LA BARCA
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Libro completo
LA BARCA
Historias para sanar,
pensar,
debatir y disfrutar.
Editorial POL
Diseño de tapa y
diagramación del ejemplar:
Marcelo Fenoglio.
Correctora: “M.S.M.” sman@fibertel.com.ar
Prólogo: Dra. Marcia Braier
Copyright:
Prohibida la reproducción total o parcial de este ejemplar sin la expresa autorización de los autores.
Distribución
exclusiva a través de los autores.
www.marcefenoglio.blogspot.com/
- marcefenoglio@gmail.com
Primera edición publicada por: Editorial POL
Gráfica POL S.R.L. –
Calle 113 Nº2439 –San Martín (Bs. As.)
Impreso en Artes
Gráficas Urano S.R.L.
Castro 928 – Capital
Federal - Tel.: 4931-7888– Cap. Fed.
República Argentina I.S.B.N.
Prólogo
Este libro se desarrolla alrededor de tres
ejes:
El de la Creación y la
Composición,
el de la Interpretación
y el de
la Comprensión.
Hay una
curiosa agrupación en temas que viran entre la nostalgia de la infancia, la
vejez, la muerte, la revalorización social, el erotismo, la esperanza.
Estos cuentos cortos permiten ver la vida,
palpar los sentimientos del autor, cuya profunda sensibilidad nos arrastra, con
su imaginación y humor, a revivir sus juegos infantiles, el amor por sus
predecesores y por su familia actual, y su temor e incertidumbre por lo
que vendrá.
A través del riquísimo intercambio epistolar
con la psicóloga, el autor puede
interpretar, comprender y conocer todo acerca de los relatos, lo que le
devuelve tranquilidad y estabilidad.
Las alusiones a la vida real y a otras formas
de arte como la literatura, el cine, la danza, dan una mano figurativa a su
propia expresión artística a través de los cuentos. El arte gráfico le permite la descripción de
relatos visuales con un particular estilo.
Las comparaciones con películas como " La
vida es bella" son fieles expresiones de cómo los autores toman su propia
vida y la expresan en el arte. En algunos casos, como en "La dignidad de los Nadie", los
autores rescatan su permanente motivación a la ayuda y a la conciencia social
por los vulnerables como los ancianos, los pobres y los niños en situación de
abandono.
Hay una interesante definición sobre qué
es el cuento en este libro:
“[...] los cuentos breves son complejos, que
llevan extensas historias de variados matices emocionales escritos en pocas
líneas condensadas.”
El rico intercambio entre opuestos:
realidad/ficción, erotismo/ cotidianeidad, vejez/juventud, lo esperado/lo
sorpresivo están presentes en forma permanente, creando climas de lo inesperado
a lo largo de toda la obra.
En el
eje de lo creativo, los cuentos se agrupan en temas
tales como la nostalgia, la infancia, el recuerdo de los juegos de la niñez y
su resignificación actual .
También expresan la admiración por la vejez, el erotismo
interrumpido por una realidad tal vez no deseada y una inmensa necesidad de
conocer lo desconocido, como lo es el futuro y la muerte.
En el
eje de lo interpretativo, se puntualiza prolijamente
sentimientos, vínculos. Fuertes pinceladas de humor se combinan con otros
recursos para expresar el pasado, el presente y el futuro.
Se interpreta la nostalgia, el miedo a la
muerte, la sensibilidad social y el profundo respeto por personajes de
admiración como maestros, abuelos, la madre, el padre, a través de la
descripción de los vínculos y relatos recreativos del pasado.
En el
eje de lo comprendido, constituido por las
contestaciones del autor a la psicóloga, se transmite la tranquilidad y
la curiosidad de este dinámico intercambio epistolar que da rienda suelta a
generar más creatividad.
Este original
libro de cuentos interpretados y comprendidos permitirá al lector compartir
emociones, preguntas y respuestas del mundo de la realidad y de la imaginación
en el marco del humor que caracteriza a estos originales autores.
Dra. Marcia Braier
Médica Psiquiatra Infanto Juvenil
Universitaria.
Jefa de Docencia del Hospital Tobar García.
Titular de pre y post grado de Psiquiatría Infantil.
Universidades: del Salvador, Barceló y UBA ( Unidades Hospital Moyano y Hospital
Borda).
Inicio de la aventura
Tomando clases en la escuela de Danzaterapia
de María Fux, es común conocer personajes muy diferentes y ricos.
Esto fue lo que me ocurrió desde el primer día
en que inicié la formación de Danzaterapeuta.
Luego de disfrutar cada clase, compartíamos
una especie de tercer tiempo en que nos reuníamos en el bar de la esquina.
Esos momentos eran como un regalo plus para el
alma.
Cafecito de por medio, comenté al grupo que
tenía escritos unos cuentos cortos, algunos de los cuales habían sido premiados
(con anterioridad) en diversos concursos.
Mónica, psicóloga, psicoanalista, que siempre
se mostró como una gran lectora, y con una sensibilidad y percepción intactas,
respondió de inmediato: “Mandámelos por mail que quiero leerlos”.
Y allí comenzó la aventura.
Los mails que fueron y volvieron me hicieron
descubrir lo que cada cuento encerraba.
¿Cómo puede ser que al escribirlos no me
hubiera dado cuenta de lo que se escondía en cada uno de ellos?, me pregunté
frente a la pantalla de la computadora… que enmudeció como yo.
Ese mágico encuentro fue el disparador de este
libro, donde los cuentos que escribo son leídos desde un lugar muy
especial por Mónica.
Ella realiza una primera lectura para
descubrir lo que cada narración esconde en su interior.
Creemos que es una nueva forma de leer más
profunda para quienes se sumerjan en estas historias.
También estamos seguros de que estos cuentos
serán un eficaz instrumento en las diferentes terapias.
Sensibilidad, asombro, humor blanco y del
negro, ternura, emoción, sorpresa y creatividad son los caminos por los que
transitan estas líneas.
Sin duda, será un material de encuentro de
gran fluidez, donde se abordan muchos de los conflictos más comunes del ser
humano.
La mirada amplia lleva cada historia contada a
diversos caminos dignos de ser descubiertos.
—Bueno,
Mónica,
te envío
estos cuentos esperando noticias tuyas.
Besos,
Marcelo
El collage
La calle me invitaba a mi recorrido inesperado
de cada día.
Salí de casa y giré hacia la izquierda.
Casi siempre lo hago en sentido inverso, pero
esta vez el día me tomó de la mano y caminamos juntos hasta la primera parada
de colectivos que encontramos.
El día y yo.
Hacía frío y lloviznaba.
Me apoyé en el poste que anunciaba en su
cartel la parada del cuarenta y uno.
El día y yo.
La llovizna crecía y me hacía olvidar del frío
cada vez mayor.
A mi alrededor no había nada ni nadie.
Bueno, en realidad tan solo se encontraba
aquel viejito.
Aferrado a aquella esquina, como cuidándola
para que nadie se la fuera a llevar.
El viejito de la esquina…
Nunca le había prestado atención; después
de todo, siempre estaba allí formando parte de la escenografía.
Una casa abandonada con un balcón francés, un
árbol seco que no tenía ni fuerzas para caerse, un poste de luz… y el viejito
de la esquina.
Pensé en acercarme, aunque dudé por un
instante.
Ya venía el colectivo.
Esperé a que llegara a la parada y sin
chistarlo, lo dejé ir… Total, no iba subirme… si no tenía pensado ir a ningún
lugar.
En la parada, seguíamos el día y yo… pero ya
no estábamos solos.
Por alguna razón ya éramos tres.
El día, el viejito y yo.
La calle empedrada me invitó a cruzarla.
Pero si en esta esquina estaba cómodo… y
seguro…
El viejo me miró por primera vez.
No fue fácil, pero tras vencer el impacto y
observar que no viniera ningún vehículo, me animé y crucé.
La llovizna, el frío, el balcón francés de la
casa abandonada, el árbol seco, el viejo y yo.
El día parecía poblarse de elementos… como un collage en blancos, grises
y negros.
Sólo el anciano se diferenciaba del resto. Su
imagen era de color sepia.
Quizás los años lo habían transformado…
tiñéndolo y mimetizándolo con las hojas secas del otoño.
Me animé y le hablé preguntándole su nombre.
No me respondió con palabras. Sin embargo,
comenzó a moverse.
Por primera vez en años volvió a jugar con el
viento. Voló a mi alrededor, se elevó haciendo piruetas únicas… hasta se animó a pararse un segundo
sobre mi hombro para nuevamente volver a su lugar… como esperando.
Esperando… yo también estaba esperando.
Algo estaba por suceder y no quería perderme
ningún detalle de lo que vendría.
¿Qué vendría?...
En el collage estuvimos quietos por dos o tres
horas.
Lo único que se movía eran las agujas del
reloj dorado del viejito.
Varios colectivos apisonaron el empedrado
frente a nuestros ojos.
La gente pasaba dejando borrosas imágenes con
estelas en cámara lenta.
Me animé nuevamente y pregunté:
-¿Qué estamos esperando?…
¿Falta mucho?
El anciano me miró con ojos del color de la
sabiduría y me respondió:
- Falta lo que usted quiera, o lo que pueda. Cada uno espera algo
distinto según la esquina en que se pare.
Yo aquí espero mi momento.
Usted allí espera el suyo.
Ésta es la esquina de los atardeceres, de los otoños, de la paciencia y
de la sabiduría.
La esquina donde usted estaba parado
anteriormente es la esquina de las inquietudes y de los cuestionamientos.
Por eso usted, cuando cruzó la calle, lo hizo
por donde pasa el resto de la vida.
Desde allí nadie ve nada… todo está borroso…
solamente se circula.
Pero usted está a mi lado y espera, sin saber qué… igual que yo lo hice hace más de
ochenta años.
Con el tiempo, el sepia será su color
preferido y lo adoptará como propio.
Pero ahora me va a tener que disculpar.
Allí vienen a buscarme.
El viento sopló con fuerza y el viejito
levantó vuelo para jugar en el aire.
Como una hoja seca nuevamente bailó, pero esta
vez para marcharse de esta esquina.
El balcón francés de la casa abandonada, la
llovizna, el frío viento, el árbol seco y yo…
El día se había transformado.
El collage en blancos, grises y negros se
había quedado sin “el color sepia que le daba vida a aquella imagen”.
Pensé en cruzar nuevamente el empedrado.
Pensé en volver a la esquina multicolor de la
parada del colectivo.
Pensé en el viejito.
Sentí que el empedrado no me pertenecía.
Sentí que la otra esquina ya era de otros.
Sentí que esta esquina, la del otoño, la de
los atardeceres, la de la paciencia, era la que me correspondía.
Supe entonces que debía esperar, que debía dar
color al collage, que debía aprender a jugar con el viento.
Supe que la sabiduría estaba a mi alrededor,
pero también supe que mi piel debía tomar aquel color sepia que solo el tiempo
sería capaz de darme.
En muchos momentos extraño a aquel viejito
volador, y lo necesitaría a mi lado, pero seguramente él ya debe formar parte
de algún collage mucho más importante que aquél en el que nos conocimos.
______________________________________________
-Querido Marcelo,
este cuento me conmovió mucho. Me conectó
con un trabajo que escribí acerca de la vejez.
A partir de este collage, he decidido
incluir algunos temas por los que transita. La paciencia, la aceptación de la
muerte como parte de la vida, la creatividad.
Me pareció muy original asociar al viejo
con su sabiduría y su color sepia a la posibilidad de volar y
hacer piruetas como algo cierto.
También me puso triste
que el viejo ya no estuviera, que llegara su tiempo de despedida, por
lo menos de este collage.
Cuando no están, se
los extraña y mucho.
Es
posible que sea cuestión de aprender y de tener la capacidad de
ser más sabios. Creo que eso es lo que nos muestra el cuento.
El relator es un hombre que aprende a
encarar su madurez sin apuros, identificándose con la sabiduría del viejo y
disfrutando de la magia transmitida.
Pensaba en el azar, en esos encuentros que
transforman nuestra vida, que cambian la mirada que tenemos sobre las cosas,
despertando aspectos desconocidos… muchas veces lo mejor de nosotros.
Me pareció interesante la idea de
juventud, como un espacio de muchos colores, de ansiedad, de inquietudes.
La aceptación de la muerte como parte de
la vida, como un tiempo de viaje por las diferentes estaciones del ciclo vital,
que puede también ser tranquilo, hasta alegre.
Besos,
Mónica
- Mónica,
te imagino escribiendo tus “sentires” con
los ojos húmedos de añoranzas, de tiernos recuerdos y de sueños pintados en
algún collage dentro de tu alma.
Qué placentero me resulta leer tus líneas
cargadas de sensibilidad, ubicando a la vejez en lo más alto del camino, y
cuando digo “lo más alto”, hablo de crecimiento, de importancia, de dignidad y
de sabiduría.
Me encantó compartir este collage con vos.
Besos,
Marcelo
Grisell
Uno a uno fui desprendiendo los botones de su
blusa transparente.
El primero fue el más difícil, pero pasado ese
desafío, continué el descenso por la suave prenda de color carmín.
El clima se iba templando. Nada me estimulaba
más que llegar al tercer botón.
Antes de desgarrarlo, mi cerebro olía ese
punto fatal que dividía los túrgidos pechos de Grisell.
El erotismo se transformaba en sudor, pasión,
latidos que entumecían mis dedos.
Con esfuerzo, la sangre de mis venas recorría cada lugar de mi cuerpo y los
botones se desprendían uno a uno... Hasta llegar al último.
Sí, ese último botón que me permitiría...
... que me permitiría tomar la blusa, sacarla
de la percha y llevarla a la tintorería.
Grisell ya sabe que no me gusta verla con la
ropa arrugada.
______________________________________________
—Marcelo,
con
"Grisell" sentí nacer en mí una sonrisa, probablemente por el
impacto de lo imprevisible, encaminada en mis fantasías hacia
un cuento erótico…
De
pronto el remate y una risa espontánea.
Un
obsesivo, pensé, erotizando la belleza en la perfección de la prenda de su
mujer.
Un cuento
breve, divertido, inesperado.
Besos,
Mónica
—Querida
Mónica,
te voy a
hacer una confidencia, pero que nadie se entere.
Este
cuento se lo escribí a mi mujer que no se llama Grisell sino Graciela.
Ella es
un tanto fanática de la limpieza y del orden, y por lo visto ya me estoy
metamorfoseando.
Besos,
Marcelo
El avión de papel
Aquel hombre, incansable soñador, trepó a su
avión de papel de diario y remontó vuelo con decisión.
Sacó los remos de su mochila y se impulsó con
ellos de manera sorprendente.
El viaje había comenzado… el plan de vuelo se
había iniciado…
el sueño se estaba haciendo realidad.
Nadie lo vio partir. La simple soledad fue
quien agitó el pañuelo de despedida.
El hombre dejó caer una lágrima que lo
esperaría a su regreso.
Allá arriba, el aire puro reavivaba las
noticias que adornaban al avión como
si se tratara de “graffitis”.
Emulando al mítico Ícaro, el hombre alado
trepó nube tras nube camino hacia el sol hasta hacerse invisible.
Nadie supo más nada de aquel soñador, pero
algo había cambiado en el mundo.
Las noticias que figuraban en el diario de
papel, transformado en avión, recorrieron el universo.
Allí arriba… o abajo… (ya que
en el espacio estas palabras carecen de sentido) todo tenía una óptica
diferente.
El hombre, piloto de sueños sin tiempo,
descubrió nuevas rutas, las que dejó plasmadas en su mapa
personal.
Líneas punteadas, cruces, letras y nombres se
combinaban y crecían continuamente como el universo mismo.
La hoja de ruta creció y se unió a otro papel,
que luego se unió a otro, y a otro, y a otro más, y más, y a otro más.
Todo era tan inmenso que
parecía no tener límites.
Por momentos se sintió Cristóbal Colón con su
carabela de papel de diario tratando de descubrir el final del recorrido o de
volver al punto de partida, donde su lágrima lo estaría esperando.
Con absoluta fascinación, el trayecto se
prolongó casi “eternamente”. Esta es la única medida de tiempo que el universo
reconoce.
El piloto se
durmió y se despertó, para volver a dormirse y despertarse.
Esto ocurrió… ¿quién sabe en cuántas
oportunidades?
Hubo un día en que el hombre se
desvaneció y la nave distrajo su andar.
Las noticias de papel peregrinaron sin rumbo.
Muchas de sus letras, palabras y frases se
entremezclaron.
Las noticias de papel ya no eran las mismas.
Abajo… o arriba… o en el punto de partida
las noticias tampoco eran las mismas…
¿O sí?
El piloto recuperó la conciencia luego de…
¿Cómo poder decirlo, si el tiempo no existe?
El piloto abrió los ojos y reconoció el
camino, como si no se tratara de la primera vez que pasaba por allí.
Seguramente su
orbita era circular.
Seguramente había pasado por aquel lugar en
más de una oportunidad.
Seguramente se sentía más inseguro que nunca
desde su partida.
Por alguna razón que jamás sabremos, el hombre
detuvo su mirada en las noticias que rodeaban su máquina de volar.
Con sorpresa, notó que no eran las mismas que
cuando partió.
Buscó el pequeño pedacito de diario donde
figuraba la fecha de emisión.
La encontró rápidamente y se detuvo allí.
Habían transcurrido veinte años desde su
partida, según la medición de tiempo que se hace desde su planeta
natal.
Sin embargo, él estaba igual que en el
inicio.
Sin embargo, su avión de papel no se
había puesto amarillento.
Miles de preguntas acudían a su mente; sin
embargo, las respuestas no llegaban.
Recorrió los textos impresos en el
avión en busca de
alguna pista, algo que le indicara… un no sé qué.
Comenzó por el ala derecha y siguió por la
izquierda.
Recorrió la punta y el fuselaje, hasta que en
la cola del avión encontró lo que tanto buscó y no esperó hallar.
La noticia recordaba el veinte aniversario del
fallecimiento de un incansable soñador.
Amante de la ilusión y de la fantasía.
“Él partió en su avión de papel buscando el
eterno camino de la vida, dejando su arca de sueños en buenas manos. Alguien
cuenta por allí que su última lágrima, derramada al partir, recorrió las
manos de una madre que acarició la frente de su hijo recién nacido”.
Recién entonces supo lo que ocurría.
Recién entonces suspiró aliviado.
Recién entonces pudo continuar su camino en paz.
______________________________________________
—Hola Marcelo,
al leer este cuento sentí el luminoso
lugar de los sueños, las ilusiones, los ascensos…
Contame, ¿así imaginás la
vida después de la muerte? ¿Será que
nuestra vida es la continuidad de un viaje,
infinito?
Pienso en la partida
del protagonista en estado de soledad, y en
el nacimiento del nuevo niño, en brazos de su
madre, que pareciera que lo bendice con
la lágrima, transmitiéndole quizás el don de
la sensibilidad, de la ilusión, de los sueños.
¿Será que la
partida, la muerte, es en
soledad, pero cuando llegamos a esta vida necesitamos
los brazos, la contención y los deseos de alguien
para comenzar a vivir?
Pienso en el tiempo y su
circularidad, la transmisión
generacional como la posibilidad de dejar el arca de los sueños
en buenas manos.
Son los mundos de la fantasía
los que transforman la vida y la muerte en juegos mágicos dignos
de ser transitados.
Besos,
Mónica
—Mónica,
me parece fantástica tu forma de leer el
cuento que existe bajo el cuento mismo… porque me hacés ver la verdadera
historia del alma.
Yo siento que el hombre es un conquistador
sin tiempos ni espacios.
Sus sueños se entremezclan con las
realidades mientras fluye la vida sosteniéndonos como una alfombra mágica…
Éste es el avión de papel del que estamos
hablando. El transcurrir entre la vida y la muerte… y la otra vida.
Gracias por tu mirada,
Marcelo
El Capitán Azulejo
“Capitán Azulejo,
necesitamos más potencia para los reactores de fondo, ¡¡¡ o el meteorito nos hará trizas!!!...” me decía mi compañero de aventuras, el siempre bien recordado ‘Contramaestre Invisible’.”
“¡¡¡Tenemos un desplazamiento en la cola
de la aeronave, por lo que seremos salpicados por el
ácido intergalvanizador estratosferico!!!” era otra de las advertencias que mi copiloto mascullaba con
incontrolable ansiedad.
Pero nunca tuvimos un inconveniente tan grave
que pusiera la nave en peligro.
Siempre fui un
chico inquieto y con mucha imaginación. Por eso, siempre que estaba en el baño
de casa, era como si el “MARCH II” me
abriera sus compuertas.
El bidé era mi sillón de comando, con el que controlaba
la potencia del chorro y su
temperatura según el clima cósmico. Frente a mis ojos, estaba el
visor espejado del botiquín, que refractaba los rayos catódicos del éter. Y al
alcance de mis brazos, se encontraba el timón estabilizador de energía. A la
derecha controlaba la energía fría, y a la izquierda la
caliente, pero mezclándolas, daba la temperatura ideal de viaje.
Olvidaba contarles algo muy importante
respecto del acondicionador de chorro posterior: existía, en el medio, una llave secreta, que cambiaba
la potencia de chorro a centrifugado, limpiando así la carcaza del
comando central.
El contramaestre Invisible siempre ocupaba un
lugar de privilegio en el “TRONO” de la nave, a mi izquierda.
Él, allí, accionaba el botón de descarga de la
batería antiespasmódica, especialmente diseñada
con gases espeluznantes antivenusianos.
Invisible tenía en
su costado el rollo limpiador de bacterias, imprescindible para todo copiloto
espacial.
Recorrimos juntos cientos de estrellas y
planetas desconocidos para la humanidad, pero
al querer transmitir mis conocimientos del más allá, me di cuenta de que ya era
tarde. Los años habían pasado, yo había crecido, Invisible hacía realmente
honor a su nombre, y mi nave se había transformado en un baño común y corriente...
el mismo desde el que estoy escribiendo estas nostálgicas líneas.
PD: Si algún chico llegara a ver a Invisible
sentado en aquel planeta desconocido de mi niñez, denle mis respetos y
admiración por la tarea realizada a lo largo de mi feliz infancia.
El Capitán Azulejo
—El Capitán Azulejo, Marcelo,
o como quieras que te llame: en este
cuento visualizo a un adulto recordando con amor y nostalgia sus juegos de la
infancia.
Se trata de un juego de varones, es
la masculinidad mostrada en todo su esplendor.
“El Jugar y los juegos” llevan a las personas a mundos
mágicos.
¿Por qué será que los adultos
abandonamos tan bello hábito?
Creo que tenemos que
aprender de los niños.
Volvamos a crear con entusiasmo
y con ilusión, abandonándonos al apasionante mundo del
"Dale que…”
Besos,
Mónica
—Mónica,
al leer tus líneas recuerdo el placer que
sentí al plasmar el cuento.
Me sentía todo un aventurero, y desde mi
sillón de comando, disfruté muchísimo haber jugado… haber escrito este “dale
que”, como vos dijiste.
Te manda un beso,
El Capitán Azulejo
La lágrima
Transcurría aquel año en que las bombas secaban la fértil tierra y
endurecían los tristes corazones de la gente.
Yo podía observar todo desde aquel tonel de
combustible vacío, lugar donde pude ocultarme.
Con mis nueve años y medio, veía aquellos
tanques a mi derecha aplastando casas, cuerpos, ilusiones, verdades, ideas...
A mi izquierda, sin embargo, el silencioso
llanto de una abuela estremecía mi delgado cuerpo. El miedo dejaba a la
intemperie ese novel instinto de conservación, que paralizaba mis músculos,
adormeciendo los sentidos que poco a poco me fueron abandonando.
Sentía el retumbar de los cañonazos, pero más
fuerte aún, percibía el sollozar de esa viejita en la que instalé mis ojos.
A pesar de las lágrimas que se interponían
entre mis pupilas y esa silueta, pude captar aquel vestido negro... muy negro,
que cubría su cuerpo.
La abuela, de rodillas en el suelo, llevaba su
blanca cabeza cubierta por un oscuro y gastado pañuelo, como la noche que
estábamos viviendo.
Nunca había visto a nadie llorar solamente
con el corazón.
Observé con atención y esperé la caída de
aquella lágrima que parecía que nunca se iba a volcar.
La abuela besaba la tierra y levantaba la
vista, tratando de encontrar un cielo... besaba nuevamente la tierra y otra vez
volvía a levantar sus ojos repitiendo aquellas plegarias que de niña habría
aprendido.
Sus oraciones debieron haber golpeado con
fuerza la puerta del destino que la acompañó a lo largo de sus abultados años,
porque de pronto, nos invadió el silencio.
Las bombas, estallidos y ráfagas que matan
dejaron paso al sonido del viento que aullaba, entonando vaya a saber qué milenarias coplas.
En ese instante eterno, la abuela dejó caer
aquella lágrima que el mundo entero estaba aguardando.
La tierra, aún caliente, recibió una nueva
bendición.
La guerra parecía haber llegado a su final,
pero crecía rápidamente el rítmico retumbar de los soldados que avanzaban en
perfecta formación y a paso firme.
En un instante estuvieron entre nosotros,
cargaron a la ancianita en uno de esos camiones que nunca antes había visto y
se la llevaron.
Quedé solo, en mi precario pero efectivo
escondite, apenas pudiendo cargar con mi
cuerpo y mi alma.
El silencio nuevamente abrazó aquel sitio.
Respiré hondo y salí de aquel tonel semienterrado que había protegido mi vida a
lo largo de dos días.
Me arrastré como pude, ya que mi desnutrido
cuerpo no me brindaba alternativas.
Llegué al sitio donde la abuela había dejado
sus últimas plegarias. Me arrodillé como ella y comencé a orar sin saberlo.
Con los ojos apretados, besé una y otra vez la
tierra, una y otra vez, y otra vez más, hasta descubrir el milagro que aquella
lágrima había provocado. De las humeantes grietas del suelo, comenzaba a
aparecer un verde reflejo de vida. Aquella lágrima engendrada en el horror de
la guerra estaba salvando nuestras esperanzas.
La abuela regó esa semilla que supo esperar el
silencio para salir... igual que yo.
Recordé entonces aquella negra silueta de
blancos cabellos que apenas asomaban entre el oscurísimo pañuelo. Recordé
entonces el momento en que la esperanza brotó de sus ojos.
También recordé las detonaciones, y aquel
silencio tembloroso en que se llevaron a la anciana... y debajo de este roble,
que treinta años atrás era semilla, hoy revivo aquella silenciosa espera que
nos uniría con la vida.
_____________________________________________
-Marcelo,
este cuento es uno de los que me atravesó con mayor intensidad. Lo leí
muchas veces por el placer de leerlo. Sentí
el horror de la guerra
relatada a través de la mirada tierna y temerosa
de un muchachito de nueve años que junto a su cuerpo salvó su alma.
Rescato la fortaleza de la anciana, de cuya lágrima brota
la semilla de la esperanza. Comparto la idea que en la vejez digna
así como en los niños y jóvenes reside nuestra esperanza futura.
Quizás
porque hace pocos días se cumplió un
nuevo aniversario de la ronda de las abuelas en Plaza de Mayo, pensé en la fuerza y el
coraje de nuestras abuelas de pañuelos blancos en coincidencia con la
abuela del cuento que llevaba también un pañuelo, pero oscuro.
Pienso
en su lucha, en la grandeza de haber sobrevivido tan dignamente al dolor
más insoportable y aberrante… la muerte y desaparición de hijos y nietos.
Pienso
que es responsabilidad de los adultos proteger a los más débiles, ancianos y
niños, de toda forma de violencia.
Marcelo,
espero con mucho interés tus respuestas.
Tus palabras acarician mis ideas y éstas adquieren mayor fuerza.
Leyendo
tus historias aprendí que los cuentos
breves son complejos, que llevan extensas historias de variados
matices
emocionales escritos en pocas líneas condensadas.
Besos,
Mónica
—Mónica,
comparto
totalmente tu idea de que “los cuentos cortos son más extensos e intensos de lo
que parecen”. Esas pocas líneas son capaces de despertar las sensaciones y
emociones más dispares, quedando impregnadas por un buen tiempo en la piel de
quienes se atreven a leerlos.
En esta
historia, me resultó muy interesante cómo trasladaste a aquella anciana que
pertenece a otra realidad a la cotidianeidad de las abuelas en nuestra Plaza de
Mayo… y me dejaste pensando…
Besos,
Marcelo
El experto en lunas
La oscura noche había perdido su luna.
Un acordeón, desde alguna casa vecina,
arrugaba tristemente el aire con sus notas.
Las empedradas calles ya no brillaban.
Solo murmullos apagados se escuchaban tras las
puertas de las casas.
Todos hablaban del mismo tema: “la luna que no estaba”.
El telón del cielo se acomodaba lleno de
perforaciones brillantes, pero ella se había marchado.
Por la mañana se reunió el comité del pueblo
en la plaza, frente a la iglesia.
Asistí como uno más de los invitados.
Durante tres horas estudiamos el problema.
—La falta de luna no es algo que debemos dejar
pasar, algo sin importancia.
—La luna sirve para muchas más cosas que las
que nosotros creemos. Reglamenta las mareas, acaricia los cultivos, ilumina las
noches…
—Y es fundamental para los enamorados. Qué
pasará con la natalidad del pueblo sin la luna… no habrá más parejas, ni nuevos
nacimientos.
Se escuchaban los planteos de los vecinos.
La oscura noche había perdido su luna, con lo
que el pueblo había perdido su alma.
Dos meses habían pasado desde aquella
misteriosa desaparición.
La plaza del pueblo mantenía un comité
nocturno en constante alerta. Mientras unos miraban hacia el cielo, otros
discutían acerca de las medidas que debían tomar.
Lentamente un nuevo día asomaba en el
horizonte. El reflejo del sol brillaba donde el camino principal se unía en un
punto.
Justo allí pudimos observar que algo o alguien
venía hacia nosotros.
La figura creció hasta tomar forma de persona.
Era un gran hombre… verdaderamente parecía un gigante.
Robusto y de prominente abdomen, llevaba un
saco blanco de su moza juventud que ya no le cerraba.
Más arriba, portaba una calva cabeza de
redondez exquisita, con algunas cicatrices en la frente.
Detrás de la oreja guardaba una llave.
Cuanto más se acercaba, podíamos ver con mayor
claridad su cálida sonrisa.
Llevaba bajo el brazo una enorme carpeta
cargada de papeles.
—¿Se puede?— preguntó antes de subirse a la
plaza que nos reunía.
—Pase— dijo el párroco que presidía nuestro
concilio.
—Tome asiento— agregué mientras sacaba a un perro
que ocupaba una de las sillas.
—Buen día… Me enteré de que ustedes me andaban
buscando por algún objeto perdido.
—Bueno, en realidad, lo que nos desapareció
fue… —No me atreví a decirle que nos habíamos quedado sin luna, porque no me
iba a creer, y continué: —nos desapareció algo muy importante, pero dudo que
usted nos lo pueda devolver.
El hombre de tez blanca, por demás blanca,
susurró:
— La luna— y nos miró a los ojos a uno por uno
de los que estábamos allí reunidos.
Cuando llegó al último, que fue justamente el
párroco, éste, asustado, se puso
de pie y retrocedió un paso.
—¿Y usted… y usted cómo lo sabe? Usted no es
de este pueblo.
Un silencio cortó el aire y enmudeció hasta al
triste acordeón que dejó de sonar.
El hombre agregó:
—La luna… ¡perdieron la luna y no saben cómo recuperarla!
Yo soy Doctor en Lunas, recibido en la
Universidad del Estado. Seguramente debo ser de los últimos alumnos recibidos,
ya que desde hace veintidós años esa carrera no existe más.
Si bien es cierto que no soy de este pueblo,
en la universidad teníamos una materia que se llamaba “Destinos” y que nos
enseñaba a descubrir los sitios donde la luna desaparecía.
El párroco, que creía en milagros y era una
persona de gran fe, había quedado atónito ante semejante discurso.
—Bueno— agregué mientras me secaba la
transpiración de la frente con la
manga —¿y entonces qué hacemos?
—Dejen hablar al señor— dijo el cura mientras
arrimaba su silla para sentarse al lado de aquel experto en lunas.
El hombre puso sobre sus rodillas la carpeta
que llevaba.
Volvió a mirar a los ojos a cada uno de los
que estábamos en la plaza, tomó la llave que llevaba detrás de su oreja y
destrabó el candado que encerraba la información de años de estudio.
Luego abrió la enorme tapa, como si se tratara
de un libro-cofre.
—Vamos a proceder a realizar los pasos
necesarios para recuperar o recrear el objeto perdido. En primer lugar, deben
llenar esta planilla donde figura fecha y hora de la desaparición de la luna,
actividades que cada uno de ustedes estaba realizando en ese momento, estados
de ánimos, estados de las cosechas, cultivos, etc., etc., etc.—
Eran como veinte o treinta hojas que debíamos
completar.—Cuando tengan la información lista, volveré— dijo el hombre y se
marchó por donde vino.
Nos llevó dos días y dos noches el armado de
toda la información pedida por el experto en lunas.
Firmamos todos los que habíamos participado, y
al concluir con la última rúbrica que era la del párroco, divisamos la silueta
del hombre de saco blanco frente a nosotros.
—Justo a tiempo— dije con asombro.
—Yo diría… en el tiempo justo—
agregó el recién llegado, que
guardó en su carpeta nuestras anotaciones.
Leyó la información como si se tratase de
letras en braile. Recorrió con sus dedos las hojas de arriba abajo, y hacia los
costados, y hasta el final.
Luego apoyó las puntas de los dedos en su
lustrosa calva.
De ese extraño modo parecía analizar lo leído.
Relajó su cuello haciendo rotar la cabeza
circularmente y cerró los ojos que apuntaban al cielo.
Pasados unos minutos, el hombre observó su
bibliorato.
Giró la llave del candado que se abrió.
Miles de láminas con lunas de diferentes
formas, tamaños y colores aparecieron allí adentro junto a incomprensibles
anotaciones.
Mientras daba vuelta las páginas, las lunas
saltaban al espacio y se paseaban sobre nuestras cabezas.
Algunas parecían tubos fluorescentes, de esos
que son como anillos. Otras semejaban globos de cumpleaños, pero tan frágiles
que con el mínimo roce estallaban, dejando que se esparciera una especie de
nieve muy liviana y blanca a nuestro alrededor.
Nadie en el pueblo se atrevía a decir, ni a
hacer, ni a moverse de donde se encontraba.
Ya eran cerca de las doce del mediodía. Esto
podíamos verlo en el reloj de la iglesia, que era lo único que se animaba a no
parar su rutina.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno… y las campanas
comenzaron a sonar.
El hombre extendió los brazos hacia arriba y
ordenó a sus lunas que volvieran al libro. Cerró el candado y se guardó la
llave detrás de la oreja.
En la plaza, hasta las hojas secas se habían
paralizado en el aire para no molestar.
El hombre se paró y habló:
—Siendo las doce en punto del mediodía, me
parece que es hora de almorzar, así que
los espero luego de la siesta para continuar con el trabajo.
Concluidas esas palabras, el hombre
desapareció.
Caminando por donde vino, se marchó con la
promesa de regresar.
Las hojas secas completaron su recorrido,
mientras todos suspiramos de alivio. Parecíamos pertenecer a un coro de
suspiros que acababa de realizar su primera función.
Cuando el reloj marcó las cinco de la tarde, o
sea las diecisiete horas, el hombre con cara de luna regresó.
Casi desperezándose ocupó su lugar y
dijo:—Ahora, sólo resta esperar.
—¿Esperar qué?— preguntó el párroco y agregó:
—¿Esperar a que aparezca la luna?
—No— respondió el hombre—.Sólo resta esperar a
que hagamos
Pasados diez minutos, tomó la llave que aún
estaba detrás de su oreja y abrió el candado, y abrió el libro, y abrió un
sobre que se encontraba en su interior… y abrió nuestras esperanzas e
ilusiones.
En aquel libro figuraban los sentimientos de
todos quienes habíamos rubricado sus páginas.
El hombre introdujo la mano en el sobre,
continuó con el codo y luego asomó la cabeza, y luego el torso. Tan adentro se
metió que cayó en el interior de aquel pequeño sobre de rústico papel
reciclado.
Nadie hubiera pensado en semejante accidente.
Cómo iba a ocurrir aquello, si en ese pequeñísimo envoltorio apenas cabía una
postal.
Mientras el párroco decía: “Dejen que yo me
ocupo de esto”, el hombre asomó una mano, y luego la
otra, y un pie, y luego el otro,
y su cabeza, hasta que salió por sus propios medios.
Sacudiéndose el polvo, dijo:
—Siempre me ocurre lo mismo. Cuando menos lo
espero, caigo dentro del sobre, y cuando menos lo espero, salgo de él.
La noche estaba nuevamente al acecho, y no
teníamos noticias de la luna.
—Señores, tengo la solución al problema. La
luna que ustedes perdieron está justo aquí.
—¿Aquí?— preguntamos nuevamente como un coro
con poco ensayo.
—Aquí, debajo de nosotros, en el centro de
esta plaza que hoy ocupamos. Pude verla cuando caí dentro del sobre. La noté
con un brillo algo opaco, como si se tratase de un ojo con cataratas. Debemos
apurarnos para sacarla; no
perdamos más tiempo y comencemos con la excavación.
Sin pensarlo, saltamos de nuestros asientos y
buscamos palas, y picos, y baldes, y todo lo necesario para rescatar a nuestra
luna.
El esfuerzo fue mucho, especialmente con el
interrogante de no saber qué
ocurriría.
Pero nadie lo dudó y todos ayudamos. No
queríamos que nuestra luna se apagara.
No sabíamos cómo había ocurrido este extraño
acontecimiento, ni cuán profunda estaba…
no sabíamos nada, pero nos unimos y por primera vez logramos ser “uno”.
Las horas pasaban y el amanecer estaba pronto
a llegar.
—¡Silencio!— gritó imprevistamente el hombre
con su vibrante vozarrón.
Todos permanecimos atentos a lo que estaba por
suceder.
Y un rayito mínimo de luz asomó desde la
tierra y se proyectó hacia el cielo.
La tierra bajo nuestros pies comenzó a
desmoronarse y la luz cada vez fue mayor.
—Háganse a un lado y quédense quietos… bien quietos.
Todo parecía haberse detenido. Hasta las nuevas hojas secas en el
aire parecían posar nuevamente para una fotografía.
Solamente el reloj de la iglesia siguió
adelante con sus agujas.
Cinco, cuatro, tres, dos, uno…y la campana
avisó que eran las cuatro de la mañana, y que era el momento indicado para que
la luna se ubicase sobre nosotros.
El hombre abrió su libro y repitió en voz baja
un mantra poco entendible. Tan sólo yo que estaba a su lado comprendí lo que
decía.
La luna comenzó a asomar desde la tierra.
Su luz todavía contaba con la fuerza necesaria
para continuar con vida.
Subió en lenta agonía, pero a lo largo del recorrido,
adquirió la velocidad y el brillo que había perdido.
Con asombro se nos escapó una “¡O!” bien
redonda, fascinados por la maravilla que habíamos presenciado, y dejando en
claro la falta de afinación coral que teníamos.
La luna ya estaba donde nunca debió haber
faltado.
El hombre concluyó la oración y cerró el
libro.
Apretó el candado y guardó la llave detrás de
su oreja.
Al levantarse como para regresar por donde
vino, me miró a los ojos sabiendo que solamente yo conocía el secreto de sus
palabras.
Sonrió satisfecho y se dio media vuelta.
Nunca más volvimos a verlo.
Con el tiempo me di cuenta de que debía transmitir aquel mensaje que,
“sin quererlo”, había llegado a mis oídos:
—“Tengan
confianza en lo que son y en lo que hacen.
Únanse
con un claro objetivo y esfuércense con el fin de lograrlo. La luz que buscan
está en ustedes mismos”.
Éstos fueron los versos que el extraño
visitante repitió una y otra vez hasta que la luna se ubicó en su sitio.
Hace muchos años que el hombre de cara redonda
pasó por nuestro pueblo y todavía lo extrañamos… especialmente en los momentos
en que la luna desaparece.
Sin embargo, cada vez que eso ocurre, nos
reunimos en el centro de la plaza del pueblo, y de alguna manera, juntos,
logramos recuperar la luz perdida.
______________________________________________
—Marcelo,
este
cuento me gusto mucho. Es tan simple y tan profundo que me encantó.
No
encuentro palabras que agregar, estoy en estado
de encantamiento. Gracias por la luminosidad compartida.
La
mente de los creadores tiene un chip especial,
es conmovedor.
—Querida
Mónica,
te
agradezco los conceptos y espero ansiosamente que tus palabras comiencen a
fluir.
Este
experto en lunas también es uno de mis preferidos.
Besos,
Marcelo
—Marcelo,
bueno…
como te
dije, este es uno de los cuentos que más me ha llegado.
Los
temas que atraviesa... las pérdidas, el dolor,
la impotencia y la búsqueda de alternativas posibles
para reencontrarse o reconstruir lo perdido.
Sin la
luna se había perdido el romance y el nacimiento de los niños, es decir la vida
amorosa en su esplendor.
Esta
historia me recordó la canción de Silvio Rodríguez, “El unicornio azul”, que remite a una pérdida y pide ayuda para encontrar su unicornio
cargado de sueños,
ilusiones, esperanzas...
En el
cuento llega
un especialista para ayudar a reencontrarse con
aquello perdido, para esto se genera un trabajo, se
necesita realizar una búsqueda interior.
Es
necesario responder preguntas, vincular lo
emocional y las circunstancias ambientales que
rodearon la pérdida para comprender que es lo que
este personaje, el especialista en lunas, bien podría ser
un terapeuta, un amigo, un médico o un chamán.
Un
aprendizaje como tarea grupal.
Rescato
también la idea de la necesidad de tomarse tiempo para resolver las cosas,
asociándolo en el cuento con la siesta y la digestión.
Reconstruir
lleva tiempo y la posibilidad de enseñar y transmitir
palabras plenas de sabiduría que fortifican y permiten encontrar el brillo
personal de la luz perdida, cada vez es más necesario.
—"Tener confianza
en lo que son y en lo que hacen,
unirse con un objetivo claro y esforzarse con el
fin de lograrlo, la luz que buscan esta en Ustedes mismos."
La vida puede
ponernos una y mil veces ante una pérdida, sólo que si
hemos aprendido a luchar,
lograremos reencontrar el camino de luz y seguir en él.
Los
duelos al ser transitados y procesados, junto a
otros en una tarea solidaria.
Cuando
es posible compartir el esfuerzo, confiar en los otros y en uno contando con la
ayuda de algún experto que escuche, que mire y que contenga el dolor, nos
enriquece.
Me copé
con este cuento.
Un
abrazo,
Mónica
—Mónica,
como
siempre, la lectura que vos hacés sobre mis cuentos me lleva a comprenderlos un
poco más. Gracias.
Marcelo
La fábula de Hisopo
Como si se tratara de un cuento infantil, diré
que en un pequeño baño de Buenos Aires vivía un travieso hisopo.
Durante las mañanas, dormía en su coqueta
cajita plástica junto a otros hisopos.
Desde allí observaba como la vida transcurría
de un modo sumamente limpio.
Con su cuerpito plástico flexible, se había
transformado en un experto saltarín, por lo que nada lo detenía en el momento
de querer huir de su envase. Por momentos parecía un artista del circo “Du
Soleil”. Se doblaba, tomaba impulso y… ¡ plop !, ya estaba afuera nuevamente.
Hisopo es “pequeño, peludo, suave; tan blando
por fuera, que se diría todo de algodón…” como Platero, el burrito de Juan
Ramón Jiménez.
Curiosamente, Hisopo también era del sur de
España, y un gran aficionado a la pintura.(1)
Esperaba siempre el momento posterior a los
baños de vapor que tomaba su dueña para dibujar en el espejo empañado.
Con el tiempo se interesó por la poesía.
Los espejos esmerilados por el vapor
comenzaron a describir hermosas imágenes que la dueña de casa no tardó en
descubrir.
Su nombre era Zenobia. Suena algo raro, pero
si les dijera el nombre completo no me lo creerían…: Zenobia Campubí Aymar.(2)
El hecho fue que la mujer vibraba con aquellos
poemas de tan fina rima.
Pero… ¿Quién escribía esos versos?...
Nadie vivía con ella, más que sus cosas, sus
libros y sus recuerdos, pero ¿cómo era que luego de sus baños el espejo le
devolvía semejantes alabanzas?...
Hisopo, siempre precavido, buscaba el momento
justo para no ser observado durante su inspiración poética.
Zenobia comenzó a tomar nota en un cuaderno de
lo que el espejo le regalaba.
Completó hojas y hojas con fruición, y hasta
llegó a darse sus baños dos y hasta tres veces al día.
Pero inesperadamente, la mujer enfermó. Una
grave enfermedad la había atrapado. Sin embargo, hasta último momento completó
su cuaderno de versos.
El botiquín, que tenía dos cajones, albergaba
en uno de ellos la preciada obra literaria.
Cuando Zenobia falleció, Hisopo quedó tan
triste que se recluyó en su cajita plástica para no escribir nunca más poema
alguno.(3)
Mientras este émulo de Platero, el burrito de
la infancia con quien muchos hemos convivido, envejecía, alguien encontró
aquellos versos de papel que un día nacieron.
Ese alguien los leyó.
Ese alguien se conmovió.
Ese alguien los publicó y algo mágico pasó con
ellos.
El destino quiso que ese anónimo escritor
fuera galardonado con el premio Nobel de literatura, (4) y todo fue debido a
aquella mujer de difícil nombre y a aquel pequeño, peludo y suave Hisopo de
poéticos trazos en un espejo empañado.
Quizás también, nuestro espejo pueda
devolvernos algo más que la imagen que nosotros le prestamos cada vez que nos
asomamos en él.
(1) Juan Ramón
Jiménez, nacido en el sur de
(2) Zenobia Campubí
Aymar es el verdadero nombre de la esposa del autor de “Platero y yo”.
(3) Cuando el cáncer
terminó con la vida de Zenobia, Juan R. Jiménez se recluyó en lo que respecta a
su vida social.
(4) El autor de
“Platero y yo” recibió el premio Nobel de literatura.
_________________________________________
—Marcelo,
la
fábula de hisopo, como toda fábula, nos enseña muchas
cosas. Para eso sirven, ¿no?
Ésta
tiene una particularidad: se entremezclan fábula y realidad en un telar muy
sutil.
Aprendí
que aun estando solos, la literatura, la poesía y el arte
son una buena compañía. Aprendí que el otro puede ser
motivo de inspiración y que, si no está o muere, puede
adormecerse nuestro deseo de crear.
Aprendí
que el espejo puede devolvernos imágenes muy ricas, que
bañarse también reconforta… no solo limpia.
Aprendí
a vislumbrar que algo nos trasciende después de la muerte.
Aquello
que hayamos hecho durante la vida quedará de algún modo
inscripto en el universo de los muchos o pocos con quienes hayamos compartido
nuestra existencia o nuestras obras.
Me gusto
mucho la fábula del hisopo. Cuando
utilizo el hisopo,
me sonrío recordando tus palabras; inclusive cuando veo
el vapor en el espejo, imagino poesías, frases de amor...
Pienso que el
libro “Platero y yo”, la vida de su autor
y su mujer generaron una huella profunda en tu
sensibilidad.
Marcelo,
siento que esa mezcla de creatividad en los cuentos y tu
confianza en mis palabras son los condimentos justos que me permiten volar por
caminos nuevos, sin temor y compartiendo el vuelo…
Gracias por los
cuentos y tu aliento.
Cariños,
Mónica
—Mónica,
cuando
el escritor se sienta frente a la máquina, ésta se transforma en una confidente
de lo que está ocurriendo y de lo que está por ocurrir, pero cuando el lector
se apropia de ese texto, lo hace suyo y las palabras toman vida propia.
Me
sorprende cómo un mismo cuento puede ser leído de tan diversas formas.
Esto es
lo que yo denomino “La magia del lector”.
Me
encanta compartir, como vos decís, este vuelo creativo.
Besos,
Marcelo
El fantasma de los
sentires
Durante toda mi vida consciente, me estuve preguntando acerca
de los sentires.
El odio, la alegría, la vanidad, la
indiferencia, la amistad…
¿Dónde habitan semejantes masas invisibles,
cuyo único fin es manejar a los seres?
Por las noches suelen aparecer con frecuencia.
Nunca pude verlos ni tocarlos, pero ellos sí
que me han rozado y atrapado fuertemente.
Siento que frotan mi cuerpo. Erizan mi piel y
alertan mis oídos que tratan de percibirlos.
Inseguridad, nerviosismo, ansiedades…
Las noches se transforman en eternas, plagadas
de sensaciones que revolotean en la oscuridad.
Logro escuchar los combates entre las
angustias y las esperanzas, las tristezas y las alegrías, las vanidades y la
humildad.
Siento cómo revolotean sobre mi persona y yo
no me atrevo a nada.
Defender la esperanza y la alegría y la
amistad y el amor, y… la vida…
Pero no puedo. Los otros sentimientos son más
poderosos, y no puedo…
Enciendo la lámpara.
Salgo de la cama.
Abro los ojos que, con miedo, escudriñan el
ambiente como dos mirillas buscando mi heroísmo, mi coraje, mi dignidad…
Nada.
Por lo visto, la luz transforma en invisibles
los fantasmas de la noche.
Apago el velador y me acomodo para dormir sin
luchar.
Me envuelvo en las sábanas transformándolas en
un útero muy especial.
Cierro los ojos como para meterme más dentro
de mí.
Todo parece tranquilo al principio, hasta que
un temblor me toma por los hombros… por la cabeza… y se apodera de mi estómago…
de mis brazos y piernas… y de “mí ”.
Allí estaban nuevamente, los sentires jugando
con las miserias humanas.
Llega un punto en la noche en que me
transformo en el más paralítico de los paralíticos. La hipotonía me abraza y…
el próximo paso es la muerte… que nunca llega, pero que está allí… y yo la
siento.
Por las rendijas de la persiana vienen a
rescatarme los primeros rayos de luz.
Todavía no me animo a mover ni un músculo de
mi cuerpo.
Seguro que los miedos, las angustias, las
inseguridades, andan dando vueltas muy cerca.
El día se apoderó por fin de la noche.
Mi cuerpo continúa inmóvil.
El cansancio me domina.
Extenuado pero a salvo, me duermo.
Mejor así. Debo descansar para poder afrontar
una nueva y oscura noche.
______________________________________________
—Marcelo,
me sigo deleitando
con tus cuentos.
"El
fantasma de los sentires" lo viví muy visceral y verdadero.
Este
cuento nos remite a las emociones y sensaciones que brindan consistencia a los
acontecimientos vitales.
Señala
la inevitable presencia de sentimientos opuestos, la ambivalencia que habita en
los seres humanos, el amor y el odio, la vanidad y la humildad, el temor y el
coraje...
El
protagonista cuenta sus vivencias aterradoras por las noches, las angustias,
los dolores y los miedos tomando el comando de la vida emocional.
Nos
creemos débiles, desamparados, inermes frente a nuestra sensación de estar
inundados por un malestar insoportable vinculado a lo mortífero.
Es
el sol, una luz o la voz humana, lo que ilumina nuestra oscuridad
interior, lo que nos saca de la vivencia de soledad sentida como vacío, y el terror disminuye hasta
desaparecer.
Quizás desde aquí se pueda comprender la
ingesta de tanto psicofármaco para conciliar el sueño y evitar el dolor
de esta vivencia devastadora descripta en el cuento.
Besos,
Mónica
—Querida
Mónica,
¿Quién
no ha pasado por ese miedo a la vida?
Quizás
deberíamos encontrar en el arcón de nuestro cuerpo esa confianza tan esquiva y
llena de telarañas.
Quizás
deberíamos guardar en el más profundo de los sótanos esas inseguridades que nos
arrastran a los sitios más oscuros.
Quizás
deberíamos mirar los ojos de quienes nos apoyan… tender y aceptar las manos que
nos protegen y buscar la luz que nos ilumina, en lugar de aferrarnos a la
sombra que se proyecta.
Besos,
Marcelo
La barca
La joven niña navegaba en su endeble barca de
madera.
El extenso mar que la custodiaba le generaba
gran inseguridad.
Sin rumbo, observaba hacia adelante, sin
mirar… después de todo, en el medio de aquella inmensa masa líquida no existía
un hacia adelante, ni un hacia atrás.
El bote tenía una popa y una proa que eran tan
iguales que no podían diferenciarse entre sí.
La joven niña navegaba en su endeble barca de
madera.
Las estrellas nocturnas no le servían de brújula,
ya que ella desconocía cómo utilizarlas.
Solo sabía que iba… o que estaba siempre en un
mismo lugar.
Buscaba entonces, desde aquella embarcación
que la contenía, algún sentido a su peregrinar… a su paso por la vida.
Conocía el viento, la niebla, la lluvia y el
agua.
Los sentía pasar… como pasaba ella… como
pasaba la barca… como pasaba la vida.
Mientras las nubes reflejaban el brillo de un
nuevo día que asomaba, en el horizonte se dibujó una silueta.
Como si la viera por primera vez, la niña se asombró
y repitió que algo nuevo se aproximaba a su bote.
Luego se distrajo, y en un instante, delante
de sí, en la misma embarcación, alguien la estaba visitando, y eso le dio
alegría.
“Es la primera vez que alguien me viene a ver,
nunca antes había estado acompañada”, repetía la joven cada vez que alguien
llegaba hasta su barca.
Siempre olvidaba a las visitas; después de todo, para ella era común
perderlas. Siempre se marchaban y eso la llenaba de tristeza, pero no se
atrevió a mostrarse así.
Jamás recordaba el pasado, de modo que jamás
aprendía.
Siempre se asombraba de todo, como si las
cosas nunca hubieran ocurrido.
Pero las cosas ocurrían, y ella navegaba en su
endeble barca de madera hacia… hacia allá, o hacia aquel otro lado, o hacia…
Siempre repetía: “¿Para qué llegar a
algún lugar si luego hay que marcharse de allí?”
Quizás no le importaba hacia donde viajaba, o
quizás parecía no importarle.
La mujer
recién llegada se sentó a su lado en el único tablón que servía de
asiento.
Luego de conversar el tiempo necesario, se
marchó del mismo modo en que había llegado.
El sentimiento de pérdida sobrevoló una vez
más.
La joven continuó su camino según el mar o el
océano la llevaran, jugando con peces multicolores. Ella podía reconocerlos uno
por uno, y tocarlos y jugarles, y dejarlos ir… si total no representaban ningún
compromiso. Ellos no la juzgaban, ni la cuestionaban.
Un nuevo amanecer la encontró con la vista
fija en el fondo de la barca.
Por primera vez estaba examinando el sitio que
la contenía.
Lo había descubierto, estaba tomando
conciencia de que se hallaba allí, aunque no sabía dónde.
La conciencia de su realidad le generó mayor
inseguridad y la culpa creció en ella.
Por momentos el miedo se transformaba en
pánico, hasta que el cálido sol junto a la tibia brisa la abrazaban para darle
aquella contención que tanto necesitaba.
En nuevas y varias oportunidades, la joven fue
visitada, y hasta llegó a reconocer a algunas de las personas que se allegaban
a su nave.
Nuevamente la conciencia la envolvía… intentaba
hacerla crecer, pero su angustia la paralizaba.
La brisa cálida dejó de soplar y el sol tibio
se apartó dejando lugar a una luna inmensa que se posó sobre la barca.
Entonces, ella observó que siempre había
estado acompañada por su sombra.
Una nueva toma de conciencia abrió sus ojos y
le generó más inseguridades y temores.
Quiso atrapar aquella sombra acomodada en el
piso de la barca.
Lo intentó una y otra vez, pero al ver que no
podía asirla, se irritó. El enojo se transformó en una frustración que la
violentó.
Intentó entonces destruir su sombra golpeando
el piso de madera. Con sus uñas rascó y rascó aquella sombra hasta que se quedó
dormida por el cansancio de la durísima batalla.
El agua se movió con más energía.
La joven se dio vuelta y encontró nuevamente
su sombra, que también bailaba al ritmo de la barcaza.
Esto la enfureció y una vez más trató de
atraparla para poseerla y dominarla.
Pero al ver nuevamente que esto era algo
imposible, arañó el fondo de la nave astillando la madera que se fue
debilitando igual que sus uñas y que sus fuerzas.
Cada nuevo encuentro con su sombra provocaba
un nuevo desgaste en el fondo de la barca… hasta que un día comenzó a filtrar
agua por aquel maltrato.
Ella no se daba cuenta de que su sombra era
ella… y que su barca también era ella… y que sin su sombra y sin su barca… ella
no podría ser.
Sin rumbo fijo, la barca transitaba.
Simplemente transitaba. El horizonte
continuaba sin poder divisarse.
Adelante, atrás, pasado, futuro, todo era lo
mismo.
La barca y la joven.
La barca, la joven y su sombra, que le
mostraba que ella y el otro existían y que podían convivir… o no…
La barca, la joven, su sombra y las personas
de las visitas diarias que había comenzado a recordar.
La conciencia que cada vez era mayor, y el
miedo que se transformaba en pánico.
¿Por qué da tanto miedo la realidad?
El cálido sol y la tibia brisa que aparecían
cuando ella más lo necesitaba, y que se alejaban cuando… cuando creían que era
el momento indicado.
Y el horizonte seguía intacto.
Cada tanto aparecía alguna persona que
acompañaba a la joven que parecía no querer aprender.
Cada tanto se alejaba alguna persona cansada
de acompañar a la joven que parecía no querer crecer.
Y la barca comenzó a hundirse.
Y el horizonte que se dibujaba con un lápiz de
color azul durante el día, o dorado al amanecer, o rojo intenso al llegar la
noche, para luego desdibujarse y unir al cielo y al mar en uno solo.
Parecía que la barca navegaba entre las
estrellas, y que el reflejo de ellas en la espuma de las olas chispeaba
salpicando las mejillas dormidas de la niña.
Pero ella no lograba disfrutar de aquel
espectáculo infinito… ella soñaba con su sombra y otras sombras que le
oscurecían las fantasías que buscaba y no podía alcanzar.
La barca se estaba hundiendo, y la joven niña
parecía no saberlo.
Ya pocos podían acudir en su ayuda.
Si alguien se subía a la nave, el peso
apuraría el desastre.
Dependía de ella que el naufragio fuera parte
del pasado.
Pero, ¿habría aprendido del pasado?
¿Habría registrado lo ocurrido, o la
conciencia le jugaría en contra?
Con el agua casi al cuello, la niña buscaba su
sombra en el fondo del bote, pero el mismo océano que la estaba haciendo
naufragar evitaba la llegada de su sombra.
Aquel problema que hundía su nave podía
servirle como toma de una nueva conciencia que la sacaría a flote.
En la lucha por la supervivencia, nunca estuvo
sola, ni siquiera en los peores momentos.
El cálido sol y la tibia brisa siempre
estuvieron a su lado para envolverla con el amor que finalmente podría
salvarla.
La fisura de la barca comenzó a cerrarse y el
agua decidió escurrirse.
La joven despertó a un nuevo día, más radiante
que nunca.
Cuando el sol la encandiló, giró su cabeza
hacia el otro lado, y descubrió nuevamente aquella larguísima sombra que salía
de su cuerpo.
Se quedó observándola durante algunos minutos
y la reconoció.
Era ella… y era el otro, y el otro, y volvía a
ser ella otra vez.
Acercó su mano como para… pero al darse cuenta
de que la sombra también se le había aproximado, hizo una pausa y la tocó… la
reconoció y la aceptó.
Entendió que esa sombra era la que le habían
entregado el mismo sol y la misma luna para que se reconociera en ella y en los
otros.
Una nueva conciencia le estaba llegando.
Levantó la vista y supo que ése era el camino
que debía seguir.
De algún modo, había comenzado a aprender a
leer las estrellas y a reconocer su norte.
El tibio sol y la cálida brisa abrazaron
fuertemente a la joven niña que iniciaba un nuevo camino… tratando de crecer…
tratando de volver a nacer.
_____________________________________________
—Querido
Marcelo,
este cuento
es más de lo imaginado.
Para
empezar quiero compartir con vos que se me deslizaron
algunas lágrimas mientras lo leía.
Fue un alivio,
también, leer la segunda parte, la presencia del sol y
de la brisa, cuidando a esa niña que vuelve a nacer en un estado de conciencia
y bienestar…
Rescato el tema de los enojos, como una forma
de violencia dirigida contra uno mismo, capaz de romper nuestra estructura interior y nuestros vínculos de amor.
Es de
una intensidad muy grande, es conmovedora tanto la vivencia
de naufragio como la del renacimiento. Pensé en la
importancia de apostar a la vida, de no bajar los
brazos aun frente a la adversidad, de seguir luchando,
navegando, intentando… sin prisa pero sin pausa.
Recordé
la canción “La cigarra”, donde dice: “Tantas
veces me mataron, tantas veces me morí, a mi propio entierro fui…” para
concluir diciendo: “igual que sobreviviente que vuelve de la guerra”.
Pensé en
mi hija, recordé aquellos momentos donde sentía que le costaba aprender de
la experiencia, que su barca podía hundirse…
Sin
embargo, seguimos intentando, luchando, y creo que hoy las
fisuras de su barca se están cerrando, mirando hacia un nuevo sol, una
nueva brisa que aparecen acariciando su cuerpo y el mío.
Leyendo tus cuentos
reafirmo la idea de que el arte cura y
transforma con magia el padecer en posibilidad, en nueva
oportunidad.
Gracias,
un abrazo,
Mónica
—Mónica,
escribir
este cuento me ayudó a salir de la situación de angustia por la que estaba
pasando.
Como
bien vos acabás de acotar, “el arte tiene ese mágico poder para curar el alma”.
La desazón del comienzo se transformó en un final pleno de esperanzas. Al
iniciar el relato, el viaje, sentía que la noche tan oscura unía el horizonte
del agua y del cielo haciéndolos desaparecer.
Mi única
referencia era la barca… era yo mismo…
Curiosamente,
cuando menos lo esperaba el sol dibujó el comienzo de un horizonte que tenía
todo para brillar y comencé a sentirme mejor.
Mónica,
disfruto muchísimo este intercambio de notas, y luego de cada envío, espero
ansioso el regreso de una nueva respuesta.
Besos,
Marcelo
La sombra del Malevo
La sombra es la comprobación física de que
existimos.
Quien no tiene sombra, no tiene razón de ser.
M.F.
Y justamente eso es lo que le ocurrió al
Malevo.
Aquella tarde de agobio, perdió su sombra en
una reyerta callejera.
Bajo el farol que fue testigo y cómplice del
arrebato, el Malevo se quedó solo y sin
rumbo.
El Negro del Abasto, quien se había apoderado
de la sombra de aquel hombre, caminaba por
Como no podía ser de otra manera, una rubia
había sido la razón de aquel enfrentamiento en el que Malevo se había
“des—sombrado”.
Como tampoco podría ser de otra manera, la
misma rubia había sido la razón del segundo enfrentamiento en pos de recuperar
lo perdido.
Raquel era muy bonita. Aquel andar de milonga
que la acompañaba acariciaba el empedrado mientras sus caderas daban campanadas
a cada paso.
Raquel era la figura principal del piringundín
más conocido de Almagro.
Vestido negro de profundo tajo que se juntaba
con el escote, “brillosa bijouterie barata” y un blondo cabello recién
cepillado coronaban a esta reina porteña.
Para Malevo era su vida, y siempre dijo que
vendería su alma por ella a riesgo de perder su sombra… su vida… cosa que había ocurrido unas semanas atrás.
Ahora tendría que pelear para recuperarla.
Aquella noche en que la luna se había tomado
franco, Malevo presenció, a
través de la cerradura de la puerta del cuarto de la rubia, cómo El Negro del
Abasto le propinó un indigno maltrato a su amor. Sin poder contener su interior
de arrabal, irrumpió en el albergue para terminar con aquel patético agobio.
El Negro, al ver que alguien guapeó la puerta,
desenvainó la faca de su cintura y apoyó el filo en la garganta de Raquel en
forma amenazante. En un dialecto casi inentendible, desafió entonces al Malevo
a que se enfrentaran en media hora en el farol de la esquina, mientras cortó
burlonamente los breteles del vestido de la mujer que apenas pudo tapar sus
enormes pechos.
Bajo la luz, la espera fue eterna, hasta que
una risa blanca de dientes incompletos se presentó delante de él.
Era El Negro, que con su sobredosis de sombra
iba por la batalla final.
El hombre sin sombra ya no tenía nada que
perder; sin embargo el otro…
El Malevo sabía que entre las sombras que
tenía su contendiente, una le pertenecía.
Debía prestar mucha atención cuando llegara el
momento de elegirla. Si apuñalaba su sombra, él mismo se estaría eliminando
para siempre, mas si la faca terminaba en la oscura prolongación de su rival,
recuperaría su ser y de este modo Raquel volvería a pertenecerle.
Haces de luces fluían rebotando en los filosos
cuchillos. En el fondo oscuro se movían silenciosamente algunos ojos que
cumplían el rol de espectadores.
La pelea duró poco tiempo. El Malevo, sin
dudar, sin pensar, sin mirar, eligió rápido y, atravesando una de las dos
sombras, cayó al piso duramente.
Acaso se había equivocado en la elección…
acaso había sido un acto de imprudencia lo que había hecho en ese arrebato...
El Negro del Abasto, todavía de pie y llevando la sombra sobre su piel,
sonrió y suspiró ácidamente mientras caía de boca sobre el empedrado que
terminó sacándole los pocos dientes que le quedaban.
Raquel corrió sin perder el estilo de su andar
y se arrojó sobre El Malevo implorando
por su alma. De rodillas junto a su amor, pasó la mano por detrás de la cabeza
que reposaba en el suelo y la levantó delicadamente.
La luz del farol dibujó una tenue sombra que
emanaba del hombre. Raquel supo entonces que el Malevo estaba vivo.
Al Negro del Abasto, por el contrario, se le
fue aclarando la piel.
Decenas de sombras comenzaron a disiparse
desde su cuerpo… quizás volviendo a sus legítimos dueños.
Los ojos de la noche comenzaron a llegar para
presenciar aquel mágico espectáculo.
Después, lo de siempre: la policía, el juez, la ambulancia y
aquí no había pasado nada.
La autopsia de El Negro reveló que se trataba
de un individuo nórdico de piel blanca y cabellos rojizos que había llegado a
Buenos Aires con la obsesiva tarea de apropiarse de las sombras de los
porteños. Su admiración por el alma de esta ciudad era la culpable de aquel
desvarío.
Malevo fue internado en el hospital Rivadavia,
donde se lo sometió a una gran e intensiva iluminación con el fin de que su
sombra reforzara la oscuridad que se había diluido durante la pérdida.
Raquel rezó cada noche por su hombre, mientras
esperaba el momento en que sus sombras volvieran a amarse enlazándose bajo la
luz de un nuevo burdel.
______________________________________________
—Marcelo,
respecto
al cuento "La sombra del Malevo", me gustó mucho.
Para
leerlo puse música de Piazzola de fondo, como vos me pediste, y en verdad valió
la pena.
Siento
que muestra los sentimientos más ruines y los más elevados, expresados en cada
personaje.
El
Negro, muy adecuado su nombre, personifica las emociones vinculadas al odio, el resentimiento y la envidia que
pareciera, según tu
relato, que tiñen a las personas de negro.
La
paradoja de que se trataba de un hombre blanco, que deseaba sólo poseer el
alma, la vida, el amor del otro por un egoísmo devastador.
El otro
puede ser fuente de amor, cuidado y contención, o fuente de rivalidad, odio y
muerte; si no, basta ver a Caín y Abel como metáfora de los vínculos
destructivos.
La mujer
de esta historia, amada por el malevo, era apenas un objeto de apropiación para
el negro.
La
importancia de recuperar el alma, la sombra en este caso, que le da sentido a
Me
pareció interesante el personaje de la mujer, débil, sin rumbo, enamorada del
malevo.
Tenía
algo especial; aun en los momentos más dolorosos conservaba su belleza, como un
talento.
Nos
vemos. Besos,
Mónica
—Mónica,
cuando
escribí esta historia de arrabal, jamás tuve en cuenta lo que vos me hiciste
notar. Tan sólo me puse a escribir y los personajes comenzaron a actuar por sí
solos.
Yo fui
un espectador de lujo de lo que iba aconteciendo. La música de Piazzola
engarzaba las letras de una en una, de
dos en dos y hasta de a tres juntas.
Cuando
me quise acordar, el negro ya era blanco, el malevo estaba recuperado y la
rubia se había transformado en una cenicienta porteña.
¡Qué
tal!
Mónica,
lástima que no estabas allí en el momento del duelo… te hubiera encantado.
Besos,
Marcelo
Las galochas ya no existen
Para cualquiera,
una mudanza es todo un trastorno. Desequilibra a los jóvenes... con más razón a
Tonio y Berta que, con sus noventa y dos y noventa y un años
respectivamente, debían abandonar la casa donde moraban para radicar sus
últimos instantes de vida en un asilo de ancianos.
Hasta estos años vivieron solos y sin
sobresaltos.
Los hijos, dos nenas y dos varones,
sesentones todos ellos, eran ejecutivos en diferentes países. Muy ocupados y
distantes en espacio, tiempo y alma, se habían olvidado de quienes los habían
cuidado, criado y aguantado desde que fueron semillas.
“Diario, diario”,
se escuchaba todas las mañanas y a la misma hora. Era Quique, el diariero de la
cuadra, que con su mejor sonrisa, carente de todo vestigio dentario, nos
daba las noticias.
Dentro de la casa,
léase pieza, Tonio y Berta desayunaban con la parsimonia de siempre. Pero Berta
estaba un poco más activa que de costumbre por esto de la mudanza.
Como Tonio había
roto sus anteojos (los famosos “culo de botella”) en aquella caída en que se
quebró la cadera hace un par de años, la que embalaba las pertenencias era
su compañera de vida.
Berta era dulce y hermosa, aunque llevaba
sus pesadísimos años cargados en la prominente giba que cada día la encorvaba
más.
“Berta ¿pusiste
las galochas en la caja?” preguntaba una y otra vez Tonio, obsesionado con las
repetidas inundaciones que debieron soportar en ese Palermo viejo... re-viejo.
Pero claro, Berta poco le respondía ya que
las paperas en su juventud le habían provocado una sordera ya irreversible.
“¿Pusiste las
galochas, Berta?” nuevamente se escuchaba por los rincones de la descascarada
habitación.
— Diario, diario...— pasaba de vuelta de su
recorrida Quique, con los pocos diarios y revistas que en la faja le quedaban.
—Hola, viejos— les gritaba en afectuoso
saludo.
— Hola, Quique— le
respondía Tonio, ya que Berta ni lo escuchaba.
Pero algo que
nunca antes había ocurrido llegó en el momento justo. Tonio, que venía arrastrando un resfriado
desde sus años mozos, por la falta de sus galochas, estornudó lanzando los
dientes por la ventana del cuarto.
—Salú ...— le dijo Berta.
—¡Me escuchaste!
¡¡¡Estás recuperando la audición !!!
Pero ella no
volvió a responder. Había visto pasar volando la dentadura de Tonio y supuso lo
del estornudo… porque de la vista, ella era un lince.
—Perta, Perta ...—
dijo él entonces, ya que sin sus masticadores,
—Perta, Perta ¿a dónde vas? Vení aquí...
volvé...volvé...—
Pero la ancianita
había salido a recuperar los postizos.
En su lento andar encorvado, como buscando
los años perdidos, llegó al sitio donde la sonrisa de Tonio alegraba
Nunca más pudo
estirarse, por lo que falleció en esa postura tan incómoda, casi en el mismo
momento en que Tonio se levantó de su silla gritando: —¡¡¡Perta, las galochas,
las galochas!!!
Pero la viejita
nunca pudo responderle.
El miope abuelo llegó a la puerta por
instinto, ya que su visión era casi nula. Se asomó a la calle tratando de
intuir con su olfato lo que sucedía allí afuera, pero no vio ni olió nada.
—Perta, no te
vayas, no te vayas, tráeme las galochas... no me abandones a esta altura de mi
vida.
Pero Berta no contestó porque ya no estaba.
—Perta, las galochas— se siguió escuchando
durante dos días, hasta que Tonio volvió a su silla.
—¡¡¡Te poy a
denunciar por apandono de hogar!!!— siguió gritando una y otra vez.
Tonio nunca supo
la realidad sobre Berta.
Pasadas las cuarenta
y ocho horas y debido a su frágil memoria la olvidó... hasta que comenzó a
llover fuera y dentro de la habitación.
Fue entonces
cuando la historia comenzó a narrarse nuevamente con aquel: “¡¡¡Perta...las
galochas...las galochas!!!”
Eso ocurría dentro
de la habitación, pero afuera, con su impermeable de bolsa de consorcio, pasaba
Quique.
A Berta, que todavía se hallaba en la
vereda, no la vio de tan enroscadita que estaba.
Pero cada nueva
mañana, de allí en más, la sonrisa de Quique gritando: “Diario, diario” tenía
el misterioso encanto de Tonio.
Lo cierto fue que
la dentadura le calzó justa.
Quizás fue por eso
que a los pocos meses Quique recorría las mañanas del viejo Palermo con sus
diarios bajo el brazo y gritando: “Diario, diario...¡¡¡Berta, las galochas, las
galochas!!! ... Diario, diario...”
Tonio nunca pudo
mudarse aunque las valijas quedaron hechas... y las galochas pasaron de moda.
_____________________________________________
—Marcelo,
"Las
galochas ya no existen” es un cuento extrañamente triste, contado con humor.
Pensé
nuevamente en la vejez, un tema que aparece en distintos relatos tuyos, la
debilidad del cuerpo, el deterioro de los sentidos, la pérdida de los vínculos.
Los
hijos de esta pareja de ancianos, alejados de sus padres en momentos en que
se los necesitaba tanto...
Cuando
los hijos adultos son “importantes”,
pierden quizás el mayor de los tesoros, el tiempo, como vos decís, el alma.
Es tan
común la queja por parte de los más jóvenes en relación con sus padres, “no tengo tiempo”, “no puedo, estoy ocupado”, mientras los mayores
esperan.
Muchas
veces se acomodan a la ingratitud de
aquellos hijos que quizás han sido cuidados con amor y
dedicación.
El
geriátrico puede ser vivido por el anciano como el último depósito antes de caminar el tramo
final hacia una muerte solitaria.
Sabés,
Marcelo, desde hace tiempo sueño con
armar un geriátrico, donde las personas se sientan vitales, importantes, “que
transiten su vejez con la dignidad del artista”.
Imagino
a los abuelos pintando, danzando,
expresándose en un coro o a través del
teatro; veo en mis sueños una combi que los venga a buscar para llevarlos a
algún espectáculo de tango, por ejemplo.
En fin,
un lugar donde se sientan bien,
cuidados, queridos, valiosos, donde mudarse de la casa no sea, como en este
cuento, la antesala de la muerte.
¡Cuánto
se necesitaban Tonio y Berta!, los
protagonistas de este cuento. Sólo se tenían el uno al otro.
¿Qué
será de Tonio, sin sus galochas , sin sus dientes, sin su Berta?…
¿Cómo
será la vida de cada uno de nosotros al llegar a la vejez?
Creo que
me puse triste. Besos y hasta el próximo cuento.
Mónica
—Mónica,
vos sabés que a mí, con Berta y Tonio, me
ocurre algo muy particular.
Si bien
son personajes nacidos de la fantasía, los siento totalmente reales.
Si ellos
no estuvieran, yo los extrañaría.
Curiosamente,
no siento que estén tan solos. Ellos saben que yo estoy aquí, del otro lado de
la computadora, acompañándolos, siguiendo sus pasos, mimando cada gesto por
absurdo que parezca, esforzándome por desenroscar a Berta para que intente
pararse nuevamente.
Yo sé
que ellos están allí, y ellos que yo estoy aquí … pero ambos también sabemos
que las galochas hace mucho que dejaron de existir.
Besos,
Marcelo
El luto del payaso
El payaso “salió de su casa” como todos los
días.
Éramos vecinos de toda la vida.
Desde mi ventana podía verlo pasar cada
mañana, mientras mi madre me decía que algún día presenciaría “el luto del
payaso”, quizás porque ella había conocido al padre y al abuelo del divertido
bufón del barrio de Palermo.
Chaquetón largo y brilloso cubierto de tachas,
zapatos enormes de puntas levantadas que nunca le permitieron subir a un
colectivo.
“El payaso salió de su casa”, pero éste no era
un día más.
Moño enorme capaz de girar en el momento
adecuado, sombrero con rulos y una mustia margarita vigilante en lo más alto,
guantes gastados de tanto macanear…
“El payaso salió de su casa”, donde vivió con
su madre de ciento dos años.
Y digo bien, “donde vivió”, ya que hacía un
par de días se había marchado, seguramente a contarle a todo el mundo de allá
arriba lo orgullosa que estaba de su hijo.
El payaso salió y recordó las últimas palabras
de quien lo había parido hacía más de sesenta años.
“Hijo, nunca pierdas tu alegría, tu emoción,
tus ganas de hacer reír a los más pequeños, del mismo modo que lo hacía tu
padre. Que la risa no se borre de tu piel cuando yo ya no esté. Porque cuando
desde lo alto presencie tus gracias, aplaudiré cada gesto que despiertes en
quien lo necesite.”
“El payaso salió de su casa” como… casi
como todos los días…
“Salió de su casa” como pudo…
Una lágrima dibujó sobre la pintura de su
mejilla acariciando la pena que llevaba y se posó en su redonda nariz de
payaso.
Algo había cambiado en aquel rostro
melancólico de gran sonrisa…
Quizás se trataba de su negra nariz… quizás…
En esa oportunidad comprendí el significado de
lo que mi madre me había dicho tantas veces acerca de “El luto del payaso”.
Desde mi ventana acompañé su andar con una
sonrisa algo forzada y mi tímido aplauso cerca de su corazón.
______________________________________________
—"El
luto del payaso".
Este
cuento me despertó ternura.
Sabés,
Marcelo, me puse a pensar en el legado
que recibimos de los amores que se despiden cuando
tienen que partir de nuestras vidas.
El
tesoro que se encarna en nuestro dolorido cuerpo, cuando somos capaces de
despedirlos y de incorporarlos a nuestro bagaje de vivencias…
El
payaso de este cuento se lleva la capacidad de hacer reír de su papá y de su
abuelo y la valorización de esta capacidad por parte de su mamá.
Algunas veces me encuentro reflexionando acerca de lo importante que es la vida que llevamos,
aquello que somos capaces de construir a
través de los vínculos afectivos, el trabajo, los talentos…
Esto
será probablemente la verdadera
herencia que dejemos a nuestros hijos el día de nuestra despedida
final…
En mi caso, sentí el
cuento tanto desde el lugar del payaso como desde la mamá.
Sigo
conmoviéndome con la lectura de tus cuentos. Gracias, besos,
Mónica
Laurita
Aquel viernes por la noche, mientras me
dirigía a la Iglesia del Carmen, se cruzó por mi mente Laurita.
“Laurita...” repetían mis neuronas
contagiándose de excitación dentro de mi cerebro.
De pronto, la detención inesperada del
automóvil que circulaba delante de mí me hizo clavar los frenos.
El pensamiento de Laurita salió disparado
desde mi cerebro sin un destino muy claro.
Llegué a la Iglesia justo en el momento en que
Clara, blanca y radiante como su nombre lo indica, salía del brazo de mi amigo
del alma... Sergio.
Al verlos recién casados, y no por casualidad, el
pensamiento de Laurita que después de la frenada seguía rebotando por allí,
volvió a ocupar mis pensamientos.
Con Sergio fue que compartimos la aventura de
buscarle novio a Lauri.
Así le decíamos de pibes en el barrio.
No fue fácil, porque así como era la más buena de
las minas, también era la más fea.
Pero claro, uno dice fea y te imaginás alguien más
o menos escracho, pero... pero Laurita lo más lindo que tenía era su gran
corazón.
Ése fue el motivo por el que nos solidarizamos sin
que ella lo supiera y comenzamos a planificar la hazaña, aunque más que hazaña,
parecía un milagro.
¡Debíamos buscarle novio a Laurita!
Tampoco queríamos obligar a ningún conocido ni
forzar ninguna situación.
Fue un desafío de a dos.
Durante las siete tardes de los siete días de una
semana a full, dedicamos tantas horas como pudimos para lograr el objetivo.
Repartir volantes destacando las condiciones
morales, espirituales y sensibles de Laurita no nos pareció lo más atinado.
Aunque fue lo primero en que pensamos, nos dimos cuenta a tiempo de que eso
sería como traicionar la mirada de quien se acercara a conocerla.
Publicar un aviso en el diario fue la segunda de
las ideas que surgió con cierta obviedad... aunque también fue desechada.
Tendríamos que publicar una foto de la nuca de Laurita, lo que provocaría dudas
a quienes telefonearan.
—Y si hacemos un concurso... con premio y todo...—
se atrevió a decir Sergio una tarde.
—No es mala esa propuesta...— agregué— aunque
cuando digamos que el ganador, aparte del premio, va a tener que ser el
novio oficial de Laurita, nadie va a querer anotarse... con lo que quedará
desierto el concurso y el primer premio se lo llevará “la humillación”.
Los días pasaban y el milagro parecía alejarse
cada vez más y más de nuestras cabezas. Necesitábamos una solución.
El séptimo día, nos habíamos reunido con el ánimo
gris, desahuciados y resignados a la soledad de Laurita cuando sonó el timbre.
Era el sordo que venía a ver en que andábamos.
—Es Laurita... sordo...— dijimos como murmurando y
con la vista clavada en las baldosas del patio.
Por supuesto que no entendió ni jota. Sin leer los
labios le era imposible comunicarse.
—Mírenme cuando hablan, ¡carajo!— gritó enojado y
con razón.
Levantamos las cabezas y vocalizamos
ampulosamente.
—Es Laurita...— reiteramos— Andamos buscándole
novio, pero me parece que estamos perdidos.
—¿Qué le buscan novio a Laurita?— gritó el sordo
sin darse cuenta de que había subido el volumen.— Luego pegó media vuelta y se
marchó riendo a carcajadas mientras continuó hablando: —Para encontrarle novio
a Laurita van a tener que enganchar a un ciego.
Descompuesto de risa, enfiló derecho a la puerta
de entrada, que aún permanecía entreabierta. Su satírico humor negro nos
sorprendió.
Después de que el sordo se alejara, nos miramos
con Sergio sabiendo que la solución había llegado de su mano.
Partimos entonces llenos de optimismo hacia la
academia de ciegos de San Telmo.
Cuando llegamos a la puerta, nos dimos cuenta de
que no teníamos ningún plan; entonces, café de por medio en el bar de la
esquina, nos sentamos a armar la estrategia.
—Anotá— le dije a Sergio.
—Pensemos de qué modo puede acercarse algún ciego
a Lauri.
—Pensemos por ejemplo... alguna celebración...
—O una entrega de premios de algo...
—O un baile...
—O un coro...
Fue allí que me detuve, sabiendo que ése era el
camino correcto.
Laurita se había recibido de profesora de canto, y
un coro de ciegos era lo ideal para que se conocieran.
—Su voz de ángel los cautivará inmediatamente—
acotó Sergio.
Terminamos el café y salimos tan apurados que casi
nos olvidamos de pagar.
Una vez en el instituto, pedimos hablar con el
director.
Le notificamos que la profesora de canto Laura
Cantoretti (así era su apellido) quería encargarse de organizar el coro de
jóvenes no videntes de la institución que él dirige.
“Por supuesto que la edad de los integrantes del
coro debe estar entre los veinte
y los treinta y cinco años”, agregamos sabiendo que Laurita tenía indefinidos
veintisiete años.
También tuvimos en cuenta que quien dirige el coro
siempre da la espalda al público, y Laurita de atrás estaba bastante buena, con
lo que el evento coral podría resultar exitoso.
Habiendo coordinado todo con el instituto para
ciegos, nos vimos en la tarea de comunicarle a Lauri que en aquella benemérita
entidad requerían de sus servicios aunque ad honorem, o sea, sin cobrar un
mango. Hicimos hincapié en que requerían de sus servicios por su gran capacidad
docente y talento natural.
Sabiendo del enorme corazón que ella tenía, no
tuvimos que realizar el más mínimo esfuerzo para convencerla.
Como supusimos, aceptó inmediatamente, lo que
confirmó nuestra teoría de que por dentro era una gran mujer.
“Lástima el envase”, repetía Sergio una y otra
vez.
Con los ojos cerrados, era un placer compartir una
charla con nuestra Lauri. Pero a la hora de afrontar la realidad y mirarla a
los ojos, teníamos que sacar fuerzas del más allá para no espantarnos.
Todavía recuerdo su cumpleaños de quince, donde
tuve que tomarme un “reliverán” (remedio que estabiliza el estómago impidiendo
el vómito) antes de bailar el tradicional vals con ella.
Este relato parece una cruel y despiadada
exageración, pero si se enfrentaran cara a cara con Laurita, compartirían
nuestros sentimientos.
Cuando llegó el gran día en que comenzaría con sus
clases de coro, fuimos a buscarla a su casa.
Le hicimos poner una máscara de ángel que haría
juego con su voz, con la excusa de que al llegar a aquel sitio, la sorpresa
sería mayor.
La realidad era que a mí me daba cosa circular con
ella a cara limpia.
Mientras transitábamos en el taxi los tres juntos,
el chofer preguntó si nos dirigíamos hacia algún baile de disfraces. Laurita
contestó entonces que se trataba de una sorpresa... para luego seguir contando
historias con gran calidez y buen gusto.
El taxista quedó enamorado por la hermosura
interior de la dama de la careta de ángel.
Cuando llegamos al instituto para ciegos, el
chofer nos preguntó a Sergio y a mí si éramos algo de ella, a lo que contesté
que tan sólo nos unía una amistad.
Luego, aunque nos pareció medio atrevido, le pidió
el teléfono para volver a verla en alguna otra ocasión. Ella sonrió tímidamente
y bajó del auto haciéndose la que no había escuchado.
A Sergio le molestó la actitud del chofer y aprobó
el modo en que la joven había resuelto aquel lance.
Yo, por mi parte, entreví que ésa era otra
alternativa novedosa para enganchar a Lauri... “Un verdadero baile de
disfraces”.
Las puertas del instituto se abrieron para
recibirnos.
—Buenas tardes, venimos acompañando a la nueva
profesora de coro— dijimos al director,
que fue quien nos permitió ingresar.
—Buenas tardes... y pasen, por favor... – contestó y continuó: —¿...y esa
hermosa careta, a qué se debe, señora Laura Cantoretti?
—Bien, en principio debo decirle que soy señorita,
y en segundo lugar, ésta es una sorpresa para sus alumnos que seguramente al
“verme” entrar con ...—
Y allí, Laura se dio cuenta de que los ciegos no
iban a apreciar si llevaba o no una careta.
Entonces improvisó explicando al director que iba
a pedir a los alumnos que le tocaran el rostro como reconocimiento, cosa que
les resultaría extraño, sorprendente y divertido.
Juntos rieron por aquella ocurrencia.
Caminamos por los pasillos sin decoración (después
de todo, sería inútil en aquel sitio) hasta llegar a la puerta del curso que la
estaba aguardando.
—Bueno, nos vemos luego— nos despidió Laurita.
—Acompañe a los jóvenes a la salida y muchas
gracias por su colaboración— dijo el director a una portera que justamente
pasaba por allí.
—Hasta luego... chau Laurita, y suerte.
Con estas palabras nos alejamos del edificio.
Nos instalamos en el bar de la esquina y esperamos
ansiosos la salida de nuestra amiga.
Cuatro horas de espera mostraron nuestro real
interés en ella, que salió radiante como pocas veces antes se la había visto.
En un primer momento nos alegramos, pero debimos
reconocer que los celos por tanta felicidad manifiesta comenzaron a invadirnos.
“¿A qué se debía tanta euforia?... ¿Es que acaso
con nosotros no lograba sentirse igualmente feliz?” nos cuestionamos
silenciosamente.
Pasaron dos semanas, y recién entonces nos
atrevimos a preguntarle cómo estaba... cómo le iba en el instituto para
ciegos... y en sus clases de coro...
Nos contó que había descubierto su verdadera
vocación y que, mejor aún, había encontrado el amor de su vida gracias a
nosotros.
A Sergio se le cayó encima un balde de agua fría,
tan fría como jamás antes había experimentado. Debido a la noticia, quedó
paralizado unos segundos.
¡Nuestra Laurita se había enamorado!...
También nos dimos cuenta de que ¡“alguien” se
había enamorado de ella!
Ella continuó con su relato agregando: “Y tengo
otra novedad en mi vida”.
Se la notó exultante.
La miramos como para que continúe con esta nueva
sorpresa, y entonces anunció: “Me caso en dos semanas”.
“Te felicito... lo logramos... perdón... ¡lo lograste!” agregué eufórico
mientras Sergio escondió la cara entre sus manos ocultando un espontáneo llanto.
Cuando Laurita le preguntó qué le ocurría, él se
escudó en la emoción de la gran noticia.
Pero yo que lo conocía muy bien sabía que, en aquel instante, Sergio había
descubierto su amor por Laura y también se había percatado de que la había
perdido para siempre.
Esta inesperada realidad llevó a mi compañero de
andanzas a cometer un irremediable gran error.
El vacío que le provocó aquel perdido amor,
descubierto en el mismo instante de la perdida, lo llevó al matrimonio con
Clara, que se destacaba tanto por su belleza como por su falta de cerebro. Todo
lo opuesto a Laura.
La boda se realizó en siete días.
A pesar de ello, la Iglesia del Carmen estaba
repleta de invitados.
Clara, del brazo de Sergio, recorrió la alfombra
roja en su trayecto de salida con el fondo musical del aleluya interpretado por
el coro del instituto de no videntes.
Laurita, que estaba de espaldas a la celebración,
dirigía enérgicamente sin saber quienes eran los cónyuges.
Clara lloraba feliz y emocionada, actuando para
los flashes de las cámaras, cuidando su maquillaje e indicando su mejor perfil.
Sergio caminaba con los ojos cerrados, tratando de
imaginar a nuestra... a su Laurita saliendo del brazo junto a él, sin saber que
el coro que ponía emoción a la boda era el de ella.
Jamás vi llorar tanto a una persona, y menos a un
hombre.
Los años pasaron y el interminable llanto de
Sergio lo condujo a una ceguera irreversible que, junto a otras realidades,
derivó en la disolución de su matrimonio.
Sergio, agobiado por tantas desventuras vividas,
se refugió en el arte para burlar al persistente fantasma del suicidio. Y no
por casualidad, decidió estudiar canto. El recuerdo de aquel ángel llamado
Laura lo mantenía vivo.
Lo acompañé al instituto de ciegos, donde habíamos
llevado a... ustedes ya saben de quien estoy hablando ... sabiendo que ése era un tema olvidado.
Grande fue la sorpresa al ver que ella seguía
trabajando allí.
Le dije a Sergio que nos fuéramos... que verla...
que el recuerdo... que no le iba a hacer nada bien, pero él insistió.
Aún más grande fue la sorpresa al enterarnos de
que Laura jamás había contraído matrimonio.
Nuestra amiga, que tenía fecha de casamiento la
semana posterior a la apurada boda de Sergio, nunca llegó a concretarla, debido
al impacto que le causara la noticia del enlace de su oculto amor... y amigo
llamado Sergio.
Pero como luego de aquella reunión en el bar donde
Laura nos comunicó la noticia de su boda (noticia que había provocado tanto
dolor a Sergio) nos dejamos de ver, nunca llegamos a enteramos de su frustrado
casamiento hasta aquel día.
La vida les dio una nueva oportunidad a mis dos
queridos amigos, que años más adelante se unieron en matrimonio.
Laurita seguía tan espantosa como siempre.
Incluso, los años la habían desmejorado aún más.
Pero claro, si total Sergio había quedado ciego...
Tan ciego como el amor que siempre sintió por
ella.
______________________________________________
—Marcelo,
me
llama la atención la variedad de historias que se
complementan en una forma tan creativa.
Te felicito en particular por
permitirte volar con la imaginación que fluye, como vos decís,
“entre el escritor y el papel”.
Al
terminar de leer este cuento llamado “Laurita”, lo primero que pensé,
probablemente por pertenecer al mismo género que ella,
fue si alguna vez se escribiría un cuento acerca de la fealdad de un
varón.
El
relato expresa una forma de solidaridad masculina irritante.
¿Por qué
habría que encontrarle un novio a Laurita?
A
través de algunos párrafos la sentí tan menospreciada que me dolía el alma.
Sabés,
Marcelo, en algún rincón todas las mujeres tememos ser Laurita.
La
belleza es como aquel bien "supremo" al
que casi todas las mujeres aspiramos; cuestiones de cultura, posiblemente.
¿Logros personales,
femineidad, belleza, serán conceptos entrelazados?
Las
publicidades, ya sean de autos, perfumes, detergentes o pañales,
incluyen la belleza femenina como sinónimo de éxito.
Cuántos cosméticos,
cremas y cirugías se han probado solo con
el fin de agradar como mujeres al príncipe.
¿Por
qué muchas veces buscamos ser aquello que creemos que el hombre espera de
nosotras?...
Por suerte,
la historia del cuento tiene un contenido reparador.
Prevalecen luego de diversos errores
y espejismos, a través de la mirada y la ceguera de Sergio, el
amor, la bondad, la amistad y la entrega, como valores que,
por suerte, no sufren el deterioro del tiempo.
Pensando
con un poco de humor, quien relata la historia tal vez está
un poco solo, quizás sea el muchacho feo de la
película... ja ja.
Marcelo, alguien tenía
que defender a
Besos,
Mónica
—Mónica,
me
encantó que te hayas puesto del lado de la protagonista, fue muy tierno de tu
parte y me causó mucha gracia.
También
me encantó que hayas podido querer a esta Laurita con un interior envidiable.
Yo también
la quiero mucho con su natural fealdad… algo que todos asumimos a través de la
magia de las líneas de este cuento.
Respecto
a lo que me comentás sobre escribir un cuento sobre “la fealdad del varón”,
recordá al tierno Jorobado de París… que si hubiera tenido la suerte de conocer
a Laurita, en este momento estarían comiendo perdices.
Besos,
Marcelo
La intrigante historia de
“Manuelita la tortuga”
Siempre me sentí atraído por la creatividad de
la escritora, poeta, compositora, etc., etc. y más etcéteras, María Elena
Walsh.
Es fantástico analizar su cordura y lucidez a
través de su arte.
La transposición que ha hecho desde su inconsciente hacia sus páginas escritas es
algo digno de ser estudiado.
“Manuelita la tortuga”.
Seguramente, María Elena eligió un animal
introvertido buscando liberarse de aquella característica personal.
Lenta y precavida, paciente y con una larga
vida por delante.
Un animal valiente y perseverante, con sexo
intrigante a la hora de afirmarlo.
Menospreciada por quienes no la conocen y
admirada por quienes alguna vez han tratado con una tortuga.
Con su perfil bajo, pretende pasar
inadvertida, aunque no siempre lo logra.
Dura por fuera, pero con una ternura extrema
en su interior, se ha abierto a los demás asomándose cautelosamente
desde su caparazón.
Si todavía creemos que la elección de una
tortuga para la historia de Manuelita fue azarosa, no comprendimos nada de lo
leído hasta ahora.
Manuelita había nacido en Ramos Mejía, aunque
luego se radicó en un pueblo del interior llamado Pehuajó.
Seguramente dormiría sus siestas, sacaría la
cabeza por la puerta de su casa para ver pasar a los vecinos, como era costumbre.
Pero claro… ¿qué había ocurrido en el
vecindario como para que la tortuga de la historia hubiese tenido que escapar del pueblo?
Ella, que le tenía miedo a los medios de
transporte, ya que cuando se fue a Paris realizó todo el trayecto caminando y
caminando… todo el tiempo a pie.
¡Ni que hubiera tomado clases con un tal
Moisés (que figura en el libro más leído de la historia), para cruzar el océano
abriendo las aguas!
¿De qué otro modo pudo haber llegado a la
capital francesa tan sólo caminando?
Cuánto estereotipo, cuánta transferencia
depositada en aquella pequeña tortuguita.
Seguramente la razón de la partida pocos debían
conocerla, ya que para fugarse tan lejos algo serio debió haber ocurrido.
Hace un tiempo, en uno de mis viajes
periodísticos, arribé a Pehuajó con el fin de acercarme a algunos de sus
vecinos. La respuesta fue la imaginada: “Señor Marcelo, eso de Manuelita es
puro cuento”repitieron los vecinos con desparpajo.
Pero yo sabía que había algo más que un simple
cuento.
Me había propuesto estudiar las razones
subconscientes que habían llevado a María Elena Walsh a escribir esta historia
de inocente apariencia.
Y ese traje de malaquita que casi nadie sabe
lo que significa.
¿Sería quizás una palabra en clave… una
contraseña, o quizás sea esa piedra que figura en los diccionarios?
¿Por qué elegir ese mineral, habiendo tantos
otros más conocidos?
Tal vez se deba a su conformación irregular y
fibrosa, con formas de prismas o circulares.
Hasta el momento eran todas preguntas.
Por otra parte, la malaquita era la piedra
elegida por los reyes durante siglos, ya que representaba la inteligencia.
¿Sería este un acto de soberbia de la autora?
¿Qué influencia del inconsciente había llevado a María Elena
Walsh a vestirla de aquella manera?
La malaquita, desde la antigüedad, se tomaba
como un poderoso talismán. Cuenta la historia que las mujeres embarazadas se
colocaban una de estas piedras en el vientre para facilitar el parto y que
fuera menos doloroso.
Quizás éste era el significado que la autora
le había querido dar a dicha vestimenta…con la intención de que en el parto, o
en la partida desde su pueblo, el sufrimiento fuera algo mínimo.
Pero ¿por qué habría tenido que escapar
Manuelita de Pehuajó, si tanto dolor eso le causaba?
¿De que trabajaría en el país sin “erres” para
mantenerse?
¿Trabajaría de amuleto en un sanatorio
maternal?
Las dudas se multiplican con el avance de la
investigación.
¿Cuánto trabajo tendría su “superyó” para que
no cometiera una locura?
Manuelita crecía tan lentamente que parecía no
crecer.
Curiosamente, para ella un año era un mes.
Para quienes la conocían siempre estaba igual,
pero…
¿Cuántos años tenía?
¡Quién lo sabe!
Lo cierto es que ella se sentía vieja y sola.
Estos son justamente los momentos en que no se
deben tomar medidas significativas, porque la cabeza no está clara y las
decisiones pueden ser desacertadas.
En lugar de meterse dentro de su caparazón y
aguardar, ella decidió realizar un cambio importante en su aspecto físico.
Fue entonces cuando, sin pensarlo dos veces, partió hacia París
para realizar tal transformación.
Habiendo tantos buenos cirujanos plásticos en
el país, ¿era necesario viajar tan lejos?
¿Cuál sería el real motivo de su huida?
Sin duda, ella debía evadirse de algo más,
algo que la presionaba, algo que la perturbaba de manera insoportable.
A cuadras del río Sena, en alguna clínica
clandestina de la capital europea, la pobre tortuga se hizo planchar del
derecho y del revés, se barnizó, se inyectó botox, se sacó las bolsas de los
ojos y se puso una peluca… seguramente
rubia.
¡Claro… esto era evidente!
Quería pasar inadvertida a su regreso, lo que
confirmaba una vez más que tenía pensado volver a su Pehuajó una vez cambiada
la personalidad.
La historia cuenta que Manuelita estaba
realmente irreconocible.
Parecía Michael Jackson antes y después de las
cirugías.
Su metamorfosis recordaba a la fábula donde el
gusano se transformaba en una imponente mariposa.
Tan bien se sentía con su nuevo look que le
habían propuesto hacer un programa en la televisión que se llamaría: “Hola
Manuela”, pero ella con buen tino no aceptó. Todavía tenía algunos kilitos de
más, y no soportaría las críticas.
Por otra parte, el motivo de su viaje había
concluido.
Finalmente, la hora de regresar a casa había
llegado, y aquí observamos nuevamente el espíritu de sacrificio que encarnaba
al personaje, ya que regresaría caminando del mismo modo en que se había
marchado. Un poquito caminando y otro poquitito a pie.
El subconsciente de la autora golpeaba
nuevamente mi cerebro.
Luego de tanto sufrimiento y esfuerzo, ¿para
qué volver?
¿Por qué no recorrer Europa, cosechar fama en
el exterior y radicarse luego en Mónaco, por ejemplo?
Algo había quedado pendiente en su Pehuajó que
la recibía casi con indiferencia.
Lo cierto es que Manuelita regresó tanto o más
vieja que cuando se marchó.
¿Dónde había quedado aquel barniz, y ese
planchado…?
Ni siquiera la peluca le había quedado, ya que
al pasar la aduana para regresar a la Argentina, tuvo que dejarla por no
haberla declarado.
Y al recorrer las calles de tierra de su
querido y entrañable pueblo, del que nunca tendría que haber salido, se
encontró con aquel tortugo que la había estado esperando desde su partida.
Sentadito en su silla de madera con almohadón
de mimbre.
Aquel tortugo sin nombre que jamás dejó de
pensar en ella… de esperarla.
Aquel tortugo de pocas palabras al que todo el
pueblo necesitaba.
Aquel tortugo sin nombre que jamás la olvidó.
Seguramente ése fue el motivo encubierto por
el que Manuelita partió raudamente.
Ahora sabía que no le quedaba otra alternativa
que pagar las deudas contraídas con aquel tortugo prestamista que jamás le
perdió pisada.
Pero… ¿a cuánto ascendía la deuda como para
tener que haber salido del país?
¿Sería ésa la verdadera razón de su partida?
¿Cuál habrá sido el intrincado camino que
llevó a María Elena Walsh a escribir tan descarnada historia?
¿Por qué dejar la narración inconclusa, cuando
todos en Pehuajó supieron el desenlace de aquel encuentro entre Manuelita y el
tortugo sin nombre?
¿Por qué seguir ocultando lo que ocurrió
aquella tarde en que la recién llegada regresó a su casa?
Todos sabían que detrás de ella ingresó el
tortugo, violentando la puerta que aún no se había cerrado del todo.
Todos sabían que la tomó por el cuello antes
de que ella pudiera meter su cabeza dentro del caparazón de malaquita.
Todos sabían que durante aquel esfuerzo, el
tortugo, debido a sus problemas cardíacos, cayó muerto delante de ella.
Todos sabían que Manuelita no lo había
asesinado. Ni siquiera había atinado a defenderse del agresor.
Todos lo sabían, pero nadie había hablado.
¡Yo no sé por qué!
Manuelita fue juzgada y encontrada culpable del
asesinato del tortugo sin nombre.
Aquí aparece aquel mundo del revés que en
tantas oportunidades ha pasado delante de nuestros ojos. Pocos son los que
tienen la capacidad de darse cuenta de ello.
El ocultamiento de la verdad no había
permitido llegar al final de la historia.
El tortugo más temido, más odiado y más
necesitado por el pueblo había desaparecido.
¿Cuál habría sido el motivo por el cual María
Elena Walsh no había escrito el final de esta historia?
Posiblemente la falta de pruebas era la clave que,
junto a los falsos testimonios de los vecinos, entorpeció el esclarecimiento de
los hechos.
Pero ¿qué transferencia habría hecho la autora
para no contar el final, la verdad de lo sucedido?...
Quizás María Elena Walsh había perdido
contacto con
Seguramente eso debió haber sucedido.
Quizás algún día podamos sentarnos a tomar el
té con la autora y averiguar lo ocurrido.
Por ahora, debemos contentarnos con creer que
estos versos representan tan sólo una simple y placentera canción infantil que
ha acompañado a varias generaciones de argentinos.
_______________________________________
—Marcelo,
a vos
también el arte te va a permitir mantener intacta tu
cordura y lucidez.
Estoy
tan alegre.
El cuento de Manuelita es un deleite,
despierta la sonrisa y la risa, es disparatado
y muy original, el análisis del
subconsciente de María Elena Walsh… es desopilante.
Gracias
por el placer de compartir este cuento tan diferente al que yo me
había armado, como una historia de amor no correspondido, y que la belleza pasa
por otro lado; la gran pregunta es ¿por qué lado?
Aprendí
mucho acerca de la malaquita, trataré de encontrar ese
maravilloso material como talismán para la protección contra el dolor y el
sufrimiento.
Lo
compartiré con mis seres queridos; lo mejor es protegerlos del dolor.
Pobre
Manuelita... a pesar de la malaquita, su vida fue un infierno: un
prestamista que la asediaba, un amor no correspondido, el planchado, en el
camino se perdió y en tu historia en la cárcel injustamente terminó.
Me llevo
de esta historia algunos lemas:
—Mujeres
no están condenadas a sufrir, elijan bien.
—Para
sentirse bellas hay que hacer más generosa la propia mirada y mirarnos en
los ojos de quienes nos aman.
—Hay
momentos que son injustos, inmerecidos, es imprescindible seguir luchando,
amando, cuidando.
—El
humor es un talento muy serio.
Besos,
Mónica
—Mónica,
yo voy a
aprovechar estas líneas para agradecerle a María Elena Walsh todo ese bagaje de
historias, canciones y personajes que se transformaron en un puente entre mi
infancia y mi adultez… partiendo desde
mi mamá que ya no está, mi hija adolescente y quienes algún día serán
mis nietos.
¡Aguante
Manuelita y el mundo del revés!
Besos,
Marcelo
Maradó, Maradó...
Cierro los ojos y recuerdo...
Abro los ojos y logro ver aquellos
instantes... inolvidables...
Frente a mí, se presentó mi hija diciéndome:
—Viejo... ¿Te acordás de aquellos cuentos
infantiles que escribió
— ¿El domingo?... ¿y por qué el domingo?—
pregunté con mi habitual despiste.
— El domingo es el día del niño, pá...—
respondió, harta de indicarme en que día vivimos.
Ése fue el punto de partida de nuestra misión
secreta.
Madrugada del domingo.
— Vamos, jovatón... despertate que llegó el
momento.
—¿Qué pasa, Paula ?... Hoy es domingo, no se
trabaja...
— Exactamente eso es lo que pasa... hoy es
domingo... pero hoy sí que se trabaja.
Dentro de mi cabeza, una neurona, la más
avispada por no decir la única, me recordó que no se trataba de cualquier
fecha, sino de un fin de semana muy especial.
—Andá preparannnndo el desayuuuuno que me pego
unnnna ducha y salimmmooos— dije, tratando de disimular aquel interminable
bostezo mientras ocultaba el desperezo bajo las sábanas.
Cargamos "Los cuentos de la Abuela"
en dos bolsas enormes y partimos en el viejo pero fiel Renault 11.
—Chau mami— gritó Paula desde la puerta de
calle, avisando que íbamos a volver tarde porque nos esperaba una misión
secreta.
Ver las caritas de aquellos carasucias de
Mónica Carranza cuando tomaban los cuentos era una bendición jamás imaginada.
Esto ocurría en el Parque del Centenario, que fue nuestro primer destino.
Luego recibimos los mimos de aquellos ojitos
negros brillantes que, desde sus camas en el Hospital Gutiérrez, nos alentaban.
Camino a nuestro último destino, con varios
cuentos menos, pero repletos de guiños, caricias y sonrisas, llegamos a aquella
manzana del portón gris.
—¿Será aquí?...—me pregunté en voz alta, sin
darme cuenta de que mi hija estaba a mi lado para decirme con tono de “no tenés
remedio”:— No ves aquel cartel que dice: " Hogar San José Obrero, Obra del
Padre Grassi"... etc. etc. etc.
—Bueno, entonces bajemos del auto... ¿qué
estamos esperando?
Antes de que tocáramos el timbre, una señora
muy bien puesta nos abrió cordialmente el sitio, como si hubiera estado
esperando nuestra visita.
Nos presentamos, y antes de que le
anunciáramos para qué estábamos allí, sin dejarnos hablar, nos dijo: —Apúrense
que ya va a comenzar... después tenemos tiempo para ver lo que trajeron en esas
bolsas.
Sorprendidos, cruzamos un patio enorme casi
vacío.
—Vamos, vamos, que son los últimos en llegar—
nos dijo la mujer, mientras nos tomaba por los brazos para apurar nuestro
desconcertado paso.
Llegamos justo cuando uno de los colaboradores
del lugar estaba a punto de cerrar la puerta.
Entramos entonces a una habitación de medidas
reducidas, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de gente que había
adentro.
Desde el sector donde se encontraba la angosta
puerta sin ventanas, partían las sillas de plástico de diferentes tipos y
estilos que cumplían la función de "Platea".
Si digo que las localidades estaban agotadas,
mentiría, porque el amontonamiento indicaba que se había juntado el público de
tres o cuatro funciones en aquel dichoso domingo.
Por supuesto que se trataba del festejo del
Día del Niño, organizado por los
mismos jóvenes que allí vivían.
El público era ni más ni menos que algunos de
sus familiares, amigos, colaboradores y varios caídos del catre como nosotros,
que ni nos imaginábamos aquel recibimiento.
La función estaba por comenzar.
—Silencio... siiileeencioooo...— repetía el
robusto hombre del megáfono,
tratando de imponerse con escasos resultados.
—Si no se callan no podremos arrancar con el
espectáculo... si no se sientan como corresponde y no se bajan de las sillas va
a ser imposible comenzar... y aquéllos que se están peleando en el piso en la
segunda que ya va..., ya va..., ya vaaaaaa...
Continuó saliendo la interminable voz metálica
por aquel aparato, hasta que el silencio y la calma ingresaron en el recinto.
El improvisado telón, que prolijamente había
sido armado con retazos de telas bien variadas, ocultaba el escenario que se
extendía hacia adelante.
Hacia los laterales podían observarse
diferentes detalles decorativos:
Porras de cotillón como las que se usan en los
cumpleaños estaban insertadas en los orificios producidos por el
desprendimiento del revoque que lucía impecablemente varias manos de pintura
denotando el paso del tiempo. Nadie podía negar la originalidad de lo referido,
que acompañado de los clásicos graffitis, generaba cierto clima típico de un
"Bronx Boliviano liviano".
En el mismo instante en que se apagaba la luz
y se corría el telón, un jovencito, que se encontraba a mi derecha, se levantó
de su silla y, tironeándome del pulóver, me indicó que podía sentarme. Acepté.
Luego, él hizo lo propio sobre mis rodillas.
Desde ese lugar de privilegio, me di vuelta
para observar que mi hija ya tenía también a un pequeño sobre su falda.
El foco principal iluminó el centro del
escenario, que se había
despertado por los gritos y los aplausos. Desde la mínima puerta de chapa
ubicada en el fondo, asomó por fin el presentador subiéndose el cierre del
pantalón.
Quien
manejaba las luces... o, mejor
dicho, quien dirigía la linterna principal apuntó momentáneamente hacia otro
lado tratando de salvar el difícil momento.
—Señoras y señores, hoy festejamos nuestro
día. Para ello, hemos invitado a importantes figuras del espectáculo...
esperamos que disfruten del show... y desde ya muchas, pero muchísimas gracias.
—Agrandado como el saco que le habían prestado, el conductor quiso agregar
algunas palabras improvisadas al texto estudiado de memoria, diciendo:— y al que no le gusta, que se vaya al carajo y
listo... Arranqueeemmooosssss.
Luego giró sobre sus talones y desapareció por
la misma abertura por la que había hecho su ingreso.
Al
musicalizador le dio bastante trabajo que el viejo grabador funcionara.
Entre los silbidos de sus compañeros ubicados
en la platea, logró escucharse un: —Paren che que ya va... esto es arte...
A lo que a coro le respondieron:
—Entonces andá a cagarte...
Pero las risas y burlas desaparecieron con la
llegada del sonido.
La inconfundible música de "El Potro
Rodrigo" que salía de aquel destartalado aparato musical sonaba como un
rallador. Pero a quién le importaba eso si se trataba de “El Potro”.
Tarde pero seguro, apareció en escena un joven
con el torso desnudo, un brillante pantalón corto y unos guantes de lana, imperfectos recordatorios de los
míticos guantes de box con que el cantante hacía sus apariciones en escena. Una
bata rosa de la directora del lugar redondeaba el disfraz.
Se movía igualito, y hacía la fonomímica con
seguridad e hidalguía, aunque como si estuviera escuchando otro tema.
Claro, Benito era sordo, y emulaba a la
perfección lo que había aprendido viendo la televisión.
Pero a quién le importaba eso, si el ritmo del
Potro estaba allí moviendo a todo el "improvisadísimo teatro".
El juego de luces ocupaba en el costado del
escenario un capítulo especial: otro de los jóvenes superponía diferentes
papeles de colores y acetatos brillantes delante del velador sin pantalla que
habían sacado, quién sabe de dónde, provocando los efectos especiales. No era
como el rayo láser, mas la intención estaba y valía.
Pero a quién le importaba si aquello era más o
menos profesional, si el que sonaba en aquel grabador era nada menos que el
Potro...
Y la fiesta seguía. Mientras los temas de
Rodrigo saltaban de uno a otro, los imitadores desfilaban mostrando sus innatas
condiciones bailanteras.
Es cierto que cada tanto el aparato de música
se revelaba dejando de sonar por algunos instantes...
Pero eso seguía sin tener importancia, si la
platea... si la tribuna ya coreaba aquellas letras sin la necesidad del
agonizante y casi finado grabador.
El clima era intenso, y la alegría desparramada dentro y fuera del escenario llegó al
punto máximo cuando apareció aquel... el más enrulado... el más parecido de todos al Diegote, y el coro se transformó
en una sola voz dejando oír en lo alto:
“la mano de Dios, Maradó, Maradó”...
Parecía la Bombonera festejando aquel último
golazo ante River ... o aquel campeonato del mundo donde todos levantamos la
copa sin mirar el color de nuestras manos...
El Diez y el Potro se abrazaban ante decenas
de ojos brillantes, y nosotros jugábamos a creer que era cierto... y quién sino
un necio negaría aquella realidad digna de grandes soñadores.
Cuando la lujuriosa fiesta de los sentimientos
hubo culminado, dejamos los libros de cuentos debajo de nuestras sillas de
plástic... perdón... de nuestras privilegiadas butacas y nos marchamos
tarareando aquel “Maradó, Maradó...” con el que todos habíamos estado.
Abracé a Paula y le di un beso pensando lo
ricos que habíamos sido junto a aquellos niños que tan poco parecían tener...
aquellos niños que tanto nos dieron...
Cuando finalmente abrí los ojos, el recuerdo
me encontró sentado en el fondo de casa y tarareando un sordo y desafinado: ...
Maradó, Maradó...
... de la mano de Dios... Maradó, Maradó...
...de la mano de Vos...
(En agradecimiento a los niños que aquel
día hicieron realidad el sueño de ser alguien.)
_______________________________________
—Marcelo,
si este
cuento fue una historia vivida, en principio gracias por este recuerdo tan
tierno, por Paula creciendo en un hogar donde el dar y el compartir tienen una
fuerza tan enriquecedora.
¿La abuela Nelly es tu
mamá, también escritora?
Recordaba
una frase que leí alguna vez en la vidriera de una pequeña librería ubicada
justo al lado de la escuela de mi hija, "Los hijos casi nunca nos
escuchan pero siempre nos miran".
Es una
verdad tan simple, tan profunda... cuando los padres de algún paciente
adolescente se queja:“mi hijo no me escucha...”, les digo: “ no se preocupen,
insistan, tengan paciencia, él los mira, está atento a lo que ustedes
hacen, ésa es su guía, su aprendizaje real".
Volviendo
a tu cuento, pensaba en el
significado que puede tener para una niña de clase media sentir la
experiencia de dar y disfrutar con chicos quizás más
necesitados, en lugar de quedar sola disfrutando de su juguete nuevo en el
tradicional día del niño.
Esa vivencia compartida
con su familia, percibir la propia emoción, la riqueza de las cosas simples
y el tesoro de la solidaridad como valor cotidiano.
¿Quiénes
son las personas ricas?... ¿Las que tienen más plata, las que hacen lo que más
les gusta, las que pueden compartir y disfrutar, las que transforman
creativamente la realidad… como los chicos del cuento?
Cada uno
de nosotros, sabiéndolo o
no, responde a estas preguntas a través de sus actos cotidianos.
Marcelo,
me quedé con un párrafo del cuento que me gustó mucho y me hizo recordar a algo
que pensé cuando vi la película "La vida es bella": el papá del niño
protagonista transforma la vida de un campo de concentración en un juego a
los ojos de su hijo para salvar, en principio, su mente frente al
horror de lo acontecido y luego, gracias al juego, la
vida de su hijo.
“el Diez
y el Potro se abrazaban ante decenas de ojos brillantes, y nosotros jugábamos a
creer que era cierto... y quién sino un necio negaría aquella realidad digna de
grandes soñadores”.
Besos, hasta la próxima.
Mónica
—Mónica,
este
pequeño cuento pretende devolver un poco
todo lo que aquel día nos llevamos con Paula.
La
historia existe, Paula existe, los Maradó y los Potros existen… y
Me
emocionó mucho la comparación que hiciste con la historia de “La vida es
bella”.
Como
siempre te digo, te agradezco enormemente que puedas ver el cuento que existe
debajo del cuento.
También
te transmito que me resulta muy difícil continuar escribiendo con los ojos
húmedos y el corazón apretado…
Pero si
algo puedo asegurarte es que desde ese día fui uno de los hombres más ricos del
mundo.
Todavía
hoy, cinco años después, continuamos yendo al hogar para visitar a los chicos
que nos abren las puertas del lugar, del corazón y del alma.
Mónica,
te envío un beso enorme y me despido con las primeras líneas que escribí al
comenzar esta historia:
“Cierro
los ojos y recuerdo ...
...abro
los ojos y logro ver aquellos instantes... inolvidables...”
Besos,
Marcelo
Me gusta la gente
precavida
Me gusta la gente precavida.
Aquéllos que salen teniendo en cuenta los imponderables, aquéllos que
llevan una curita, el rollo de papel higiénico, los escarbadientes, una
bombacha limpia en la cartera, algo para el mal aliento, un chicle laxante, la
clásica aspirina, y hasta el paraguas en un día de brillante sol pleno.
Uno nunca sabe… quizás, cuando hablan del noventa y nueve por ciento de
humedad, ese uno por ciento restante es el que vale…
Como decía mi abuelo Mario: “Lo que vale son los imponderables”.
Pero, sin duda, hay gente un tanto exagerada… a veces.
Circulando con mi automóvil por la ciudad, en pleno Corrientes y Callao,
delante de mí pude observar “el extremo de la previsión”.
El vehículo que me precedía llevaba en su baúl a medio abrir, o a medio
cerrar, una silla de ruedas.
Claro, le dije a mi mujer que iba junto a mí, fijate ese conductor lo que
lleva por las dudas.
Como no tuve respuesta, repetí asombrado y agregué pensando que no me había
escuchado: fijate vos que para
circular, es obligatorio llevar las balizas, el matafuego, la cuarta de
remolque… pero esto de llevar una silla de ruedas por si tenés un accidente y
si quedas paralítico, o cuadrapléjico,
es lo máximo en prevención.
Tendría que ser obligatorio, afirmé y continué: también sería útil llevar
un bastón blanco por si te quedás ciego, y una muleta por si el choque no es
tan grave como para usar
Graciela parecía ausente, como si no escuchara mis palabras. Me miraba
fijamente y con los ojos enormemente abiertos, igual que su boca.
¿Te sentís bien, Luli? le dije preocupado, como temiendo ser testigo de una
inesperada parálisis total, para la que no estaba preparado. Aquí percibí una
nueva falta de previsión de mi parte. Si estaba en lo cierto, no contaba con
aquella silla de ruedas de la que yo estaba hablando.
Ella seguía clavándome sus ojos con expresión de angustia y aparente falta
de entendimiento.
Al principio el susto fue enorme, pero como para hacerla reaccionar,
continué demostrando mi admiración por aquel otro conductor… recalcando la
admirable prevención, ya que hasta llevaba la credencial de lisiado pegada en
el vidrio trasero…
Fijate vos, por las dudas, uno nunca sabe lo que puede pasar en la calle…
Como decía mi abuelo Mario: “¡Todo el mundo está tan loco!”
______________________________________________
—Marcelo,
este
cuento despierta en mi cierto mal humor;
siento insoportable el discurso de este hombrecito.
Me
hace pensar en una bella y a la vez insoportable
metáfora, la de aquellos monólogos que tantas veces
se dan en los vínculos, donde creemos estar dialogando y
estamos irremediablemente solos, con argumentos auto-engendrados.
Cuando
nos deleitamos a veces con nuestras propias
palabras, suponiendo, por
fuera de la realidad, que el otro está presente, que nos
interesa su presencia, que le interesamos.
Cuánto monólogo imaginado
como diálogo.
El
protagonista parece un hombre frágil, que se ilusiona
con poder prever cualquier desgracia, mantener el control absoluto de lo
inevitable, y no puede siquiera percibir qué pasa a pocos centímetros de él con
su amor, su mujer, su interlocutora.
Muchas
veces la vida nos sorprende, nos pone en el camino a personas o situaciones que
cambian nuestro rumbo vital, para bien o para mal, como en este cuento.
Pienso en lo imprevisible
que es
Marcelo,
me parece increíble cómo uno se encariña, se enoja o
se identifica con los personajes de los cuentos. Es maravilloso.
Por unos instantes nuestras preocupaciones cotidianas cesan y entramos en
otro mundo de misterio y ficción.
Besos,
Mónica
—Mónica,
comparto
totalmente tu sensación de desagrado con este hombre que no logra ver más allá
de sus lentes.
También
quiero decirte que es increíble lo que ha crecido este cuento luego de tus
líneas.
Ahora me
voy a pensar un poco.
Besos,
Marcelo
Nico
La pobreza lleva, sin lugar a dudas, a los
más desprotegidos a la calle.
Éste era el caso
de Nicolás, “Piojo” para sus amigos, con los que compartía uno de los bancos
del Monumento de los Españoles para cobijarse durante las noches.
Pero Nico - así me
gustaba llamarlo a mí- era diferente del resto del grupo.
Quizás porque a su corta edad de cinco o
seis años -que ni él sabía con exactitud- vendía ramitos de jazmines de un modo
muy particular.
Iba de auto en
auto gritando: “Rosas blancas, rosas blancas para un angelito...rosas
blancas...”
La gente entonces
le decía: “Pibe, son jazmines, no rosas blancas”, y se iban riendo del pequeño.
Pero al ver que al
día siguiente Nico seguía gritando lo mismo, les causaba gracia y le terminaban
comprando algún ramito.
Así se pasaba la vida.
Luego de algunos
días o cortas semanas, ya se
transformaba en un clásico.
La gente le
gritaba: “Son jazmines, pibe, no rosas blancas”, pero él seguía con su cantito
mientras los autos le bailaban entre las delgaditas pero ágiles piernas que lo
sostenían.
Todos los días la
misma gente, la misma rutina, el mismo semáforo y los mismos jazmines.
Llegó un momento
en que mi casa parecía un puesto de flores.
Jamás pude
tirarlas. Regalé algunas, pero el resto se lo llevaba a mi mujer, que las iba
rotando y acomodando de manera diferente. Lo curioso era que nunca ninguna de
las blancas y perfumadísimas flores se marchitaba.
Nico seguía saltando de auto en auto con
total confianza, sabiendo que sus amigos lo esperaban y lo mimaban entre esas
luces verdes, amarillas y rojas.
Pasaban los días
mientras el semáforo reunía los mismos autos en los mismos horarios. Todos lo
conocíamos y nadie podía dejar de comprarle ese ramito tan personal. Se
escuchaban los comentarios de auto a auto: “Qué pibe divino”… “y qué
simpático”… “y del perfume de sus jazmines ¿qué me cuentan?”... “¡y vieron que
no se marchitan!”
Así eran todos los
días. Nadie podía deshacerse de esos particulares ramitos que parecían esperar
a su dueño.
El martes, Nico había vendido más flores
que nunca, pero el miércoles, nadie lo vio recorrer el pavimento. Ni el jueves
ni el viernes se hizo presente en su lugar de trabajo, cosa que nos tenía
preocupados a todos sus clientes.
En casa, los
jazmines comenzaban a ponerse amarillos.
A la semana se
escuchó nuevamente el clásico: “Rosas blancas, rosas blancas para un
angelito...rosas blancas...”
Lo busqué de
inmediato con la mirada, pero encontré a otro niño en su lugar.
Le pregunté por el Piojo, y me contestó con
un movimiento negativo de su cabeza. Bajé del auto y tomándolo por los hombros
le pregunte nuevamente...
—¿El Piojo?
—Un poco la
lluvia, y el semáforo que no andaba, y el extranjero ese con el autazo
importado que no lo vio...y... qué se yo, quizás sea nuestro destino el de
acabar de esa manera...
Siguió entonces
gritando: “Rosas blancas...”
Regresé a casa sin poder hablar.
La tristeza me apretaba por todas
partes mientras mi mujer acomodaba aquel último ramito de jazmines que quedaba
en pie, como queriendo resucitar
aquel corto destino llamado Nico.
______________________________________________
—Marcelo,
“Nico” es
un cuento triste, que nos hace sentir de alguna
forma responsables por la niñez abandonada.
Pensaba
en aquellas personas que viven en los márgenes, en el límite de lo humano.
Nico es
un personaje muy querible, se abría paso entre los autos y por la vida,
tenía la posibilidad de vender sus flores, de dar momentos de alegría en
los hogares de los que más recursos poseen.
También
exponía, a un mismo tiempo, su cuerpo, su fragilidad, su
indefensión como metáfora de una muerte sin peso ni valor.
Me
impactó la imagen de un auto grande, importado, que no lo ve y lo arrastra al final de su corta vida.
Recordaba
las veces que recorro las calles con la indiferencia del paisaje de lo
conocido, de los niños pobres que piden...
Muchas
veces opinamos acerca de los padres de estos niños en situación de calle,
decimos que son abandónicos, alcohólicos, manipuladores... quizás para
encontrar en las razones y opiniones alguna calma a las inexplicables
y dolorosas diferencias.
Sabés,
Marcelo, un día por la calle un chico un poquito más grande que Nico, de alrededor de ocho o nueve
años, me dio una lección que no voy a olvidar.
Vendía
repasadores a un precio que me pareció caro, le ofrecí monedas “porque
repasadores no necesito”, le
dije.
El niño
me miró con un brillo en la mirada que siempre voy a recordar y me
contestó: "Señora, yo vendo, no pido monedas” y ofendido se retiró...
Me quedé
mirándolo alejarse con tanta dignidad que sentí vergüenza.
Sabés,
ahora tengo varios repasadores comprados en la calle… sin discutir precios, claro.
Agradezco la
posibilidad de compartir,
gracias a tus cuentos, tanto las miserias como los vuelos.
Besos,
Mónica
—Mónica,
¡Qué
magia tienen los cuentos que nos disparan nuevas historias y nos llevan por los
caminos más inesperados!
Dentro
de tus pensamientos incluiste la palabra “abandónico”, y casualmente es allí
donde nació mi personaje, o el personaje de mi cuento, intentando desmembrar
aquella palabra tan dura… “Abandó—Nico.”
Gracias
por tus historias de vida.
Besos,
Marcelo
Ojo con el ciego
del fondo
“Ojo con el ciego
del fondo...” repetía incansablemente mi viejo, dejando volar esa intrigante
frase.
Desde aquel oscuro
accidente que había tenido en la abandonada casa vecina, solo se lo escuchaba
repetir aquel apretado manojo de palabras:
“Ojo con el ciego
del fondo”...
Resonaba una y
otra vez en mis oídos, como si se tratara de una intermitente luz roja que
llamaba mi atención.
Arcadio López
Urquijo era el nombre del no vidente que habitaba las oxidadas chapas que daban
forma a aquella desvencijada casilla. Su negra soledad, que hasta hacía dos
meses era compartida por su compañera,
se había transformado en un oscuro y unitario letargo.
Matilde había
fallecido por motivos desconocidos, que la justicia nunca investigó, pero eso a
nadie le importó. Tampoco le importó a nadie el accidente que postrara de por
vida a mi padre.
Solía verse al
encorvado vecino de “lentes de humo” recorrer
el largo y barroso terreno que habitaba. El alambrado que lo circundaba era el
límite de su mundo... de su inmundo mundo.
Yo pasaba horas
sentado junto a la cama de mi irreconocible viejo preguntándole una y otra vez
qué era lo que había sucedido aquella noche en que Arcadio lo había llamado. Él
solo atinaba a responder “Ojo con el ciego del fondo”... como si se tratara de
un defensivo acto reflejo.
Decidido a hacer
justicia por mano propia, y atendiendo a la monotemática frase que sin duda era
la única clave del accidente, esperé que la noche disimulara mi silueta y que
la lluvia silenciara mis movimientos. Entonces, salté el alambrado que me
separaba de la venganza.
Arcadio acababa de
incorporarse de su silla de paja ubicada en el improvisado porche de chapa.
Paso a paso, se dirigió hacia el fondo del terreno como buscando algo. Seguí
sus pisadas, que se fundían con las mías, y aquel trueno fue perfecto para
ocultar los gritos de quien intentara asesinar a mi padre.
La luz de un
relámpago brilló como único testigo de aquel especial momento, reflejándose en
los negros lentes que volaron por el aire.
Era aquel el
instante en que el “ciego del fondo” quedaba sepultado en su perimetrado mundo
de oscura tierra.
Conforme con mi
justo cometido, me dirigí esa misma noche hacia la habitación que acunaba a mi
padre. Sus ojos tenían una expresión diferente. Como si hubiera vuelto a ser el
de antes. Me sentí gratificado.
Al inclinarme
hacia él para anunciarle la buena nueva, inmediatamente pronunció las únicas
palabras que lograba emitir:“Ojo
con el ciego del fondo”, pero en esta oportunidad continuó la frase diciendo: “Ojo con el ciego del fondo... ese
pozo ciego que está en el fondo es muy peligroso... habría que taparlo antes de
que alguien tuviera un accidente igual que el mío ”... Y luego, mirándose a sí
mismo, inquirió en voz baja: “¿Qué hago en esta cama? ¿Qué me ha sucedido?”
Inmediatamente
levantó la vista para preguntarme:
“¿Y vos, hijo? ¿Qué hacés así...
todo embarrado?”
“¡El ciego!”
contesté casi sin aliento. “El ciego del fondo”...
Y me desvanecí.
_______________________________________
—Marcelo,
este
cuento me conecta con lo siniestro, lo oscuro, la soledad, el vacío.
En
particular, la relación padres e hijos, la
incomunicación,
la necesidad humana de otorgar sentido a lo percibido.
El
relato nos lleva a una situación de aislamiento afectivo: no hay personas
significativas con quienes interactuar, intercambiar ideas, evaluar situaciones
compartir dolores ni alegrías.
Este encierro
a veces condena a la persona que lo transita al padecimiento mental de otorgar
un sentido persecutorio a aquello de la realidad que le resulta incomprensible…
como en este cuento.
Pensé
en la fuerza que tienen en el hijo las palabras de su progenitor, la necesidad
de tomar venganza por mano propia frente a la miserable vida que su padre
padece, de hacer justicia fuera de la ley, con la condena a la marginalidad y a
la autodestrucción que esta situación conlleva…
Contarte
lo que siento frente a este cuento tiene el efecto de vehiculizar el malestar,
la vivencia de lo intolerable que produjo en mí su lectura.
Espero
el próximo cuento con contenidos más amorosos para aflojar la contractura del alma.
Besos,
Mónica
—Mónica,
este
cuento, con lo inesperado del desenlace y su negrura absoluta, pretende justamente que quien lo lea
atraviese el umbral de lo permitido por la sociedad.
Sentir
lo que no se debe y reconocer que los hechos aberrantes pueden partir de una
situación confusa.
Bien
hablaste vos acerca de la incomunicación dentro de la historia.
Me gustaría
leer más sobre el encierro que sentiste dentro de este cuento.
Espero
tu respuesta.
Te mando
un beso,
Marcelo
—Marcelo,
la
negrura tiene que ver con la descripción del lugar… la casa oscura del fondo. Imaginaba el lugar donde
habitan los protagonistas: sucio, abandonado, con un padre deteriorado y
balbuceante, un hijo atormentado por un
progenitor con quien intuyo por el desenlace del cuento no hubo un vínculo con predominio amoroso.
Pienso
en la negrura de la mirada, el cristal con el que miramos y damos sentido a las
cosas.
Cuando
estamos tristes, desolados, nos sentimos abandonados, tendemos a ver la vida
oscura, sin esperanzas.
Me
preguntás acerca del encierro… ¿qué salida tiene este hijo atrapado en un
vínculo de sometimiento y muerte con
relación a su papá?
Ahora
voy a salir a pasear bajo el sol, antes
de compartir el próximo cuento.
Besos,
Mónica
Seducción a cuatro
manos
La dama de rosa se lucía ante mis ojos.
Movía las manos tan grácilmente que no podía
dejar de mirarlas.
Sin duda era una diva… era hermosa…
Nos encontrábamos solos, como cada noche, el
uno al lado del otro.
Sabíamos de nuestra proximidad, pero ella
tenía su mirada perdida.
Jugaba con el agua, como si un mar cargado de
espuma se meneara delante de ella.
Yo tan sólo continuaba a su lado y observaba.
Esperaba mi momento.
La dama de rosa echó la cabeza hacia atrás y
dibujó un círculo relajando el cuello.
Los pesados cabellos me rozaron casi sin
quererlo, como cada noche.
Sus manos estaban cubiertas por unos guantes
que llegaban casi hasta los codos.
Seductora.
Como si nada ocurriese a nuestro alrededor,
tomó una de las prendas que protegían sus delicados dedos y jalando de las
puntas sacó una a la vez… dejando su piel desnuda.
Mi corazón latía y aguardaba.
Mi turno se aproximaba.
Estaba casi seguro de que en el mismo momento
en que ella dejara los guantes a un lado, me miraría a los ojos… y me diría al
oído: “Ahora te toca a vos, mi
amor”, para luego suspirar.
Mi entusiasmo creció.
Sin dudarlo, tomé el repasador que colgaba de
la tapa del horno, mientras observaba cómo habían quedado prolijamente
acomodados los guantes de goma que mi señora había apoyado sobre la mesada de
la cocina.
De inmediato, tomé los platos que ella había
acabado de lavar.
Era mi turno… era mi oportunidad de secar la
vajilla y acomodarla en la alacena como lo hacía cada noche.
Después de todo, son gustos… y sobre gustos…
_________________________________________
Marcelo,
este cuento tiene el estilo de
“Giselle”: uno va entrando lentamente por el camino de la fantasía
erótica de un hombre y de pronto se atraviesa lo cotidiano y mueve al
humor por lo inesperado.
Pensaba
en el acto de lavar los platos como un hecho casi mecánico, a
veces sobre el final del día, con ese dejo de cansancio alejado de todo atisbo
erótico.
La
vivencia de un cuerpo debilitado que apenas se sostiene
luego de un largo día cubierto de exigencias y demandas.
Maravilloso don el del poeta, capaz de encontrar
erotismo en el simple encuentro de una pareja
para lavar los platos.
Pensaba,
en contraposición, en la pobreza de las personas concretas que aun
frente a múltiples estímulos visuales, eróticos, vitales, se encuentran
incapaces de encontrar poesía.
Ahora me
despido, Marcelo. Me esperan algunos platos en la pileta...
Besos,
Mónica
No quiero que la
muerte me tome desprevenido
Mi nombre es Pablo, y con noventa y cuatro
años a cuestas, sé que es poco el tiempo que me queda por delante.
Pero esto es algo sabido y no me preocupa.
La Muerte es parte de la vida, y como podría haberlo
dicho el tango, “allá en el fondo nos va a esperar”.
Porque es justamente allí, en el fondo, donde
todos somos buenos, donde nos despojamos de nuestras miserias, y nos
maquillamos con lo mejor, para salir lindos en la foto final.
Lo único que no me gustaría es que ese día en
que la mujer de negro decida venir en mi búsqueda, me encuentre desprevenido.
Esto significa: que no me haya entrenado lo suficiente para tal fin.
Así como las embarazadas realizan ejercicios
para tener un parto placentero, yo ideé un entrenamiento para irme al otro
mundo en la mejor forma.
Lo llamé “Pilates ByeBye” y lo enseño gratis,
no como en la televisión, que tienen ese “llame ya” que sale carísimo.
Es una rutina que realizo a diario, salvo el domingo que es el día de descanso.
Mi actividad comienza por las mañanas
vistiéndome de gala con mis mejores ropas.
(No hago como la mayoría de los viejitos que
guardan las camisetas nuevas en el cajón y se ponen la de todos los días.)
Lo mismo hago con las medias, las camisas, los
calzoncillos, y con el resto de mi ropa.
En una época me vestía hasta con corbata o
moño, según la práctica a realizar.
Ahora comprendí que no hace falta tanta
elegancia. Aquello era también cosa de viejos.
Una vez que el espejo de la habitación me
devuelve mi adecuada imagen, me dirijo a la cocina y desayuno como todas las
personas.
Recién entonces doy inicio a mi rutina
especial.
Como primer paso, me siento en algún sillón
preferido y aguanto la respiración todo el tiempo que puedo. Los días en que
desayuno en exceso, los segundos son mínimos, pero cuando me acuerdo de comer
poco a la mañana, suelo retener el aire como dos minutos y diez segundos.
Esto es fundamental, ya que cuando uno se
muere deja de respirar.
A continuación, con los párpados cerrados miro
hacia arriba lo más posible, ya que dicen que cuando crepás los ojos se te van
para atrás, y no sea cosa que se te vaya un ojo sí y el otro no. Sería una
desprolijidad inaceptable después de tanto practicar.
El tercer paso, y el más importante, es mantener
una sonrisa de paz, ya que eso será el motivo de los principales comentarios en
el velatorio: “mirá qué cara de
tranquilidad que tiene”… “se ve que no sufrió nada”…
Ésta y otras frases boludas son las clásicas
que los invitados expresarán.
Ciertas veces ejercito una mueca algo
canchera, subiendo más un lado de la boca.
Esto queda muy bien, pero seguramente va a ser
bastante difícil poder hacerlo en el momento de la muerte.
Son muchas las cosas de las que uno tiene que
ocuparse en ese instante, y el tiempo para ello es demasiado breve.
El próximo paso de mi rutina es el de
mantenerme totalmente tieso.
Luego de largos entrenamientos, he descubierto
que el invierno es más apropiado que el verano porque el fresquito te relaja y
se parece más a la realidad.
Además de eso, el frío provoca congelamientos
parciales de algunas partes del cuerpo que parecen dormirse, y ello también se
asemeja bastante a lo que uno espera.
Contrariamente, en el verano, cuando el calor
aprieta, la transpiración hace que las gotas de sudor corran por
La risa es algo que está solamente reservado
para los invitados al velatorio, ya que dicen que sirve para alivianar tensiones.
Volvamos a mis prácticas.
Luego me acuesto dentro de unas cajas de
cartón, que se pueden conseguir fácilmente en el supermercado del barrio, y las
uno pacientemente con cinta de embalar.
Debemos tratar de que se asemejen lo más
posible, en forma y tamaño, a un ataúd.
Esto tiene tres utilidades. Primero, uno le
pierde miedo a estar entre esas cuatro paredes tan cercanas. Segundo, es mucho
más real que acostarse en cualquier otro lado.
La tercera ventaja es que uno tiene más noción
en el momento de ubicar las manos, ya que el continente nos marca las
referencias.
También es muy importante mantenerse quieto el
mayor tiempo que se pueda, ya que la realidad es que eso va a durar una
eternidad.
La ubicación de las manos debe ser apropiada
para que nos puedan enganchar un rosario o un ramito de flores, que tan lindo
queda.
Una vez que uno ha dominado estas técnicas por
separado, ya es momento de empezar a combinarlas.
Por ejemplo, ubiquemos los dedos entrelazados
en posición y contengamos
Uno va aprendiendo todos estos pasos y va
llegado a la perfección de los ejercicios.
De hecho, cuando se adquiere el control total de la situación y la
concentración adecuada, es el momento indicado para morirnos.
A mí, todavía me falta perfeccionar un poco
esa sonrisa tan preciada. Estoy tratando de lograr algo parecido a la que hizo
Humphrey Bogart en
También me falta un poco de práctica en el
momento de aguantar el aire. Todavía no pude llegar a los tres minutos, y esto
me preocupa, ya que es uno de los requisitos indispensables para tener una
muerte ejemplar.
Cada día de la semana, de lunes a sábado,
realizo mis prácticas con gran alegría y pongo lo mejor de mí en ellas, pero el
domingo es el día que me reservé para el reposo.
El domingo me quedo todo el día en la cama
durmiendo. Es fantástico porque me relajo de tal forma que ni veo ni siento
nada de lo que pasa a mi alrededor. No me doy cuenta ni siquiera de si estoy o
no respirando.
Ese día sí que lo aprovecho para descansar. Parezco muerto.
—Marcelo,
aquí estoy,
continuando con este ritual que es para mí esperar tus cuentos, leerlos, contarte qué me despertaron y
esperar con entusiasmo tu respuesta con la expectativa de lo nuevo, lo
desconocido.
Paso a
referirme al cuento:“No
quiero que la muerte me tome desprevenido".
De todas las prácticas de este anciano, las únicas que me
gustaron fueron el buen vestir y el
buen desayunar;
el resto sentí que era expresión de su
soledad y de su temor a
Imagino
su respuesta: “practicándola, riéndome de ella, dominándola para
perder el miedo, para reírme de los que quedaran vivos”.
Me
produjo incomodidad eso de ensayar la muerte.
En
tus cuentos,
“los que son prevenidos están como
muertos en vida”, como aquel conductor
de auto muy precavido, que se quedó
con la mujer tiesa al lado.
El
domingo, el día de descanso… el dormir para no sentir, para no percibir el
dolor del propio acontecer, quizás sea una práctica bastante común entre
mayores y entre jóvenes, que sirve para
la desconexión, para evitar las penas.
Es
como recurrir al sueño para hacerle una zancadilla al padecimiento
cotidiano.
Este
cuento es de humor negro, hace referencia a la muerte sin provocar angustia, se
trata de un juego desopilante, pero
juego al fin.
Besos,
espero tu respuesta.
Mónica
—Mónica,
vos
sabés que yo veo a este viejo como jugando y canchereándole a
Me
impresionó mucho esa frase que dice: “los que son prevenidos están como muertos
en vida”. Seguramente te referís a no disfrutar el presente por enfrentar con
tanta cautela lo que viene.
Y lo que
viene ahora es mandarte otros cuentos que seguramente estás esperando.
Disculpame
la demora pero me colgué leyendo tus apreciaciones.
Besos,
Marcelo
Sensación térmica
¡Pensar que yo solito invité al abuelo a tomar
un helado!
Aquella tarde era verdaderamente calurosa...
el récord del milenio, decían los noticieros.
Para colmo, la presión estaba baja y con la
humedad ambiente casi goteando, la sensación térmica debía ser de cincuenta
grados a la sombra.
El abuelo, sentado en su sillón hamaca de
mimbre, se meneaba plácidamente.
Lucía su gorra gris sobre la ya antiquísima
pelada que arrastraba desde su nacimiento.
Yo trataba de juntar aire de cualquier parte,
pero era como querer atrapar mariposas en la Siberia.
Me abanicaba con la revista que traía el
diario del domingo, pero el caliente aire que movía me exasperaba más y más.
Fue entonces cuando le propuse al abuelo ir a tomar un helado a “Frío Frío”,
que tiene aire acondicionado y unos silloncitos acolchados muy cómodos.
Partimos con el fin previsto.
Pero al llegar a la esquina, nos encontramos
con que todo el barrio había tenido la misma idea.
¿Cómo decirle al abuelo que nos volviéramos
sin tomar su helado de vainilla y chocolate?
Eso era imposible de pensar, por lo que saqué
un número para que me atendieran.
Teníamos el ciento ochenta, e iban recién por
el ciento veintidós.
Todo esto parecía tomar un rumbo “kafkiano”.
Por suerte, el abuelo encontró ubicación en un
banco que estaba en la vereda... si bien pegaba todo el sol, a esta altura ya
daba lo mismo.
Él, con su gorra, se había sentado tranquilamente, esperando su delicioso y
refrescante helado.
Cada tanto, miraba el viejo reloj de oro que
había traído de Italia cuando la inmigración selló su nueva ruta.
Le costaba ver la hora, porque la enfermedad
de Párkinson provocaba en sus manos un permanente movimiento de agitación.
En el barrio le habían puesto: “Nono
Castañuela”. Él se reía, porque sabía que se lo decían cariñosamente.
Pasaron dos horas y por fin me llegó el turno
de estar frente al mostrador.
—¿Cómo que se acabó el chocolate?... ¿y ahora
qué le digo al abuelo?
—Te pongo pistacho que más o menos es lo
mismo, y aparte es lo único que me queda.— me respondió el empleado.
No valía la pena iniciar ninguna discusión,
porque lo cierto era que el abuelo poco tomaba de helado servido.
—Tome,
nonito— le dije mientras le acercaba el cucurucho junto a unas servilletas de
papel.
Fue allí que comenzó una nueva historia,
calentando más todavía el clima exterior.
El abuelo, con su enfermedad, no hacía otra
cosa que sacudir el pistacho para todos lados, de modo que ya le quedaba la
mitad del cucurucho y ni siquiera le había dado una chupadita.
Cincuenta grados a la sombra, la humedad, el
helado que el nono repartía a sus vecinos más próximos, y las quejas que yo
recibía, estaban terminando con mis quebradísimos nervios.
Miré hacia todos lados, tratando de buscar
algún tipo de salida, pero la muchedumbre parecía crecer sin parar.
Marabunta era una muestra gratis de lo que
aquí estaba ocurriendo con la gente.
El abuelo seguía revoleando su helado, como si
se tratara de quien lleva el ritmo del trío Los Panchos agitando las maracas.
En síntesis: el golpe de calor que me llevó al
Hospital Pirovano fue lo que me salvó la vida, dejándome inconsciente por dos
serenos días que he olvidado por completo.
El clima comenzó a refrescar.
Mi abuelo jamás se enteró de lo ocurrido
conmigo, por lo que siguió esperando mi regreso, pensando que yo estaba en el
baño de la heladería.
La brisa que comenzó a soplar trajo aparejada
una lluvia que el nono se bancó estoicamente.
Quizás el granizo que luego golpeó su cabeza podría
haber sido un tanto más preocupante, pero su gorra gris amortiguó el impacto de
las pequeñas bolas de hielo.
Cuando salí del hospital, regresé a casa, y al
ver que el abuelo no había regresado, pensé lo peor.
Salí corriendo hasta el banco donde lo había
dejado sentado, y allí estaba... como si nada hubiera ocurrido.
—¿Cómo estás?— le pregunté con temor de que ya
no estuviera.
—Bien, muy bien— me respondió serenamente y
continuó:— ¿Qué te parece si nos tomamos otro heladito...?, pero que esta vez
sea de vainilla y chocolate.
Con lágrimas en los ojos, lo abracé y le di el gusto.
______________________________________________
—Marcelo,
en
"Sensación térmica", el tema es nuevamente la vejez, la
increíble capacidad de espera, la infinita paciencia, la
desconexión que provoca ternura en este abuelo…
La fragilidad de
los ancianos que entristece y mueve a la propia capacidad
de protección.
También
pensaba en los excesos que enferman, en este
caso representados por los consumidores de helados, el
calor agobiante y excesivo...
Me
encariñé con este nieto pendiente de cuidar y mimar a su abuelo, el caer
rendido y volver para buscarlo,
y este abuelo agradecido, pues a
pesar de su desconectada vejez, es un sabio en amores.
El viejo
sólo espera confiado el tiempo del reencuentro afectivo, que le permita el
placer de las palabras, de los gestos, de los gustos.
Creo que
esto es lo que le permite al abuelo del cuento tolerar mejor las limitaciones
corporales y mentales que toda vejez conlleva y poder conectarse con los
placeres simples de la vida.
Sabés,
Marcelo, siento que muchos de tus cuentos son un homenaje a los
ancianos, a los marginados, a los diferentes, a los más
débiles, brindándoles a través de tus palabras un lugar
de privilegio.
Viene a
mi mente una película de Pino Solanas cuyo título resume lo que
quiero expresar respecto a tus cuentos. Se llama "La Dignidad de los
nadie"
Un
fuerte abrazo,
Mónica
—Mónica,
voy a
tomar esto último que dijiste y lo voy a escribir en primera persona: “Muchos
de mis cuentos son un homenaje a los ancianos, a los marginados, a los
diferentes, a los más débiles, brindándoles a través de mis palabras un lugar
de privilegio” y voy a agregar: “y de especial cuidado”.
Gracias
por interpretar tan claramente la esencia de mis cuentos y por compartirla de
una manera tan personal.
Besos,
Marcelo
Un instante
El sol acariciaba las cortinas de voile de la
habitación dando calidez a la fría tarde otoñal.
Paula dormía en la
cama grande cuando me acerqué para taparla mimosamente con el cubrecamas hasta
el cuello. Siempre me encantó cumplir con mi función de papá… después de todo,
era mi única hija.
Este clima me
transportó a mis ocho o nueve años, cuando dormía la siesta con mi viejita en
esas tardes tan especiales que la infancia nos regalaba.
El mismo perfume, el
mismo fresco y la misma suavidad del acolchado entre los pliegues del cuello.
Recuerdo entonces el
prolongado silbato del heladero, que con su bicicleta recorría el empedrado de
Mamá me daba entonces
algunas moneditas y yo corría hacia el balcón para comprar aquellos dos
bombones helados de crema con cobertura de chocolate.
“¡Heladero!”, gritaba
con todas mis fuerzas. “Dos bombones...
¡¡¡acá arriba!!!”
Yo preparaba la
canastita de mimbre, presta para esa ocasión, añadiéndole un largo piolín a su
manija.
Desde el tercero y
último piso del edificio, deslizaba el cordel con el dinero apretado por un
broche.
El heladero lo tomaba
y depositaba en el interior del cesto los dos riquísimos helados.
¡Qué momento de
lujuria…qué fiesta para los “sentidos”!
El mismo aroma, el
mismo clima y la misma suavidad del acolchado acariciaban los pliegues de mi
cuello.
Por un instante me vi
reflejado en mi hija y disfruté nuevamente de esos riquísimos bombones, aunque
el prolongado silbato del heladero hace ya tiempo que se marchó para siempre.
______________________________________________
—Marcelo,
este
cuento es, como vos decís, “una fiesta para los sentidos”.
Aquí aparece la
ternura que despiertan los hijos, quienes reactivan, con su sola
presencia, vivencias de la propia infancia. Para cuidar y amar,
debemos guardar en el arcón de los recuerdos tiempos de haber sido amados,
cuidados, rodeados de diversas caricias para el alma.
Recuerdo
a mi abuelo, el amoroso encargado de llevarme los sábados a la plaza… en
particular, a las hamacas,
mientras mi mamá y mi abuela, una viejecita de edad incierta, hablaban de
cosas, para mí, entre
incomprensibles y aburridas.
Mi
abuelo me ofrecía la aventura de hamacarme bien alto, bien alto,
justo hasta poder tocar el cielo con la punta de mis pies, y antes de
volver a casa me daba una tira larga de caramelos de distintos y luminosos
colores. Invariablemente me decía: “No le cuentes a tu mamá. Son
muchos. Guardalos”.
Así compartíamos el secreto de esta
aventura hasta el sábado siguiente, cuando yo diría con mi mayor
entusiasmo, mientras apretaba su fuerte y protectora mano, “Vamos a la
plaza, abuelo”.
Pienso en
la abuela de tu cuento (tu viejita),
que logra transformar el tiempo de la siesta en un espacio existencial
inolvidable.
Sabés,
Marcelo, muchas veces cuando los adultos recordamos momentos bellos de la
infancia, de amor, de juego y ternura, los abuelos adquieren en
general una relevancia enorme.
Me
despido recordando el placer de mi hija por las hamacas. ¡Qué increíble!...
Besos,
Mónica
—
Mónica,
cuando
veo lo que cada cuento mueve en vos, y especialmente éste, entiendo muchísimo
más el valor de una pequeña historia capaz de remontarnos a otros tiempos y
lugares a los que jamás pensábamos que regresaríamos.
También
me sorprende tu capacidad de ingresar al cuento desde el interior del mismo…
situándote en el alma misma de la historia.
Besos,
Marcelo
Sentado frente a
su hijo, el hombre habló:
—Hijo mío, la vida es una sola y debemos
aprovecharla.
Yo no llegué a donde hoy estoy porque sí.
Trabajé duro para ello y sabía que en algún
momento ocuparía este lugar.
Estudié años enteros, di mis primeros pasos,
realicé mis primeras experiencias y aquí estoy.
Nada es gratis en la vida, todo debes
ganártelo con el esfuerzo y el sacrificio diario.
Y como verás, aquí me ves donde siempre debí
haber estado.
Una puerta se abrió para luego cerrarse.
Alguien había ingresado al recinto.
—¿Qué sucede?— preguntó el padre girando su
cabeza.
—Ya es la hora, papá… La visita
ha terminado— se adelantó a
responder el hijo antes de que lo hiciera el guardia de la penitenciaría.
—Hasta mañana, papá.
—Hasta mañana, hijo.
______________________________________________
—Marcelo,
en este
cuento aparece nuevamente el impacto de lo inesperado, lo
nuevo en la cadena de pensamientos posibles. Es como que de pronto nuestra
mente debe girar, dejar de transitar el apacible camino de las palabras
conocidas.
En mí
se abre un abanico de preguntas...
¿Será que siempre el
discurso de los padres frente a los hijos se parece tanto, sin importar dónde
estemos ubicados?
¿El
deseo de enseñar, de transmitir experiencia, será una fuerza incoercible aun
como en este caso, en que lo transmitido es vergonzante?
¿Cómo
será el peso de la palabra de un papá en situación marginal respecto a la ley?
Marcelo, las
respuestas serán conjeturas más o menos posibles, pero me falta saber
qué pasó con ese hijo a través de los años...
¿Un
misterio?...
Besos,
Mónica
—Mónica,
cuántas
preguntas y qué interesante sería poder responderlas.
Seguramente
al hijo le debe haber ido bastante mejor que al padre… si utilizó su ejemplo
para no seguirlo. Porque de eso se trata:
los padres nos pueden enseñar también con malos ejemplos. Dependerá de nosotros
cómo tomarlos.
El hijo
de esta historia no se comunicó nunca más conmigo, pero podríamos llegar a
saber de él si lo buscamos en alguno de los otros cuentos.
Besos,
Marcelo
Ya mando un remís
para buscarte
Sonó el teléfono y el hombre atendió el
llamado con un simple: —Hola.
— ¿Quién habla? ¿Marcelo?— se escuchó del otro
lado de la línea.
—¿Quién habla?— contestó el joven
repreguntando sin haber reconocido aquella voz grave.
—Soy San Pedro, y quería avisarte que en
quince minutos pasamos a buscarte... te llegó la hora.
—Pero... todavía soy joven... tengo mucho por
vivir, debo formar una familia, tener hijos...
—En quince minutos estamos allí. El remís ya
va saliendo— repitió quien llamaba y cortó la comunicación.
Con desesperación, el hombre, a medio vestir,
salió corriendo de la casa de su hermano. Tenía que huir de San Pedro y de sus
secuaces del cielo que venían a buscarlo... vaya a saber por qué con tanta
anticipación.
Corrió durante cinco minutos y luego descansó
en un banco de
Vio entonces a un señor de larga barba blanca
que con paso firme se dirigía justo hacia donde él intentaba recuperar el
aliento.
Suponiendo de quién se trataba, pero algo
confundido, el muchacho se paró como si hubiera visto al mismo diablo... o
mejor dicho, al mismo San Pedro.
Salió corriendo hacia un nuevo destino que lo
protegiera de ese encuentro final.
Ya habían transcurrido diez minutos sin que el
barbudo personaje diera señales de vida.
—Estoy salvado...— se repetía una y otra vez—.
Estoy salvado...
Cinco eternos minutos lo separaban de la
muerte.
El reloj que se encontraba frente al Monumento
de los Españoles marcaba los latidos que su pecho apenas lograba controlar.
Cuando tan sólo eran treinta los segundos
restantes para la hora señalada, observó al delgado y harapiento espectro que
nuevamente se aproximaba.
Marchaba nuevamente hacia el joven con el fin
de pedirle el pasaporte de partida.
Pero aquel muchacho estaba decidido a no
entregarse tan fácilmente.
Se puso de pie y emprendió la última
carrera... El tiempo de la profecía se estaba acabando... y el anciano ya no
podría alcanzarlo.
Con aire victorioso, corrió sin dejar de
observar a su perseguidor, atravesando
El golpe que recibió el joven fue leve pero
certero. A San Pedro no le gustaban las muertes espectaculares, pero se
aseguraba de no fallar.
Antes de que el muchacho cerrara los ojos,
pudo ver como el delgado personaje se le acercaba.
—Soy San Pedro y los quince minutos ya
pasaron.— le dijo al oído.
A lo que el joven respondió:
—Y yo soy Jorge, el hermano mellizo de
Marcelo... y por esto a vos hoy seguro que te rajan del laburo...
______________________________________________
—Marcelo,
qué
decirte de lo tragicómico de esta historia… Parece un chiste en forma de
cuento.
Los
mellizos… Siempre me impresionó pensar que la naturaleza podía generar
dos seres tan iguales. Cuando los veo en esos carritos de paseo de
bebes hay algo de maravilla e impacto frente al otro idéntico… el espejo
de la vida…
¿Cómo
será constituirse como persona junto a otro igual?
Los
padres… ¿cómo ayudarán a construir las
diferencias?
¿Se
equivocarán los maestros y profesores… se confundirán las parejas
como en este caso de San Pedro?...
¡Cuántas
maneras diversas de abordar el tema de la muerte!
En este
cuento aparece como un destino donde no cabe huir sino aceptar.
A veces,
cuando se trata de niños y jóvenes, parece un error, una injusticia,
una mala jugada de la existencia.
El
remate de este cuento es lo que lo transforma en cómico. Un santo… ¿humanizado?
Una persona que muere y a través de su muerte logra algo del sabor dulce
de la venganza.
Besos y
hasta la próxima,
Mónica
—Mónica,
seguramente
la vida es el cuento que pretende escribir algún Dios mientras nosotros
tratamos de borronearle las páginas.
¿Será,
como vos decís, un gran chiste?
Este
cuento comienza con una falta de comunicación, inseguridades y miedo al “qué
vendrá”, que nos lleva a un final equívoco.
Nos
habla de la supuesta existencia de un absurdo destino escrito y de una
naturaleza que clona la fachada de los mellizos.
Yo
entiendo que el destino lo hacemos cada día de nuestras vidas dependiendo de
nosotros y de nuestras circunstancias, como dijo alguien por allí.
Ahora me
voy a seguir con mi historia personal. No vaya a ser que algún San Pedro pase a
buscarme sin aviso previo.
Por las
dudas, ya desconecté el teléfono.
Besos,
Marcelo
Todo por los ciento cuarenta y siete miserables pesos
Y adelantándome a los acontecimientos, les
digo que si estoy contándoles esta historia, significa que logré salir del
encierro.
Todo comenzó cuando entré al Banco Provincia
con el fin de cobrar mi jubilación de ciento cuarenta y siete miserables pesos.
Eran las diez y quince horas.
Luego de subir con bastante dificultad la
escalinata, llegué hasta la puerta giratoria.
Allí, preferí hacer un alto para reponerme, ya
que con 92 años, gota, artritis y una artrosis que estaba en su mejor momento,
no hubiera podido continuar de inmediato.
“La ayudo, abuela”, me decía la gente que tan amablemente se detenía al ver
mi estado.
Por supuesto que no acepté, ya que me sentía
más segura avanzando por mis propios medios.
Pasaron diez minutos. Me animé a ingresar por
aquella puerta giratoria.
Esperé a que nadie estuviera dentro de ella.
Finalmente me ubiqué en uno de los cuatro
compartimentos en que se divide. Me tomé fuertemente del pasamanos y esperé a
que alguien más entrara o saliera.
Yo sola no tenía la fuerza necesaria para
darle el primer envión de arranque.
No pasó mucho tiempo hasta que ingresó a la
puerta giratoria un hombre joven y robusto. Lucía un gesto de enojo y
enérgicamente empujó el pasamanos provocando la rotación violenta de aquella
especie de calesita.
La puerta daba vueltas y más vueltas. El señor
salió... sí, pero yo... quedé atrapada en aquel molinete.
No atiné a salir a tiempo.
La puerta siguió girando con otras personas
que entraban y salían del banco, mientras yo caminaba y caminaba en ese
circuito circular que parecía no tener fin.
Agotada... exhausta... me aferré al pasamanos
como si se tratase de mi único salvavidas.
Por momentos, la gente dejaba de entrar y salir.
Era entonces cuando me preparaba para escapar. Pero esos instantes tan breves
no me daban el tiempo necesario para huir del encierro.
Intenté pedir ayuda con los gestos de mi cara.
“Socorrrro, auxillllioooop, ayiudeñmbrreee”, pero la gente me saludaba confundiendo
mi actitud.
Con tantas morisquetas que hice, se me
escaparon los dientes postizos, que en lugar de trabar la puerta, salieron
disparados hacia adentro del banco como si hubieran tenido rueditas.
Finalmente, siendo las quince horas, y
habiendo caminado en círculo alrededor de cinco horas, sin llegar a ningún
lugar, sin cobrar mi jubilación, y con la dentadura vaya a saber dónde,
apareció el hombre de seguridad.
Frenó la puerta liberándome de aquel encierro.
—Grracias aghente... no sabbbe cuánnto le agrrradezcooo...”— le dije sin
suponer que no me entendería ni jota.
Lamentablemente, estaba parada del lado de
afuera del banco y una vez más, el policía de guardia me dijo:
—Señora... abuela... mire que el banco acaba
de cerrar su puerta. Vuelva mañana... pero más temprano... antes de que termine
el horario de atención al público.
—Gracias m´hijo— le respondí sin darme mucha
cuenta de lo ocurrido.
_______________________________________
—Marcelo,
este
cuento me hizo acordar a “Las galochas ya no existen”: el tema de la
vejez nuevamente.
Una
mirada que tiñe de humor la tragedia de ser viejo en algunas situaciones como
ésta, donde la soledad, el desamparo, la falta de cuidado social y
familiar, arrojan al anciano a una situación de inermidad.
Muchas
veces, cuando el viejo muestra su deterioro físico y mental, despierta en nosotros el deseo de
ayudarlo, y otras,
lamentablemente, la indiferencia, el abandono, así como el vacío de miradas
benevolentes, pues nos reenvía como un espejo a nuestra propia y a veces
insoportable vejez.
Pensando
en este cuento, se me ocurría la posibilidad de dictar una ley donde las
jubilaciones sean cobradas por los abuelos en sus hogares, como una forma
de protegerlos y evitar esas colas infinitas que nos llenan de vergüenza y de
frío.
Diputados, tomad
nota de este cuento. Todos seremos viejos, en el mejor de los casos, algún día.
A propósito,
Marcelo...¿el valor de la jubilación no quedó un poco
desactualizado?
Besos,
Mónica
—Mónica,
seguramente
el valor de esta jubilación quedó tan desactualizado como el alma de quienes
deberían encargarse del tema.
Como
verás, estas historias donde la vejez queda desprotegida ante una sociedad
indiferente me atraen muchísimo.
Escribir
estos cuentos en que el cuidado de los indefensos depende de mí me tranquiliza.
Puedo
así resaltar su ternura, paciencia, resignación y optimismo luchando contra las
adversidades cotidianas.
Quizás
sean el reflejo de mis abuelos… maestros del verdadero amor a la vida.
Te mando
un beso,
Marcelo
Una historia de
amor
Esta
pequeña historia es un modesto agradecimiento a la artista y maestra de
Danzaterapia, María Fux.
Siempre me pregunté cuál era el origen de los
más conocidos cuentos infantiles.
Profundas y enmarañadas investigaciones me
llevaron a la siguiente conclusión.
Algunos de ellos eran simple imaginación
fluyendo entre algún escritor y su papel.
En otros casos, se trataba del relato
tergiversado de alguna historia real.
Tal es el caso del conocido cuento “Caperucita
y el lobo”.
Prepárense entonces, para leer la mágica
realidad de esta historia.
Originalmente, en un lejano sitio ubicado en
el continente asiático, nació una niña que creció entre el amor y la dureza
cotidiana de fines del siglo diecinueve.
Emma era su nombre.
A los cinco años se marchó de su Rusia natal
junto a la familia.
El buque que la transportó hacia el continente
americano, más precisamente hacia la Argentina, atravesó tempestades
indescriptibles.
Padeció el subir y bajar de las olas
atlánticas más desafiantes. ¡Todo un aprendizaje de vida!
Por momentos uno está en lo más alto y luego
tan abajo que da miedo.
El agua mostraba un incansable ritmo que se
aferró a la piel de
Los latidos del corazón, el fluir de la
respiración y los sonidos de la naturaleza fueron los primeros ritmos que
conoció.
Más adelante creció y cantó con la pasión del
sentimiento.
Joven aún, contrajo matrimonio y tuvo hijos.
Aquí comienza entonces una nueva historia
dentro de la historia.
De su vientre nació una niña a la que llamaron
“María Caperrucita Fuxia”.
Tan especial era su nombre como la pequeña que
lo llevaba.
Solía vérsela vestida con un conjuntito de
capa y capucha color fucsia.
De allí su creativo nombre.
Una mañana, Caperrucita Fuxia salió con su
canastita cargada de las más bellas melodías.
Su mamá le había dicho: “Debes llevar ese
alimento y repartirlo a quienes más lo necesiten. A mí me gustaría acompañarte,
pero con esta pierna dura, debido a la quebradura de mi rótula, me es
imposible”.
María Caperrucita le dio un beso en la mejilla a
su mamá y salió cantando y bailando de su casa sin saber muy bien hacia dónde
ir.
Había dejado su capucha y el resto de su
indumentaria para vestir unas cómodas y muy amigables túnicas de las que jamás
se desprendió.
Observó hacia fuera de la casa y se repitió una y
otra vez: “Tengo que crecer... tengo que crecer... tengo que crecer...”
El viaje sin fin había comenzado.
Sus ojitos claros brillaron y se movieron
rápidamente hacia la derecha y luego hacia la izquierda buscando su camino.
Comprendió entonces que el sitio no era lo
importante.
Las personas a las que debía entregar su ritmo
serían su camino.
Bailó y bailó por un sendero, que luego se
transformó en lo que hoy conocemos como
Detrás de los árboles y de los matorrales, la
gente la observaba sin comprender lo que hacía... la miraban como lobos
desconfiados.
Sabían que en la canastita llevaba algo de un
valor incalculable, pero no tenían idea de qué se trataba.
En más de una oportunidad intentaron
arrebatarle su tesoro, pero ella supo manejar la situación y salir airosa.
Una luz propia iluminaba el sinuoso camino
lleno de estrellas.
María tomaba esos puntos brillantes del aire y
se los ponía en el cuerpo, y los repartía como si se tratara de bombones.
Luego los unía en líneas como si se tratara de
collares que regalaba a la gente que se le acercaba.
Armaba senderos con cañas y elásticos y los
recorría de ida y de vuelta.
Desataba nudos invisibles que se interponían
entorpeciendo su rumbo.
Armaba burbujas transparentes para
transformarlas en casitas, mansiones y castillos de otros cuentos infantiles.
Buscaba la ternura en todas partes y la
encontraba, y la disfrutaba... y la compartía... y la volvía a disfrutar.
Su madre ya le había advertido acerca de la
gente insensible que no comprendería el arte que ella llevaba en su humilde
canastita.
Le había dicho entonces: “Caperrucita mía, tú
debes seguir adelante a pesar de los obstáculos que se te presenten. Tu ángel
recorrerá el mundo como jamás podrás imaginarlo.
El tiempo pasó y hoy María Caperrucita Fuxia
está por cumplir sus jóvenes ochenta y cinco añitos.
Como su madre Emma le había pronosticado, en
este siglo veintiuno, el mundo entero la aplaude de pie mientras ella sigue
danzando y cosechando admiración, afecto y muchísimos mimos.
Ya no camina sola por aquel primer sendero de
tierra.
Ahora, el camino ya está hecho.
Muchísimas personas la acompañan, tratando de
devolverle todo lo que ella fue brindando desde su canastita.
Como siempre, María refleja serenidad. Se la
ve feliz, expectante, inquieta, creativa, llena de ternura...
Como siempre, ella se pregunta con una
sonrisita picarona: “¿Qué voy a hacer cuando dentro de muchísimos años esté
viejita?
Pero como todos sabemos que para eso falta una
eternidad,
María Caperrucita Fuxia sigue danzando “su
ilusión hecha realidad”.
______________________________________________
—Marcelo,
este
cuento es muy emotivo para nosotros y tantos otros que tenemos la alegría
cotidiana de compartir los coloridos caminos de aprendizaje junto a nuestra
maestra María Fux.
Es una
amorosa forma de contar una historia. Me gustó la imagen de melodías como
alimento, así como la metáfora de una mamá nutriendo con palabras de estímulo,
confianza y reconocimiento.
En sus
clases es posible aprender conceptos que atraviesan el cuerpo… elasticidad,
integración de lo diverso, aceptación de las capacidades especiales, compartir,
celebrar la vida y volver a empezar son solo algunas de las palabras que hoy
adquieren fuerza en mí.
En lo
personal admiro su contacto y compromiso con cada uno de sus alumnos; es un
aprendizaje de la función docente, en cualquier área de enseñanza que se trate.
Quizás
por ser también docente siento que enseñar es alentar, conocer,
cuidar y, en especial, aprender.
Viene a
mi recuerdo alguna situación personal.
Sabés,
Marcelo, la vida me colocó ante la vivencia de atravesar dos situaciones de
muertes violentas. Yo lo guardaba como se puede en estos casos: no hablaba
mucho del tema, pero mi cuerpo estaba quebrado tanto como mi alma.
Una
querida compañera y amiga le comentó a María aquello que había vivido en cada
una de las oportunidades. En la primera me ofreció poner su nombre en una
solicitada que salió en el diario cuando apenas me conocía. María probablemente
sentía que una causa vinculada al derecho humano, a la vida, era también su causa. En la
segunda y más reciente oportunidad, ella con su pequeño cuerpo y su corazón
enorme se acercó, me abrazó y me ofreció su incondicional ayuda. Aún recuerdo
sus palabras: “te vas a curar de este dolor, es muy triste, contá conmigo”.
Así fue
y aún es hoy.
Gracias, María, por animarte a recorrer este maravilloso camino que hoy se
llama Callao, y que es uno de mis centros de renacimiento… y gracias a vos,
Marcelo, por transformar una vida en cuento y poesía.
Besos,
Mónica
—Querida
Mónica,
y cuando
digo “ querida” lo hago desde lo más profundo de mis afectos… quien te agradece soy yo por tus
conceptos hacia María y hacia mí.
Estas
muestras de generosidad que María da a diario me transportaron en uno de mis
cuentos: “Maradó, Maradó”.
En este
hogar de chicos que la historia relata, forjé mi primera experiencia como
danzaterapeuta, con un apoyo incondicional de María, desde lo humano hasta lo
económico al ofrecerme una beca para sus seminarios.
Sin
dudas, ella y lo que genera a su alrededor es mucho más de lo esperado.
Mónica,
nos vemos el sábado en la clase.
Besos,
Marcelo
Epílogo
—Querida Mónica,
creo que
llegó el momento de agradecerte las devoluciones tan creativas y sentidas de
mis cuentos. Estos intercambios han transitado el humor, la emoción, lo ganado
y lo perdido, y el esfuerzo por los logros obtenidos.
Me
encantó que hayamos podido desarrollar este proyecto tan intenso como
gratificante.
Espero
que quienes hayan tenido la oportunidad de abordar estas líneas hayan
disfrutado de los más placenteros y enriquecedores momentos, igual que lo
hicimos nosotros al gestarlo.
Por
ahora te mando un beso esperando un próximo reencuentro.
Besos,
Marcelo
—Marcelo,
aunque
recién le pusimos el punto final a esta historia, ya estoy esperando con avidez
tus nuevos cuentos para compartir.
Espero
noticias.
Besos,
Mónica
Agradecimientos
Queremos agradecer:
…a nuestra maestra María Fux, desde cuyo
estudio zarpamos en nuestra Barca para transitar este viaje literario.
… a la familia, que con su amor y paciencia
acompañó este sueño. A Graciela, a Paula y a Micaela.
…a los amigos, con quienes construimos una red
esencial e invisible a los ojos (como nos enseñó el Principito).
Ellos tomaron el remo de la confianza, el del
estímulo incondicional y el del sostén afectivo.
… a las personas que continúan estando con
nosotros a pesar de haberse marchado en algún avión de papel… ¿quién sabe hacia
dónde?
… a quienes nos dieron el ejemplo de lo que se
debe hacer y a los que nos enseñaron lo contrario.
… a las personas que sin saberlo forman parte
de estas líneas: Abuelos, Malevos, Payasos, Fantasmas,
Pequeños niños de la calle, Capitanes
Azulejos, Poetas, Artistas, Lauritas y Ejemplos de vida.
Y un muy especial agradecimiento a todos
ustedes, que al leer estas líneas se sumaron a la tripulación de nuestra amada
Barca.
Mónica y Marcelo
Indice
Prólogo………………………………………………….5
Inicio de la aventura…………………………………….7
1- El collage……………………………………………..9
2- Grisell…………………………………………...…..15
3- El avión de papel……………………………………17
4-El capitán Azulejo…………….……………………..21
5- La lágrima…………………………………………...25
6- El experto en lunas…………………….……………29
7- La fábula de Hisopo……………………..…………..39
8- El fantasma de los sentires…………………………..43
9- La barca………………………………………..……47
10- La sombra del Malevo…………………..…………55
11- Las galochas ya no existen…………………..…….61
12- El luto del payaso…………………………...……..67
13- Laurita…………………………………………..…69
14- La intrigante historia
de ”Manuelita la tortuga”…………………………..79
15- Maradó, Maradó…
…………………..…………..87
16- Me gusta la gente precavida…………..…….……..95
17- Nico…………………………………………….….99
18- Ojo con el ciego del fondo………………………..103
19- Seducción a cuatro manos……………..…………107
20- No quiero que la muerte
me tome desprevenido…………………...………109
21-Sensación térmica…………………………………115
22- Un instante…………………………………….….121
23- Sentado frente a su hijo, el hombre habló:……….125
24- Ya mando un remís para buscarte………………..127
25- Todo por ciento cuarenta y siete
miserables pesos………………………………...131
26- Una historia de amor…………………………….135
Epílogo………………………………………………141
Agradecimientos……………………………………..142

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