacía otra cosa que sacudir el pistacho para todos lados, de modo que ya le quedaba la mitad del cucurucho y ni siquiera le había dado una chupadita.

 

Cincuenta grados a la sombra, la humedad, el helado que el nono repartía a sus vecinos más próximos, y las quejas que yo recibía, estaban terminando con mis quebradísimos nervios.

Miré hacia todos lados, tratando de buscar algún tipo de salida, pero la muchedumbre parecía crecer sin parar.

Marabunta era una muestra gratis de lo que aquí estaba ocurriendo con la gente.

El abuelo seguía revoleando su helado, como si se tratara de quien lleva el ritmo del trío Los Panchos agitando las maracas.

 

En síntesis: el golpe de calor que me llevó al Hospital Pirovano fue lo que me salvó la vida, dejándome inconsciente por dos serenos días que he olvidado por completo.

El clima comenzó a refrescar.

Mi abuelo jamás se enteró de lo ocurrido conmigo, por lo que siguió esperando mi regreso, pensando que yo estaba en el baño de la heladería.

La brisa que comenzó a soplar trajo aparejada una lluvia que el nono se bancó estoicamente.

Quizás el granizo que luego golpeó su cabeza podría haber sido un tanto más preocupante, pero su gorra gris amortiguó el impacto de las pequeñas bolas de hielo.

Cuando salí del hospital, regresé a casa, y al ver que el abuelo no había regresado, pensé lo peor.

Salí corriendo hasta el banco donde lo había dejado sentado, y allí estaba... como si nada hubiera ocurrido.

—¿Cómo estás?— le pregunté con temor de que ya no estuviera.

—Bien, muy bien— me respondió serenamente y continuó:— ¿Qué te parece si nos tomamos otro heladito...?, pero que esta vez sea de vainilla y chocolate.

Con lágrimas en los ojos, lo abracé y le di el gusto.

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—Marcelo,

en "Sensación térmica", el tema es nuevamente la vejez, la increíble capacidad de espera, la infinita paciencia, la desconexión que provoca ternura en este abuelo…

La fragilidad de los ancianos que entristece y mueve a la propia capacidad de protección. 

También pensaba en los excesos que enferman, en este caso representados por los consumidores de helados, el calor agobiante y excesivo...

Me encariñé con este nieto pendiente de cuidar y mimar a su abuelo, el caer rendido y volver para buscarlo, y este abuelo agradecido, pues a pesar de su desconectada vejez, es un sabio en amores.

El viejo sólo espera confiado el tiempo del reencuentro afectivo, que le permita el placer de las palabras, de los gestos, de los gustos.

Creo que esto es lo que le permite al abuelo del cuento tolerar mejor las limitaciones corporales y mentales que toda vejez conlleva y poder conectarse con los placeres simples de la vida.

Sabés, Marcelo, siento que muchos de tus cuentos son un homenaje a los ancianos,  a los marginados, a los diferentes, a los más débiles, brindándoles a través de tus palabras un lugar de privilegio.

Viene a mi mente una película de Pino Solanas  cuyo título resume lo que quiero expresar respecto a tus cuentos. Se llama "La Dignidad de los nadie"

Un fuerte abrazo, 

Mónica

 

 

 

 

—Mónica,

voy a tomar esto último que dijiste y lo voy a escribir en primera persona: “Muchos de mis cuentos son un homenaje a los ancianos, a los marginados, a los diferentes, a los más débiles, brindándoles a través de mis palabras un lugar de privilegio” y voy a agregar: “y de especial cuidado”.

Gracias por interpretar tan claramente la esencia de mis cuentos y por compartirla de una manera tan personal.

Besos,

Marcelo

 

 

 

 

 

Un instante

 

El sol acariciaba las cortinas de voile de la habitación dando calidez a la fría tarde otoñal.

Paula dormía en la cama grande cuando me acerqué para taparla mimosamente con el cubrecamas hasta el cuello. Siempre me encantó cumplir con mi función de papá… después de todo, era mi única hija.

Este clima me transportó a mis ocho o nueve años, cuando dormía la siesta con mi viejita en esas tardes tan especiales que la infancia nos regalaba.

El mismo perfume, el mismo fresco y la misma suavidad del acolchado entre los pliegues del cuello.

Recuerdo entonces el prolongado silbato del heladero, que con su bicicleta recorría el empedrado de la calle Paraguay.

Mamá me daba entonces algunas moneditas y yo corría hacia el balcón para comprar aquellos dos bombones helados de crema con cobertura de chocolate.

“¡Heladero!”, gritaba con todas mis fuerzas. “Dos bombones... ¡¡¡acá arriba!!!”

Yo preparaba la canastita de mimbre, presta para esa ocasión, añadiéndole un largo piolín a su manija.

Desde el tercero y último piso del edificio, deslizaba el cordel con el dinero apretado por un broche.

El heladero lo tomaba y depositaba en el interior del cesto los dos riquísimos helados.

¡Qué momento de lujuria…qué fiesta para los “sentidos”!

El mismo aroma, el mismo clima y la misma suavidad del acolchado acariciaban los pliegues de mi cuello.

Por un instante me vi reflejado en mi hija y disfruté nuevamente de esos riquísimos bombones, aunque el prolongado silbato del heladero hace ya tiempo que se marchó para siempre.

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—Marcelo,

este cuento es, como vos decís, “una fiesta para los sentidos”.

Aquí aparece la ternura que despiertan los hijos, quienes reactivan, con su sola presencia, vivencias de la propia infancia. Para cuidar y amar, debemos guardar en el arcón de los recuerdos tiempos de haber sido amados, cuidados, rodeados de diversas caricias para el alma.

Recuerdo a mi abuelo, el amoroso encargado de llevarme los sábados a la plaza… en particular, a las hamacas, mientras mi mamá y mi abuela, una viejecita de edad incierta, hablaban de cosas, para mí, entre incomprensibles y aburridas.

Mi abuelo me ofrecía la aventura de hamacarme bien alto, bien alto, justo hasta poder tocar el cielo con la punta de mis pies, y antes de volver a casa me daba una tira larga de caramelos de distintos y luminosos colores. Invariablemente  me decía: “No le cuentes a tu mamá. Son muchos. Guardalos”.

 Así compartíamos el secreto  de esta aventura hasta el sábado siguiente, cuando yo diría con mi mayor entusiasmo, mientras apretaba su fuerte y protectora mano, “Vamos a la plaza, abuelo”.

Pienso en la abuela de tu cuento (tu viejita), que logra transformar el tiempo de la siesta en un espacio existencial inolvidable.

Sabés, Marcelo, muchas veces cuando los adultos recordamos momentos bellos de la infancia, de amor, de juego y ternura, los abuelos adquieren en general una relevancia enorme.

Me despido recordando el placer de mi hija por las hamacas. ¡Qué increíble!...  

Besos,

Mónica

 

 

 

— Mónica,

cuando veo lo que cada cuento mueve en vos, y especialmente éste, entiendo muchísimo más el valor de una pequeña historia capaz de remontarnos a otros tiempos y lugares a los que jamás pensábamos que regresaríamos.

También me sorprende tu capacidad de ingresar al cuento desde el interior del mismo… situándote en el alma misma de la historia.

Besos,

Marcelo

 

 


Sentado frente a su hijo, el hombre habló:

 

—Hijo mío, la vida es una sola y debemos aprovecharla.

Yo no llegué a donde hoy estoy porque sí.

Trabajé duro para ello y sabía que en algún momento ocuparía este lugar.

Estudié años enteros, di mis primeros pasos, realicé mis primeras experiencias y aquí estoy.

Nada es gratis en la vida, todo debes ganártelo con el esfuerzo y el sacrificio diario.

Y como verás, aquí me ves donde siempre debí haber estado.

 

Una puerta se abrió para luego cerrarse. Alguien había ingresado al recinto.

—¿Qué sucede?— preguntó el padre girando su cabeza.

—Ya es la hora, papá… La visita ha terminado— se adelantó a responder el hijo antes de que lo hiciera el guardia de la penitenciaría.

—Hasta mañana, papá.

—Hasta mañana, hijo.

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—Marcelo,

en este cuento aparece nuevamente el impacto de lo inesperado, lo nuevo en la cadena de pensamientos posibles. Es como que de pronto nuestra mente debe girar, dejar de transitar el apacible camino de las palabras conocidas.

En mí se abre un abanico de preguntas...

¿Será que siempre el discurso de los padres frente a los hijos se parece tanto, sin importar dónde estemos ubicados?

¿El deseo de enseñar, de transmitir experiencia, será una fuerza incoercible aun como en este caso,  en que lo transmitido es vergonzante?

¿Cómo será el peso de la palabra de un papá en situación marginal respecto a la ley?

Marcelo, las respuestas serán conjeturas más o menos posibles, pero me falta saber qué pasó con ese hijo a través de los años...

¿Un misterio?...

Besos,

 Mónica

 

 

—Mónica,

cuántas preguntas y qué interesante sería poder responderlas.

Seguramente al hijo le debe haber ido bastante mejor que al padre… si utilizó su ejemplo para no seguirlo. Porque de eso se trata: los padres nos pueden enseñar también con malos ejemplos. Dependerá de nosotros cómo tomarlos.

El hijo de esta historia no se comunicó nunca más conmigo, pero podríamos llegar a saber de él si lo buscamos en alguno de los otros cuentos.

Besos,

Marcelo

 



Ya mando un remís para buscarte

 

Sonó el teléfono y el hombre atendió el llamado con un simple: —Hola.

— ¿Quién habla? ¿Marcelo?— se escuchó del otro lado de la línea.

—¿Quién habla?— contestó el joven repreguntando sin haber reconocido aquella voz grave.

—Soy San Pedro, y quería avisarte que en quince minutos pasamos a buscarte... te llegó la hora.

—Pero... todavía soy joven... tengo mucho por vivir, debo formar una familia, tener hijos...

—En quince minutos estamos allí. El remís ya va saliendo— repitió quien llamaba y cortó la comunicación.

 

Con desesperación, el hombre, a medio vestir, salió corriendo de la casa de su hermano. Tenía que huir de San Pedro y de sus secuaces del cielo que venían a buscarlo... vaya a saber por qué con tanta anticipación.

Corrió durante cinco minutos y luego descansó en un banco de la plaza Falucho. Jadeó intensamente tratando de contener su enloquecido corazón.

Vio entonces a un señor de larga barba blanca que con paso firme se dirigía justo hacia donde él intentaba recuperar el aliento.

Suponiendo de quién se trataba, pero algo confundido, el muchacho se paró como si hubiera visto al mismo diablo... o mejor dicho, al mismo San Pedro.

Salió corriendo hacia un nuevo destino que lo protegiera de ese encuentro final.

Ya habían transcurrido diez minutos sin que el barbudo personaje diera señales de vida.

—Estoy salvado...— se repetía una y otra vez—. Estoy salvado...

Cinco eternos minutos lo separaban de la muerte.

El reloj que se encontraba frente al Monumento de los Españoles marcaba los latidos que su pecho apenas lograba controlar.

Cuando tan sólo eran treinta los segundos restantes para la hora señalada, observó al delgado y harapiento espectro que nuevamente se aproximaba.

Marchaba nuevamente hacia el joven con el fin de pedirle el pasaporte de partida.

Pero aquel muchacho estaba decidido a no entregarse tan fácilmente.

Se puso de pie y emprendió la última carrera... El tiempo de la profecía se estaba acabando... y el anciano ya no podría alcanzarlo.

Con aire victorioso, corrió sin dejar de observar a su perseguidor, atravesando la avenida Santa Fe, justo en el mismo instante en que el remís anunciado, ni un minuto más, ni un minuto menos de lo dicho, pasaba a buscarlo.

El golpe que recibió el joven fue leve pero certero. A San Pedro no le gustaban las muertes espectaculares, pero se aseguraba de no fallar.

Antes de que el muchacho cerrara los ojos, pudo ver como el delgado personaje se le acercaba.

—Soy San Pedro y los quince minutos ya pasaron.— le dijo al oído.

A lo que el joven respondió:

—Y yo soy Jorge, el hermano mellizo de Marcelo... y por esto a vos hoy seguro que te rajan del laburo... 

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—Marcelo,

qué decirte de lo tragicómico de esta historia… Parece un chiste en forma de cuento.

Los mellizos…  Siempre me impresionó pensar que la naturaleza podía generar dos seres tan iguales. Cuando los veo en esos carritos de paseo de bebes hay algo de maravilla e impacto frente al otro idéntico… el espejo de la vida…

¿Cómo será constituirse como persona junto a otro igual?

Los padres… ¿cómo ayudarán a construir las

diferencias?

¿Se equivocarán  los maestros y profesores… se confundirán las parejas como en este caso de San Pedro?...

¡Cuántas maneras diversas de abordar el tema de la muerte!

En este cuento aparece como un destino donde no cabe huir sino aceptar.

A veces, cuando se trata de niños y jóvenes, parece un error, una injusticia,  una mala jugada  de la existencia.

El remate de este cuento  es lo que lo transforma en cómico. Un santo… ¿humanizado? Una persona que muere  y a través de su muerte logra algo del sabor dulce de la venganza.

Besos y hasta la próxima,

Mónica

 

 

—Mónica,

seguramente la vida es el cuento que pretende escribir algún Dios mientras nosotros tratamos de borronearle las páginas.

¿Será, como vos decís, un gran chiste?

Este cuento comienza con una falta de comunicación, inseguridades y miedo al “qué vendrá”, que nos lleva a un final equívoco.

Nos habla de la supuesta existencia de un absurdo destino escrito y de una naturaleza que clona la fachada de los mellizos.

Yo entiendo que el destino lo hacemos cada día de nuestras vidas dependiendo de nosotros y de nuestras circunstancias, como dijo alguien por allí.

Ahora me voy a seguir con mi historia personal. No vaya a ser que algún San Pedro pase a buscarme sin aviso previo.

Por las dudas, ya desconecté el teléfono.

Besos,

Marcelo

 

 

 

 

Todo por los ciento cuarenta y siete miserables pesos

 

Y adelantándome a los acontecimientos, les digo que si estoy contándoles esta historia, significa que logré salir del encierro.

Todo comenzó cuando entré al Banco Provincia con el fin de cobrar mi jubilación de ciento cuarenta y siete miserables pesos.

Eran las diez y quince horas.

Luego de subir con bastante dificultad la escalinata, llegué hasta la puerta giratoria.

Allí, preferí hacer un alto para reponerme, ya que con 92 años, gota, artritis y una artrosis que estaba en su mejor momento, no hubiera podido continuar de inmediato.

“La ayudo, abuela”, me decía la gente que tan amablemente se detenía al ver mi estado.

Por supuesto que no acepté, ya que me sentía más segura avanzando por mis propios medios.

Pasaron diez minutos. Me animé a ingresar por aquella puerta giratoria.

Esperé a que nadie estuviera dentro de ella.

Finalmente me ubiqué en uno de los cuatro compartimentos en que se divide. Me tomé fuertemente del pasamanos y esperé a que alguien más entrara o saliera.

Yo sola no tenía la fuerza necesaria para darle el primer envión de arranque.

No pasó mucho tiempo hasta que ingresó a la puerta giratoria un hombre joven y robusto. Lucía un gesto de enojo y enérgicamente empujó el pasamanos provocando la rotación violenta de aquella especie de calesita.

La puerta daba vueltas y más vueltas. El señor salió... sí, pero yo... quedé atrapada en aquel molinete.

No atiné a salir a tiempo.

La puerta siguió girando con otras personas que entraban y salían del banco, mientras yo caminaba y caminaba en ese circuito circular que parecía no tener fin.

Agotada... exhausta... me aferré al pasamanos como si se tratase de mi único salvavidas.

Por momentos, la gente dejaba de entrar y salir. Era entonces cuando me preparaba para escapar. Pero esos instantes tan breves no me daban el tiempo necesario para huir del encierro.

Intenté pedir ayuda con los gestos de mi cara. “Socorrrro, auxillllioooop, ayiudeñmbrreee”, pero la gente me saludaba confundiendo mi actitud.

Con tantas morisquetas que hice, se me escaparon los dientes postizos, que en lugar de trabar la puerta, salieron disparados hacia adentro del banco como si hubieran tenido rueditas.

Finalmente, siendo las quince horas, y habiendo caminado en círculo alrededor de cinco horas, sin llegar a ningún lugar, sin cobrar mi jubilación, y con la dentadura vaya a saber dónde, apareció el hombre de seguridad.

Frenó la puerta liberándome de aquel encierro.

—Grracias aghente... no sabbbe cuánnto le agrrradezcooo...”— le dije sin suponer que no me entendería ni jota.

Lamentablemente, estaba parada del lado de afuera del banco y una vez más, el policía de guardia me dijo:

—Señora... abuela... mire que el banco acaba de cerrar su puerta. Vuelva mañana... pero más temprano... antes de que termine el horario de atención al público.

—Gracias m´hijo— le respondí sin darme mucha cuenta de lo ocurrido.

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—Marcelo, 

este cuento me hizo acordar a “Las galochas ya no existen”: el tema de la vejez nuevamente.

Una mirada que tiñe de humor la tragedia de ser viejo en algunas situaciones como ésta, donde la soledad, el desamparo, la falta de cuidado social  y familiar, arrojan al anciano a una situación de inermidad.

Muchas veces, cuando el viejo muestra su deterioro físico y mental, despierta en nosotros el deseo de ayudarlo, y otras, lamentablemente, la indiferencia, el abandono, así como el vacío de miradas benevolentes, pues nos reenvía como un espejo a nuestra propia y a veces insoportable vejez.

Pensando en este cuento, se me ocurría la posibilidad de dictar una ley donde las jubilaciones sean cobradas por los abuelos en sus hogares, como una forma de protegerlos y evitar esas colas infinitas que nos llenan de vergüenza y de frío.

Diputados, tomad nota de este cuento. Todos seremos viejos, en el mejor de los casos, algún día.

A propósito, Marcelo...¿el valor de la  jubilación no quedó un poco  desactualizado? 

Besos, 

 Mónica

 

 

 

—Mónica,

seguramente el valor de esta jubilación quedó tan desactualizado como el alma de quienes deberían encargarse del tema.

Como verás, estas historias donde la vejez queda desprotegida ante una sociedad indiferente me atraen muchísimo.

Escribir estos cuentos en que el cuidado de los indefensos depende de mí me tranquiliza.

Puedo así resaltar su ternura, paciencia, resignación y optimismo luchando contra las adversidades cotidianas.

Quizás sean el reflejo de mis abuelos… maestros del verdadero amor a la vida.

Te mando un beso,

Marcelo

 


Una historia de amor

 

Esta pequeña historia es un modesto agradecimiento a la artista y maestra de Danzaterapia, María Fux.

 

Siempre me pregunté cuál era el origen de los más conocidos cuentos infantiles.

Profundas y enmarañadas investigaciones me llevaron  a la siguiente conclusión.

Algunos de ellos eran simple imaginación fluyendo entre algún escritor y su papel.

En otros casos, se trataba del relato tergiversado de alguna historia real.

Tal es el caso del conocido cuento “Caperucita y el lobo”.

Prepárense entonces, para leer la mágica realidad de esta historia.

 

Originalmente, en un lejano sitio ubicado en el continente asiático, nació una niña que creció entre el amor y la dureza cotidiana de fines del siglo diecinueve.

Emma era su nombre.

A los cinco años se marchó de su Rusia natal junto a la familia.

El buque que la transportó hacia el continente americano, más precisamente hacia la Argentina, atravesó tempestades indescriptibles.

Padeció el subir y bajar de las olas atlánticas más desafiantes. ¡Todo un aprendizaje de vida!

Por momentos uno está en lo más alto y luego tan abajo que da miedo.

El agua mostraba un incansable ritmo que se aferró a la piel de la pequeña. Quizás por eso la música se transformó en su aliada.

Los latidos del corazón, el fluir de la respiración y los sonidos de la naturaleza fueron los primeros ritmos que conoció.

Más adelante creció y cantó con la pasión del sentimiento.

Joven aún, contrajo matrimonio y tuvo hijos.

Aquí comienza entonces una nueva historia dentro de la historia.

De su vientre nació una niña a la que llamaron “María Caperrucita Fuxia”.

Tan especial era su nombre como la pequeña que lo llevaba.

Solía vérsela vestida con un conjuntito de capa y capucha color fucsia.

De allí su creativo nombre.

Una mañana, Caperrucita Fuxia salió con su canastita cargada de las más bellas melodías.

Su mamá le había dicho: “Debes llevar ese alimento y repartirlo a quienes más lo necesiten. A mí me gustaría acompañarte, pero con esta pierna dura, debido a la quebradura de mi rótula, me es imposible”.

María Caperrucita le dio un beso en la mejilla a su mamá y salió cantando y bailando de su casa sin saber muy bien hacia dónde ir.

Había dejado su capucha y el resto de su indumentaria para vestir unas cómodas y muy amigables túnicas de las que jamás se desprendió.

Observó hacia fuera de la casa y se repitió una y otra vez: “Tengo que crecer... tengo que crecer... tengo que crecer...”

El viaje sin fin había comenzado.

Sus ojitos claros brillaron y se movieron rápidamente hacia la derecha y luego hacia la izquierda buscando su  camino.

Comprendió entonces que el sitio no era lo importante.

Las personas a las que debía entregar su ritmo serían su camino.

Bailó y bailó por un sendero, que luego se transformó en lo que hoy conocemos como la avenida Callao.

Detrás de los árboles y de los matorrales, la gente la observaba sin comprender lo que hacía... la miraban como lobos desconfiados.

Sabían que en la canastita llevaba algo de un valor incalculable, pero no tenían idea de qué se trataba.

En más de una oportunidad intentaron arrebatarle su tesoro, pero ella supo manejar la situación y salir airosa.

Una luz propia iluminaba el sinuoso camino lleno de estrellas.

María tomaba esos puntos brillantes del aire y se los ponía en el cuerpo, y los repartía como si se tratara de bombones.

Luego los unía en líneas como si se tratara de collares que regalaba a la gente que se le acercaba.

Armaba senderos con cañas y elásticos y los recorría de ida y de vuelta.

Desataba nudos invisibles que se interponían entorpeciendo su rumbo.

Armaba burbujas transparentes para transformarlas en casitas, mansiones y castillos de otros cuentos infantiles.

Buscaba la ternura en todas partes y la encontraba, y la disfrutaba... y la compartía... y la volvía a disfrutar.

Su madre ya le había advertido acerca de la gente insensible que no comprendería el arte que ella llevaba en su humilde canastita.

Le había dicho entonces: “Caperrucita mía, tú debes seguir adelante a pesar de los obstáculos que se te presenten. Tu ángel recorrerá el mundo como jamás podrás imaginarlo.

El tiempo pasó y hoy María Caperrucita Fuxia está por cumplir sus jóvenes ochenta y cinco añitos.

Como su madre Emma le había pronosticado, en este siglo veintiuno, el mundo entero la aplaude de pie mientras ella sigue danzando y cosechando admiración, afecto y muchísimos mimos.

Ya no camina sola por aquel primer sendero de tierra.

Ahora, el camino ya está hecho.

Muchísimas personas la acompañan, tratando de devolverle todo lo que ella fue brindando desde su canastita.

Como siempre, María refleja serenidad. Se la ve feliz, expectante, inquieta, creativa, llena de ternura...

Como siempre, ella se pregunta con una sonrisita picarona: “¿Qué voy a hacer cuando dentro de muchísimos años esté viejita?

Pero como todos sabemos que para eso falta una eternidad,

María Caperrucita Fuxia sigue danzando “su ilusión hecha realidad”.

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—Marcelo,

este cuento es muy emotivo para nosotros y tantos otros que tenemos la alegría cotidiana de compartir los coloridos caminos de aprendizaje junto a nuestra maestra María Fux.

Es una amorosa forma de contar una historia. Me gustó la imagen de melodías como alimento, así como la metáfora de una mamá nutriendo con palabras de estímulo, confianza y reconocimiento.

En sus clases es posible aprender conceptos que atraviesan el cuerpo… elasticidad, integración de lo diverso, aceptación de las capacidades especiales, compartir, celebrar la vida y volver a empezar son solo algunas de las palabras que hoy adquieren fuerza en mí.

En lo personal admiro su contacto y compromiso con cada uno de sus alumnos; es un aprendizaje de la función docente, en cualquier área de enseñanza que se trate.

Quizás por ser también docente siento que enseñar es alentar, conocer, cuidar y, en especial, aprender.

Viene a mi recuerdo alguna situación personal.

Sabés, Marcelo, la vida me colocó ante la vivencia de atravesar dos situaciones de muertes violentas. Yo lo guardaba como se puede en estos casos: no hablaba mucho del tema, pero mi cuerpo estaba quebrado tanto como mi alma.

Una querida compañera y amiga le comentó a María aquello que había vivido en cada una de las oportunidades. En la primera me ofreció poner su nombre en una solicitada que salió en el diario cuando apenas me conocía. María probablemente sentía que una causa vinculada al derecho humano, a la vida, era también su causa. En la segunda y más reciente oportunidad, ella con su pequeño cuerpo y su corazón enorme se acercó, me abrazó y me ofreció su incondicional ayuda. Aún recuerdo sus palabras: “te vas a curar de este dolor, es muy triste, contá conmigo”.

Así fue y aún es hoy.

Gracias,  María, por animarte  a recorrer este maravilloso camino que hoy se llama Callao, y que es uno de mis centros de renacimiento… y gracias a vos, Marcelo, por transformar una vida en cuento y poesía.

Besos,

Mónica

 

 

 

—Querida Mónica,

y cuando digo “ querida” lo hago desde lo más profundo de mis afectos… quien te agradece soy yo por tus conceptos hacia María y hacia mí.

Estas muestras de generosidad que María da a diario me transportaron en uno de mis cuentos: “Maradó, Maradó”.

En este hogar de chicos que la historia relata, forjé mi primera experiencia como danzaterapeuta, con un apoyo incondicional de María, desde lo humano hasta lo económico al ofrecerme una beca para sus seminarios.

Sin dudas, ella y lo que genera a su alrededor es mucho más de lo esperado.

Mónica, nos vemos el sábado en la clase.

Besos,

Marcelo

 

 

Epílogo

 

—Querida Mónica,

creo que llegó el momento de agradecerte las devoluciones tan creativas y sentidas de mis cuentos. Estos intercambios han transitado el humor, la emoción, lo ganado y lo perdido, y el esfuerzo por los logros obtenidos.

Me encantó que hayamos podido desarrollar este proyecto tan intenso como gratificante.

Espero que quienes hayan tenido la oportunidad de abordar estas líneas hayan disfrutado de los más placenteros y enriquecedores momentos, igual que lo hicimos nosotros al gestarlo.

Por ahora te mando un beso esperando un próximo reencuentro.

Besos,

Marcelo

 

 

—Marcelo,

aunque recién le pusimos el punto final a esta historia, ya estoy esperando con avidez tus nuevos cuentos para compartir.

Espero noticias.

Besos,

Mónica

 

 

 

Agradecimientos

 

Queremos agradecer:

…a nuestra maestra María Fux, desde cuyo estudio zarpamos en nuestra Barca para transitar este viaje literario.

… a la familia, que con su amor y paciencia acompañó este sueño. A Graciela, a Paula y a Micaela.

…a los amigos, con quienes construimos una red esencial e invisible a los ojos (como nos enseñó el Principito).

Ellos tomaron el remo de la confianza, el del estímulo incondicional y el del sostén afectivo.

… a las personas que continúan estando con nosotros a pesar de haberse marchado en algún avión de papel… ¿quién sabe hacia dónde?

… a quienes nos dieron el ejemplo de lo que se debe hacer y a los que nos enseñaron lo contrario.

… a las personas que sin saberlo forman parte de estas líneas: Abuelos, Malevos, Payasos, Fantasmas,

Pequeños niños de la calle, Capitanes Azulejos, Poetas, Artistas, Lauritas y Ejemplos de vida.

Y un muy especial agradecimiento a todos ustedes, que al leer estas líneas se sumaron a la tripulación de nuestra amada Barca.


                                                      Mónica y Marcelo

 

 

 

Indice

Prólogo………………………………………………….5

Inicio de la aventura…………………………………….7

1- El collage……………………………………………..9

2- Grisell…………………………………………...…..15

3- El avión de papel……………………………………17

4-El capitán Azulejo…………….……………………..21

5- La lágrima…………………………………………...25

6- El experto en lunas…………………….……………29

7- La fábula de Hisopo……………………..…………..39

8- El fantasma de los sentires…………………………..43

9- La barca………………………………………..……47

10- La sombra del Malevo…………………..…………55

11- Las galochas ya no existen…………………..…….61

12- El luto del payaso…………………………...……..67

13- Laurita…………………………………………..…69

14- La intrigante historia

      de ”Manuelita la tortuga”…………………………..79

15- Maradó, Maradó…   …………………..…………..87

16- Me gusta la gente precavida…………..…….……..95

17- Nico…………………………………………….….99

18- Ojo con el ciego del fondo………………………..103

19- Seducción a cuatro manos……………..…………107

20- No quiero que la muerte

       me tome desprevenido…………………...………109

21-Sensación térmica…………………………………115

22- Un instante…………………………………….….121

23- Sentado frente a su hijo, el hombre habló:……….125

24- Ya mando un remís para buscarte………………..127

25- Todo por ciento cuarenta y siete

       miserables pesos………………………………...131

26- Una historia de amor…………………………….135

Epílogo………………………………………………141

Agradecimientos……………………………………..142

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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